Democracia, Hegemonía y Doble Rasero: el Caso Cubano

Por María Teresa Felipe Sosa*

Se puede debatir y perfeccionar el sistema cubano; se debe hacer, de hecho, desde dentro y con participación real. Pero lo que no puede aceptarse como punto de partida es la colonización conceptual que convierte a la democracia liberal capitalista en criterio único de legitimidad.

La Revolución Cubana triunfó el 1 de enero de 1959 al derrocar una tiranía estrechamente vinculada a los intereses de Estados Unidos. Han pasado más de seis décadas, y la persistencia del castigo político, económico y simbólico contra Cuba, revela que se trata de una confrontación ideológica, se sanciona la afirmación de soberanía, de un país pequeño que ha tenido el atrevimiento de no comportarse como subordinado.

Ese conflicto, no se expresa únicamente mediante el bloqueo económico —incluida la persecución financiera, comercial y energética—, así como la presión específica sobre el suministro de combustible que vive hoy Cuba; también se expresa a través de una operación permanente de construcción de sentido a la agresión.

No basta con asfixiar, hay que producir un relato que justifique la asfixia. Y ese relato, difundido globalmente, suele presentarse con una fórmula aparentemente humanitaria: “Cuba es una dictadura, pero hay que ayudar al pueblo cubano”.

La clave está en esa separación superficial entre pueblo y sistema, que funciona como dispositivo ideológico, al invocar al pueblo para justificar medidas que, en la práctica, degradan sus condiciones de vida.

La neurosis inducida como método político

A Cuba se le exige “normalidad” en condiciones deliberadamente anormales. Se pretende que un país sometido durante décadas a sanciones, hostilidad diplomática, presión financiera, campañas mediáticas y amenazas explícitas opere como si habitara un entorno neutro. La demanda de una democracia perfecta e impoluta a una sociedad que vive bajo asedio no es otra cosa que una herramienta política.

Cualquier cosa pequeña se estira hasta que parezca la prueba definitiva de que todo el sistema es ilegítimo. Si falta algo, si hay un apagón, si la vida se pone difícil, se presenta como culpa exclusiva del modelo, como si no existiera una política deliberada para apretar desde afuera.

Así se arma un clima de sospecha permanente, en el que pase lo que pase, siempre confirma lo que ya se decidió creer. Y, en lugar de comprobar, basta con repetir y amplificar.

En ese contexto, alcanza con una escena cualquiera —alguien se resbala en la calle— para que empiece el circo: lo levantan decenas de medios, lo convierten en símbolo de estado de excepción, aparecen comunicados indignados, se piden medidas desde Washington, se anuncian nuevas sanciones, algunas organizaciones internacionales se pronuncian, en Europa se insinúa congelar la cooperación, y desde ciertos espacios del exilio en Miami se fabrican teorías conspirativas donde lo trivial termina siendo un crimen de Estado.

La maquinaria no busca contar lo que pasa, busca que todo parezca ingobernable.

Democracia liberal: modelo normativo y función material

El problema de fondo no es sólo Cuba, sino la forma en que DEMOCRACIA se utiliza como significante hegemónico. La democracia liberal se presenta como un ideal universal, pero en la práctica está concebida para reproducir el orden social capitalista.

Cuando una alternativa política amenaza intereses oligárquicos, aparecen mecanismos extra electorales de control, como golpes judiciales, campañas mediáticas, sabotajes económicos, bloqueos e incluso invasiones militares. El poder hegemónico puede tolerar elecciones siempre que no cuestionen las estructuras del poder real.  

Cuba: soberanía popular no liberal, participación cotidiana y arquitectura electoral propia

Cuba no encaja en ese molde y por eso se la juzga desde ese molde. El sistema político cubano no está legitimado por el poder personal ni por una junta militar, sino por una concepción de soberanía popular no liberal, articulada históricamente a un proyecto socialista.

