Por: Jaime Ortega*
En su monumental Dios entró en La Habana, el periodista Manuel Vázquez Montealbán, reflexionaba lapidariamente sobre el papel de los intelectuales que viajaban a los nuevos centros que irradiaban el halo revolucionario: “para sentirse comulgantes con una revolución que no habían hecho, por la que no se habían jugado la vida y a la que abandonarían en cuanto la consumieran ética y estéticamente”.
Aunque la lista de intelectuales latinoamericanos y europeos con dicha actitud podría llenar varios estantes, también sería preciso contrastar quienes vieron algo más que una oportunidad de ganar reflectores y emprendieron gestos de solidaridad que bien vale evocar en los tiempos de peligro que ahora nos envuelven. Entre los viajeros que dejaron sendos testimonios y mantuvieron una posición proactiva con Cuba podemos referir a Fernando Benítez, cuya La batalla de Cuba fue el primer libro de la Editorial Era.
Siguió también el testimonio de Sol Arguedas en Cuba no es una isla, en el mismo sello. El economista y exiliado español Ramón Ramírez Gómez dejaría constancia de su viaje por la isla en Cuba: despertar de América, denso estudio económico sobre la posibilidad de transitar al socialismo. Otras y otros viajeros, mexicanos y latinoamericanos, siguieron publicando sus impresiones. Sin embargo, cabría destacar la presencia de tres mexicanos que, no satisfechos con las muestras de solidaridad, avanzaron hacia un compromiso más decidido.
Así, el economista Juan F. Noyola y los doctores Enrique Cabrera y Mario Rivera Ortiz (éste acompañado por su esposa, Carlota Botey), giraron el curso de su vida y llevaron sus habilidades y capacidades al servicio del pueblo hermano. El economista Noyola se desempeñó como funcionario de la CEPAL en Cuba, por lo que al terminar su gestión pasó a formar parte de la Junta de Planificación.
Noyola escribió sendos documentos técnicos en los que valoraba la necesidad de repensar la situación de la que decía que era la economía más dependiente del imperialismo. Su pensamiento, atado a lo que hoy se suele llamar estructuralismo latinoamericano, destacó: “El principal recurso de Cuba, a mi juicio, es su situación geográfica y esto en dos sentidos: por un lado, el hecho de ser un país tropical, por otro, su proximidad a Estados Unidos”.
A su muerte, ocurrida en diciembre de 1962 en un accidente de avión, donde también pereció el historiador Raúl Cepero Bonilla, vino la entrega póstuma de la ciudadana cubana, y los homenajes como si de un comandante caído en combate se tratara, según informó Fernando Carmona. Dato propio de la historia intelectual, es que Noyola fue uno de los pocos mexicanos que publicó en las páginas de la muy importante revista Cuba Socialista, que en los primeros años de aquel proceso se mostró como el escaparate de reflexión teórica de mayor importancia.
Caso similar fue el de Enrique Cabrera (a la sazón hijo de Luis Cabrera), quien era parte del Círculo de Estudios Mexicanos y del Consejo Mundial por la Paz, y desarrolló una activa política en favor de la visión nacional revolucionaria en las páginas de Política, decidió trasladarse a Cuba en 1962. Durante su estancia al servicio de la revolución cubana, Cabrera tuvo una intensa presencia en el mundo de la cardiología, la que contribuyó a impulsar en la isla.
Hoy, el Hospital General, en La Habana, lleva su nombre. Unos años después, su amigo y colaborador Alonso Aguilar Monteverde recopiló sus obras en el volumen de la Medicina social al socialismo, digno de estudio en tiempos de proliferación de derechas antilustradas. Falleció en Cuba en 1964. El último caso que abordaremos aquí es el del médico Mario Rivera Ortiz. El también militante del Partido Comunista Mexicano, había visitado la isla desde 1951, lo cual le daba un conocimiento poco habitual de las fracciones políticas internas.
Preso en 1952 en el cenit de la represión alemanista, manifestó desde el presidio simpatía por la figura de Julio Antonio Mella, de quien publicó palabras de homenaje en La Voz de México en 1953. De los mencionados fue el que dejó un testimonio reflexivo más amplio, pues en El cuini tiene bandera cuenta su vida en Cuba desde 1964, año en que él, su esposa y sus hijos se trasladaron a la isla. En aquel testimonio destacaba la lucha contra la tuberculosis, así como la mirada de un profesional con alto compromiso ideológico a propósito del desenvolvimiento de la isla.
Sirvan estos tres ejemplos para matizar la de por sí cierta frase de Vázquez Montalbán: en un mundo donde grandes franjas de la intelectualidad y de aspirantes a políticos aprovechan los procesos que otros pueblos emprenden para después abandonarlos, criticarlos y defenestrados, una vez que les han exprimido prestigio, también hay ejemplos de quienes han optado por ser consecuentes en los instantes de peligro, tan parecidos los de ayer a los de hoy. * Investigador UAM / La Jornada
