Por: Antonio García
Durante los gobiernos de Uribe, Santos y Duque fue consenso junto con los militares la necesidad de renovar la flota de aviones de guerra de la Fuerza Aérea colombiana, los viejos Kafir; se levantaron consultas, «cotizaciones» y hasta un documento Conpes para adquirir dichos aviones, pero fue la presión social y hasta un famoso Senador, Petro, los que impidieron semejante despilfarro ante necesidades más apremiante en un país donde la cifra de pobreza es escandalosa.
Ahora, es en el gobierno de Petro quien aprueba dicha compra con los mismos argumentos que en su momento usaron gobiernos de la derecha; a su vez, los mismos que ahora se oponen a dicha compra con igual discurso usado por el entonces senador Petro.
El gobierno compra los mencionados aviones no porque esté convencido de que sean una necesidad urgente de la nación sino para congraciarse con los militares; y la derecha se opone a ella, no porque esté en contra, sino porque no son ellos los que la iban a hacer, y eso sin mencionar el negocio que, que no son tres pesos.
Por esos mismos tiempos fue también consenso entre gobierno y gremios económicos la necesidad de desmontar los subsidios a los combustibles que inflaban los pasivos de la nación; sin embargo, nunca se atrevieron a desmontarlos por ser una medida impopular que afectaba a una gran parte de la población y que se reflejaría electoralmente. En los primeros años del gobierno de Petro dichos subsidios se desmontaron y la derecha se opuso. El primero lo hace no solo por «responsabilidad fiscal» sino para congraciarse con los gremios que tanto lo critican; y los segundos se oponen porque no fueron ellos quienes lo hicieron.
Durante muchos años el movimiento social se movilizó contra la aspersión con glifosato de los cultivos ilícitos por los daños que causa al medio ambiente, así como a otros cultivos de uso domestico y a la población, logrando finalmente que se prohibiera o detuviera dicha fumigación. También el gobierno de Petro se comprometió a que no habría este tipo de fumigaciones; sin embargo, bajo presión norteamericana terminó autorizándolas para congraciarse con Trump.
También es el gobierno de Petro el que restableció la mesada 14 a los militares y aprobó el salario mínimo para soldados rasos, no porque esté preocupado por el bienestar de la tropa, sino por congraciarse con los militares para darle continuidad a los planes contrainsurgentes. No fue la derecha que tanto dice defender a la Fuerza Pública sino el sector que es consciente de los crímenes que han cometido los militares. Al fin para terminar haciendo la misma guerra contrainsurgente, ahora alineados con los intereses gringos.
El gobierno actual que ha dicho distanciarse de los anteriores, de las viejas y nuevas castas políticas, ha terminado mirándose en el mismo espejo. La coherencia suele ser una virtud muy escasa en la clase política colombiana. Quienes se dicen interpretar los intereses populares deberían emplearse a fondo por honrar los compromisos que adquirieron con sus electores y no el cálculo político de intereses particulares, que ya se ha visto le hacen la venia a la corrupción.
La coherencia con el discurso del cambio implica romper ese viejo espejo para colocar la mirada en el horizonte, ese que se mostró en las exigencias populares del estallido social, de lo contrario Colombia seguirá atrapada en el pasado de la vieja política.
El cambio no lo hace el discurso, sino la acción transformadora.
