Por: Marcelo Colussi
“Occidente dice llevar libertad y democracia a otras naciones. Esa democracia es superexplotación, y esa
libertad es esclavitud y violencia. Esa democracia es hipócrita hasta la médula”.
Vladimir Putin, presidente de la Federación Rusa.
Occidente imperialista
El capitalismo surgió en lo que habitualmente se llama Occidente: Europa, y de ahí
pasó a las colonias americanas. Estados Unidos, ya independizada de la corona
británica, paso a paso terminó siendo la gran potencia capitalista, ejerciendo
desde el fin de la Segunda Guerra Mundial un dominio planetario. Pero hoy, ya
bien entrado el siglo XXI, las cosas tienden a cambiar. La gradual caída de
Occidente como imperio dominante y la aparición de nuevos polos de gran poder
en Asia no significan el inmediato abandono del capitalismo.
En este momento, con esta recomposición que están impulsando Rusia y China y
la puesta en marcha de los BRICS, nada indica la superación del sistema
capitalista. O, al menos, no está sucediendo lo que se puede haber predicho 150
años atrás, cuando el capitalismo industrial parecía indicar una marcha hacia “la
sociedad socialista”. Rusia camina ahora por una senda de libre mercado: “No
debemos volver a 1917”, dice uno de los asesores cercanos del presidente Putin.
El “socialismo de mercado” puesto en marcha por Pekín no augura claramente un
horizonte postcapitalista; si a su numerosa población le está dando resultados –se
sacaron de la pobreza rural crónica 400 millones de campesinos–, al resto del
mundo no le abre un mundo de mayor justicia y equidad. No, al menos, en lo
inmediato.
La Nueva Ruta de la Seda, más allá de la declaración políticamente correcta de
“ganar-ganar” que propicia para todos, no deja claro cómo beneficiaría con
carácter socialista a las grandes masas populares de los 134 países incorporados
(30 europeos, 37 asiáticos, 54 africanos y 13 latinoamericanos). Lo que se está
viendo en este momento, tercera década del siglo XXI, es un cambio del centro
dominante y un debilitamiento del poderío de las grandes potencias capitalistas
tradicionales. Europa Occidental hace décadas quedó siendo un socio menor de
Washington (Plan Marshall postguerra), y su rehén militar y nuclear (más de 400
bases militares yankis en su territorio). Estados Unidos, que continúa funcionado
como potencia dominante, lentamente va perdiendo su papel hegemónico, tanto
en lo económico como en lo científico-técnico y lo militar.
El supremacismo occidental ha sido brutal, infame, despiadado, ejerciendo por
siglos un colonialismo que lo enriqueció a base de saqueos inmisericordes. Las
potencias capitalistas euroamericanas se han arrogado el derecho de dictaminar
cómo tiene que ser el mundo –sin aclarar que, según sus conveniencias,
obviamente–. El “orden internacional basado en reglas”, que pregonan
altisonantes los voceros de esos mega-capitales que intentan seguir manejando la
aldea global, es el orden que les favorece. Nunca hay que olvidar, como dijera
Trasímaco de Calcedonia hace dos milenios y medio en la Grecia clásica, que “La
ley es lo que conviene al más fuerte”. El planeta Tierra no es solo Occidente, no
hay que olvidarlo, y ahora eso se hace más evidente.
Modo de producción capitalista: un disparate
El modelo de vida que generó el capitalismo más desarrollado dio como resultado
un sujeto y una ética insostenibles. El nuevo dios pasó a ser el consumo, la
adoración de los oropeles, la veneración cuasi religiosa del “tener”. En su nombre
se sacrificaron pueblos enteros –los originarios de América del Norte en principio,
y de otras latitudes luego–, así como el planeta Tierra. Si toda la humanidad
consumiera como lo hace la población estadounidense, en unos días se acabarían
los recursos naturales del globo terráqueo. En Estados Unidos todo es consumir y
botar a la basura, dejarse llevar por la novedad, buscar con voracidad el poseer
cosas. “Lo que hace grande a este país es la creación de necesidades y deseos,
la creación de la insatisfacción por lo viejo y fuera de moda”, expresó el gerente de
la agencia publicitaria estadounidense BBDO, una de las más grandes del mundo.
