Fernando Alexis Jiménez
Rebelión
El día que María Alejandra se graduó de bachillerato, hicieron un sancocho de gallina, invitaron a los familiares y recibió varios regalos: tres blusas, un reloj electrónico de los baratos y un bolígrafo que le duró lo que dura una ilusión, es decir, muy poco o casi nada.
Una jornada emocionante, lo amargo vino después. Lo constituyó el viacrucis de entrar a una universidad pública. Imposible. No había cupo. La salida fue contratar un crédito educativo. Usted ya sabe dónde. Sí, en aquella entidad pública que cobra intereses y con la que queda endeudado media vida después que se gradúa.








