Por, Henry Pacheco: La escalada de aranceles entre Estados Unidos y China ha degenerado en un callejón sin salida que daña a la economía global.
El modelo económico que Donald Trump ha implantado durante su mandato está basado en una ficción peligrosa: que levantar muros arancelarios protege al pueblo trabajador. En realidad, lo que protege es a una élite empresarial dispuesta a sacrificar la estabilidad internacional con tal de obtener ventajas a corto plazo. La confesión del actual secretario del Tesoro, Scott Bessent, no deja lugar a dudas: la guerra comercial entre Estados Unidos y China es “insostenible”.
El dato no es menor. Estados Unidos impone actualmente un arancel del 145% a los productos chinos, mientras que China responde con un 125% sobre los estadounidenses. Esa carrera suicida de castigos fiscales no ha traído ni más empleo, ni más industria, ni más soberanía. Lo que ha traído es inflación, caída del comercio global y una profunda incertidumbre económica. Lo dice el Fondo Monetario Internacional, no precisamente un adalid del comunismo: la previsión de crecimiento de EE.UU. ha sido recortada del 2,7% al 1,8% como consecuencia de la política comercial de Trump.
El cinismo alcanza su punto máximo cuando el propio Bessent, en un evento privado con JPMorgan —sí, el mayor banco del país— reconoce que no hay ninguna negociación formal abierta con China. ¿Qué sentido tiene entonces sostener esta guerra de aranceles, si ni siquiera hay un horizonte claro de acuerdo? La respuesta es simple: servir de coartada electoral a un gobierno que ha hecho del enfrentamiento su estrategia de poder.
EL TEATRO DE LA DIPLOMACIA Y LOS BENEFICIOS DEL CAOS
Desde la Casa Blanca se insiste en que todo va «muy bien». Pero cuando se pregunta si Trump ha hablado con Xi Jinping, la portavoz Karoline Leavitt esquiva la cuestión. No hay conversaciones reales, pero sí muchas puestas en escena, muchas promesas de acuerdos con Japón, la India o la Unión Europea son solo marcos preliminares sin contenido tangible.
En paralelo, se mantiene un arancel universal del 10% a todas las importaciones. Un castigo indiscriminado que encarece los productos básicos para las familias estadounidenses y que solo beneficia a las grandes corporaciones que pueden trasladar los costes al consumidor final. No hay política industrial real detrás de esto. No hay planificación. Solo ruido, espectáculo y destrucción.
Mientras tanto, el propio Bessent admite que “China va a ser un trabajo duro” y que el desequilibrio comercial no se resolverá en menos de dos o tres años. Pero mientras ese proceso largo y complejo se da —si se da—, ¿quién paga la factura? Las trabajadoras de las fábricas que cierran. Las agricultoras cuyas exportaciones desaparecen. Las y los consumidores que ven cómo suben los precios sin que suban los salarios.
China, por su parte, responde con firmeza. Desde su Ministerio de Comercio se ha advertido que no aceptarán acuerdos que perjudiquen sus intereses, y que presionar a otros países para aislar a Pekín será contraproducente. El intento de Washington de construir una red de pactos comerciales como muralla antichina es, además de peligroso, profundamente hipócrita.
Porque si algo ha demostrado esta guerra comercial es que el capitalismo globalizado no entiende de patrias, pero sí de beneficios a toda costa. Las empresas que han aprovechado los aranceles para subir precios o deslocalizarse aún más no son víctimas del sistema: son sus beneficiarias. Y los fondos que aplauden las palabras de Bessent desde los sillones de JPMorgan son los mismos que seguirán especulando con la miseria de millones.
No hay en este conflicto una lucha por el empleo ni por la soberanía. Lo que hay es una pugna entre imperios para repartirse el pastel del siglo XXI, mientras los pueblos pagan las consecuencias. La guerra comercial no es una herramienta para proteger a nadie, sino un chantaje que dinamita la cooperación internacional y profundiza las desigualdades. Es una perspectiva interesante y que se ha visto a lo largo de la historia. Cuando una guerra llega a un punto muerto o los costos se vuelven demasiado altos, las partes en conflicto a menudo buscan nuevas estrategias o enfoques para intentar alcanzar sus objetivos.
Ni Trump, ni Bessent, ni Wall Street tienen interés en la paz económica, si esta no garantiza sus privilegios. Por eso, cuando la guerra es insostenible, lo único que buscan es otra forma de seguir ganando
En una guerra comercial, cuando las medidas iniciales como aranceles elevados resultan ser perjudiciales para ambas partes (por ejemplo, afectando a industrias nacionales, generando inflación, o provocando represalias), los actores involucrados pueden buscar otras formas de «seguir ganando» o, al menos, de obtener una ventaja.
Estas nuevas formas podrían incluir: Barreras no arancelarias: Implementar regulaciones más estrictas, normas técnicas, o controles sanitarios que dificulten la importación de productos del adversario. Subsidios a industrias nacionales: Para hacer que los productos locales sean más competitivos frente a las importaciones, incluso sin aranceles directos. Devaluación de la moneda: Para hacer que las exportaciones sean más baratas y las importaciones más caras.
Acuerdos comerciales con terceros países: Para desviar el comercio y reducir la dependencia del adversario. Guerra tecnológica: Centrarse en la competencia en innovación y tecnología, buscando una ventaja en sectores clave.
En esencia, cuando la «artillería» de los aranceles se vuelve insostenible o contraproducente, las partes en una guerra comercial buscarán estrategias más sutiles o indirectas para mantener la presión y buscar una ventaja económica.Cuando una guerra llega a un punto muerto o los costos se vuelven demasiado altos, las partes en conflicto a menudo buscan nuevas estrategias o enfoques para intentar alcanzar sus objetivos.
Esto podría manifestarse de varias maneras:
Cambio de tácticas militares: En lugar de confrontaciones directas, se podría recurrir a guerra asimétrica, ciberataques, o guerra de información. Realineamiento de alianzas: Buscar nuevos aliados o modificar las relaciones con los existentes para obtener una ventaja. Negociación con «nuevas reglas»: Intentar cambiar los términos del conflicto o buscar una resolución a través de medios no puramente militares, aunque aún con el objetivo final de «ganar» en algún sentido (ya sea territorial, político, económico, etc.). En esencia, cuando la forma inicial de buscar la victoria se vuelve insostenible, la lógica a menudo impulsa a las partes a buscar caminos alternativos para lograr sus fines.