Magistral pintura de cómo funciona el capitalismo en su punto máximo de
desarrollo.
Ese ícono del capitalismo creció imparable desde el siglo XIX, pero hoy comienza
su declive. Seguramente el país americano no caerá por los misiles nucleares
rusos o chinos. Eso es prácticamente inconcebible. La guerra entre titanes solo
llevaría al final de todos, no habría ganadores dada la terrible letalidad de las
armas de que hoy se dispone. Nadie quiere ese enfrentamiento, y los esfuerzos se
encaminan decididamente a impedir un conflicto real entre tropas rusas y las de la
OTAN. Serán otros los elementos que obran para su declive. Ese hiperconsumo
desmedido, los problemas sociales acumulados que estallan como el racismo
supremacista blanco (los WASP) contra la población no-blanca, la polarización
económica extrema como cualquier país tercermundista (ricos exageradamente
ricos y asalariados en lenta caída), guerra civil, consumo infernal de
estupefacientes: todo eso es el caldo de cultivo para lo que estamos viendo, el
final del dominio occidental del mundo encabezado por Estados Unidos.
En conclusión: el sistema económico-social capitalista es un contrasentido sin
solución: crea una riqueza tremenda, pero necesita forzosamente población que
no tiene acceso a la riqueza producida, y que nunca lo va tener. Ese es su cáncer
constitutivo. Produce mucha más comida de la necesaria para alimentar muy bien
a toda la humanidad, pero al mismo tiempo tiene en el hambre la principal causa
de muerte de la gente: 20.000 personas diarias fallecen por falta de nutrientes. La
riqueza, dada la forma que asume como sistema, aunque sobra en el mundo,
beneficia solo a una pequeña élite. La cual élite está dispuesta a hacer lo que sea
para no perder sus privilegios, llegando a la locura inadmisible de la guerra.
¿Se viene la guerra nuclear?
Las provocaciones de Estados Unidos hacia Rusia y China se hacen cada vez
más peligrosas. El cierre del paso ruso hacia su región de Kaliningrado (un óblast
extraterritorial) con Lituania sirviendo de tapón, los ataques de Ucrania a la central
nuclear de Zaporiyia, en este momento tomada por tropas rusas –ataque
denunciado vehemente por Moscú–, la muerte de la hija del asesor del Kremlin,
Alexander Duguin (una clara y osada provocación en el propio suelo ruso), los
nunca aclarados atentados contra los gasoductos Nord Stream I y II, la reciente
incursión de tropas ucranianas en la región rusa de Kursk presentada
mediáticamente como un “triunfo” ucraniano –que, definitivamente, no lo fue–, o la
posibilidad de que Kiev utilice misiles de largo alcance de alta precisión
suministrados por Occidente –imposibles de usar sin el apoyo satelital de las
potencias occidentales– van poniendo cada vez más las cosas al rojo vivo.
Washington –y como consecuencia de ello la OTAN– que es quien realmente agita
todo esto, continúa con su propósito de desgastar a Rusia; pero al mismo tiempo,
si las cosas escalan de un modo incontrolable, pueden terminar provocando una
posible reacción de Moscú, quien ya ha dicho reiteradamente que, si se cruzan
ciertas líneas rojas, podría responder con armamento atómico. “Nos reservamos el
derecho a utilizar armas nucleares en caso de agresión contra Rusia y Bielorrusia.