En el plano electoral, el proceso parte de la base comunitaria. No son partidos ni élites financieras quienes ponen candidatos en campañas millonarias, sino los vecinos organizados en asambleas barriales, que nominan candidatos en sus circunscripciones.

Esos candidatos —que pueden llegar hasta ocho en una circunscripción— pasan a boleta, y por voto secreto los ciudadanos eligen un delegado a la Asamblea Municipal, que constituye el máximo órgano de poder en cada territorio. Es, por tanto, una lógica de nominación desde lo local y elección directa, donde el punto de partida no es la maquinaria partidista ni el financiamiento privado.

A su vez, no es una cúpula partidaria la que elabora listas en función de donantes o lobbies, sino que las Asambleas Municipales, integradas por delegados electos, participan en la conformación de candidaturas a instancias superiores. Posteriormente, la ciudadanía vuelve a decidir: los diputados a la Asamblea Nacional deben ser ratificados mediante voto directo y secreto.

Puede debatirse la forma concreta en que se estructura esa candidatura, sus niveles de competencia, sus mecanismos de control y rendición de cuentas; pero es intelectualmente deshonesto reducirlo a una caricatura, como si fuese equivalente a un régimen puramente coercitivo sin engranajes de participación real.

Además, reducir la democracia a elecciones es una operación empobrecedora. En Cuba existen múltiples formas de participación social, deliberación y organización colectiva —sindical, estudiantil, comunitaria— que, aun con posibles desviaciones burocráticas, no responden al patrón típico de captura corporativa de la política.

Y la discusión sobre democracia debe incluir también condiciones materiales de ciudadanía: alfabetización, educación obligatoria, salud como garantía social, derechos que no dependen de la capacidad de pago ni del clientelismo electoral.

En un contexto así, el acceso a servicios fundamentales no se convierte en moneda de cambio para favores políticos, como ocurre en muchas democracias liberales realmente existentes.

Dictadura como etiqueta útil, no como concepto riguroso

La categoría dictadura, aplicada mecánicamente a Cuba, suele funcionar más como herramienta de intervención que como análisis político. En lugar de describir con rigor un sistema real —sus mecanismos de elección, sus instituciones, sus dinámicas de deliberación, sus conflictos y límites—, se impone una etiqueta que habilita moralmente el castigo y la injerencia.

Una evaluación crítica y materialista de la democracia debería preguntarse: ¿quién decide realmente en cada sociedad? ¿qué poder tiene el dinero? ¿qué rol juegan los medios? ¿qué garantías materiales sostienen la ciudadanía? ¿qué capacidad efectiva existe para influir en la política más allá del día de las elecciones?

Si aplicáramos estas preguntas con la misma severidad al Norte Global, muchas “democracias modelo” quedarían profundamente cuestionadas.

Soberanía, democracia y el derecho a no ser normalizados

La discusión sobre Cuba no es sólo sobre Cuba, es sobre el derecho de los pueblos a ensayar formas políticas propias sin ser castigados por desviarse del guion liberal dominante.

Se puede debatir y perfeccionar el sistema cubano; se debe hacer, de hecho, desde dentro y con participación real. Pero lo que no puede aceptarse como punto de partida es la colonización conceptual que convierte a la democracia liberal capitalista en criterio único de legitimidad.

La exigencia de normalización —que en realidad significa subordinación— es incompatible con la soberanía.

Por eso Cuba es juzgada con una vara que no se aplica a los poderosos, porque lo que se sanciona es la persistencia de un proyecto político que, con contradicciones y dificultades, se niega a renunciar a la autodeterminación nacional y a una idea de justicia social fuera del orden neoliberal.

*María Teresa Felipe Sosa (La Habana) es licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Desde sus años de juventud ha estado vinculada a los medios, comenzando en la radio y consolidando su carrera como redactora de noticias en Tele Rebelde hasta 2024. Se ha formado en áreas como semiótica, edición audiovisual y narración deportiva, lo que complementa su experiencia en la creación de contenidos.