Colombia y el viraje geopolítico internacional: La oportunidad histórica que no podemos dejar perder

Por: Omar Romero

Por primera vez en más de un siglo, Colombia ha dejado de ser el alumno obediente del poder imperial para ensayar el difícil pero necesario camino de la soberanía. No se trata de un simple ajuste en el lenguaje diplomático, ni de una confrontación ideológica vacía. Se trata de una transformación histórica real, liderada por un gobierno popular que ha entendido que el lugar de nuestro país en el mundo no puede seguir siendo el de un peón servil, sino el de un actor digno, autónomo y estratégico.

El presidente Gustavo Petro ha tomado decisiones que marcan un antes y un después en la política internacional colombiana. Rompió con la doctrina Monroe y con el tutelaje diplomático de Washington, al tiempo que abrió las puertas a una política exterior multilateral, basada en el respeto mutuo, la integración regional y la cooperación Sur-Sur. El ingreso al Banco de los BRICS y la participación en la Ruta de la Seda son señales claras de este cambio de época. Colombia ya no se alinea sin cuestionar: dialoga, decide y construye.

¿Y qué significa esto para el pueblo colombiano? Significa acceso a inversiones en infraestructura que no llegan con condicionamientos neoliberales. Significa conectividad, tecnología, energía limpia, empleo y desarrollo con soberanía. Significa la posibilidad real de transformar un país que durante décadas fue saqueado desde afuera y excluido desde adentro. Ahora hay herramientas nuevas, aliados nuevos, horizontes nuevos.

Pero no todo es entusiasmo. Este giro geopolítico ha incomodado a quienes durante años se beneficiaron del viejo orden. Estados Unidos ha reaccionado con recortes, advertencias y presiones. La ultradercha derecha , alineada con esos intereses, quiere deshacer lo que se ha avanzado. Prometen “recuperar la confianza internacional”, pero en realidad quieren devolvernos al patio trasero de la historia.

Por eso este momento es crucial. La decisión no está tomada: está en manos del pueblo. La continuidad del cambio requiere consciencia, organización y voluntad colectiva. No basta con admirar el giro histórico desde la distancia; hay que defenderlo activamente. En cada voto, en cada debate, en cada territorio, se decide si seguimos apostando por una Colombia soberana o si retrocedemos al servilismo disfrazado de “estabilidad”.

La relevancia de lo que está ocurriendo en Colombia va mucho más allá de nuestras fronteras. En un mundo multipolar en disputa, donde el viejo orden neoliberal tambalea y nuevas potencias emergen, Colombia puede ser un ejemplo de transición democrática hacia un modelo más justo e independiente. Pero el mundo también observa si este proceso será aplastado por la oligarquía que siempre nos prefirieron de rodillas.

Hoy más que nunca, los colombianos debemos tener claro que el cambio no es un destino, es un camino. Un camino lleno de obstáculos, pero también de esperanza. Si lo abandonamos, perderemos una oportunidad histórica. Si lo defendemos, haremos historia.

La pregunta está servida: ¿seguiremos siendo pieza de ajedrez o nos convertiremos en jugadores de nuestra propia partida? El futuro aún no está escrito. El cambio apenas comienza. Y depende de nosotros.