El mapa electoral peruano ha vuelto a hablar, y lo ha hecho con un grito que resuena desde las alturas andinas hasta la costa, aunque Lima prefiera taparse los oídos. Tras una jornada marcada por una fragmentación inédita —con 36 opciones presidenciales que fragmentaron el voto hasta el átomo—, el polvo se ha asentado para revelarnos un escenario de polarización absoluta: la continuidad del neoliberalismo dinástico de Keiko Fujimori frente al ascenso progresista de Roberto Sánchez.
Sin embargo, detrás de los nombres propios, lo que emerge de las urnas es un fenómeno que trasciende la política partidaria y se instala en la socioantropología del castigo y la esperanza.