Las armas nucleares pueden utilizarse si un enemigo supone una amenaza crítica
para la soberanía de cualquiera de los dos Estados, aun mediante el uso de armas
convencionales”, expresó el presidente Putin anunciado la nueva doctrina rusa en
el tema nuclear, surgida a raíz de todas las provocaciones del capitalismo
occidental. El problema es que se está jugando con fuego, y aquí ese fuego es
atómico, absolutamente devastador, que podría terminar quemando a todo el
mundo. Un Premio Nobel de la Paz otorgado recientemente a sobrevivientes del
holocausto nuclear de 1945 en Japón debe hacernos recordar con qué se está
jugando.
Es imposible predecir si esa escalada puede suceder. Queremos creer que la
racionalidad y la sensatez se impondrían, y que nadie quiere comenzar un
conflicto que puede terminar en ese incontrolable Armagedón atómico. De hecho,
las potencias utilizan la expresión MAD: Mutually Assured Destruction
(Destrucción Mutua Asegura), relación también conocida como “1+1=0”, para
referirse al eventual escenario de una guerra nuclear: ninguno de los dos
adversarios sobreviviría. Mad, curiosamente, significa “loco” en idioma inglés. De
hecho, en las guerras se sabe cómo se comienzan, pero no cómo se terminan.
Confiamos en que nadie va a ser tan “loco” de oprimir el primer botón. Pero la
intuición freudiana de una pulsión de muerte que, inexorablemente nos llevaría a
la autodestrucción como especie, no parece descabellada.
En estos momentos se está jugando con fuego. No debe olvidarse que cuando se
juega con fuego… nos podemos quemar. El detalle a tener en cuenta es que
ahora esa quemazón implica la posible desaparición de la humanidad. ¿Por qué
decir esto? Porque una vez desatado un ataque nuclear, la vuelta atrás es
imposible. Todos los análisis coinciden en que es técnicamente imposible una
conflagración nuclear, porque allí no habría ganadores. Las bravuconadas,
amenazas y mentiras son parte esencial de la guerra. ¿Tendría razón el politólogo
polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinsky cuando vaticinaba que “ninguna de
las potencias mundiales puede alcanzar la hegemonía global en las condiciones
actuales”? Parece que sí.
Los BRICS y el nuevo escenario mundial
Sin ser claramente una propuesta socialista al modo clásico, la aparición de los
BRICS (originalmente Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, hoy ampliados a diez
miembros, con la inclusión de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irán,
Egipto y Etiopía), con China y Rusia liderando, hoy día con una lista de espera de,
al menos, otros treinta que desean incorporarse, está marcando un freno a la
hegemonía del área dólar. De hecho, la red SWIFT (siglas de Society for
Worldwide Interbank Financial Telecommunication –Sociedad para las
Comunicaciones Interbancarias y Financieras Mundiales–, red interbancaria global
que permite las transacciones entre países, siempre regida por el dólar) se ve
seriamente cuestionada ahora por mecanismos similares que están
implementando los BRICS, alejándose de la divisa estadounidense; por ejemplo,
el sistema de pagos CIPS de China (Cross-Border Interbank Payment System), el
servicio de mensajería financiera SPFS de Rusia -Система передачи
финансовых сообщений (СПФС) –Sistema de Transferencia de Mensajes
Financieros–) y otras alternativas al sistema SWIFT regenteado por Estados
Unidos. 159 países ya han anunciado su interés por entrar en estos nuevos
sistemas, dejando atrás el dólar.
“Otros miembros del bloque BRICS -India, China, Brasil y Sudáfrica- también
están desarrollando activamente monedas similares, por lo que la interacción entre
los países del BRICS no se hará esperar. (…) La digitalización de las divisas
nacionales debería impulsar el comercio internacional, proporcionando una
alternativa fuera del sistema financiero dominado por Occidente y centrado en el
dólar estadounidense y su restrictivo entorno de sanciones” (Goncharoff en
Demyanchuk: 2023), destacó el economista de origen estadounidense, ahora
radicado en Rusia, Paul Goncharoff, director de investigación de criptomonedas de
Dezan Shira & Associates en Moscú.
La potencia americana sigue marcando el rumbo en la economía mundial:
“Estados Unidos cuenta con una participación especial en el Fondo Monetario
Internacional (FMI), cuyos estados miembros poseen una cantidad “equilibrada” de
votos en función de su posición relativa en la economía mundial. Washington
disfruta del 17,69 % (grandes economías como China y Japón tienen menos del 5
%) y, como todas las decisiones claves deben contar con un apoyo del 85 % en la
Junta de Gobernadores, técnicamente el país del Norte es el único con derecho a
veto” informa el cubano Hedelberto López Blanch (2024). ¿Puede cambiar eso?
¿Debe cambiar de una buena vez?
El mundo unipolar que comenzó a construirse luego de la caída de la Unión
Soviética y la desintegración del campo socialista europeo entre fines de los 80 y
comienzos de los 90 del pasado siglo, con la hegemonía total de Washington en
aquel momento, está dando paso ahora a un tablero mundial con varias cabezas.
Sin dudas, el desarrollo militar de la Federación Rusia (evidenciado en todas las
guerras en que participó últimamente de las que salió ganadora: Chechenia,
Osetia del Sur, Siria, Ucrania, con un poder bélico similar –¿o superior? – al del
Pentágono), y una República Popular China que no deja de asombrar con su
portentoso desarrollo científico-técnico que está dejando atrás al capitalismo
occidental (imparable en numerosos campos, siendo líder indiscutible en diversas
materias estratégicas, generando numerosos “momentos Sputnik” que dejan
estupefacta a la Casa Blanca: un sol artificial producto de la fusión nuclear que
generaría energía limpia infinita, la computadora cuántica más rápido del mundo,
trenes de alta velocidad que dejan atónitos, obras de ingeniería tan osadas que ni
Le Corbusier hubiera podido imaginar, inteligencia artificial y robótica
impresionantes, tecnologías 5G y 6G para las comunicaciones únicas en el
mundo, investigación espacial que ya comienza a superar a rusos y
estadounidenses, un vehículo interplanetario en viaje hacia Júpiter, misiles
hipersónicos que apabullan al Departamento de Estado norteamericano, hasta un
medallero en los últimos Juegos Olímpicos de París donde, sumando las preseas
obtenidas por Taiwán y Hong Kong (que Pekín sigue considerando parte de su
territorio nacional), dan ganador al gigante asiático), evidencian que el siglo XXI
muy probablemente no sea “Un nuevo siglo americano”, como pedían los
estratégicos Documentos de Santa Fe de los halcones del gran imperio del Tío
Sam de fines del siglo XX. ¿Está llegándoles su hora como potencia hegemónica
unipolar? Todo indica que sí. Nuevos escenarios mundiales se abren: ya no hay
una sola cabeza, un solo polo de poder –que, desde mediados del siglo pasado,
es Washington–. El mundo se va tornando multipolar.
Hoy día, viendo que la revolución socialista es algo en entredicho, que las
primeras experiencias no han dado todo el resultado esperando en la forma que
se creía –pero que, definitivamente, no fueron un fracaso, sino experiencias a
revisar y, eventualmente, mejorar–, comienza a perfilarse un pensamiento
novedoso: la multipolaridad. En resumidas cuentas, así lo puede expresar un
analista político como Antonio Castronovi: “El multipolarismo es más bien la
verdadera revolución en curso de nuestra era que marcará el destino del mundo
venidero, y de cuyo resultado dependerá la posibilidad de que se reabra una
nueva perspectiva socialista.”
El desafío está abierto. El capitalismo ya ha demostrado fehacientemente que no
puede, aunque quisiera, resolver los acuciantes problemas de la humanidad. Sin
dudas habrá que pensar en opciones superadoras post capitalistas. El socialismo,
con todas las revisiones y mejoras que puedan/deban hacérsele, sigue siendo una Esperanza
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