El Fracaso de Trump en la Política Internacional

Por: Henry Pacheco

El rechazo del presidente ruso, Vladímir Putin, a las propuestas de paz del presidente Donald Trump, No sólo en Ucrania tropezó el magnate neoyorquino. El insólito y a la vez ridículo ultimátum de Trump a Rusia otorgándole un plazo de 50 días para finalizar la guerra en Ucrania es uno más de las muchas bravatas que el presidente de EEUU ha venido profiriendo desde el inicio de su campaña electoral a mediados del año pasado. En el ámbito internacional aquellas, hasta ahora al menos, no llegaron a concretarse.

 Este discurso, prácticamente único esta semana en los medios, evita explicar que el actual conflicto no puede resolverse con breves conversaciones entre presidentes y que nunca se ha llegado a un proceso de negociación en el que las partes trataran las cuestiones políticas, militares, territoriales y sociales que han llevado a la guerra, prerrequisito para un acuerdo que sea más que una imagen de compromiso de alto el fuego que presentar como un éxito que colapsaría poco después.

La guerra en Ucrania no la detuvo en 24 horas como había prometido y se ha vuelto más encarnizada por el continuo y creciente flujo de armamento norteamericano y europeo hacia el régimen neonazi de Zelenski. El nivel de improvisación e irresponsabilidad de Trump quedó retratado.

Los análisis que están publicándose estos días omiten incluso que Estados Unidos ni siquiera dio a Rusia tiempo para responder o matizar la “propuesta final” preparada por Steve Witkoff antes de que esa hoja de ruta se convirtiera, gracias a la intervención de Keith Kellogg y Marco Rubio, en la contrapropuesta de Ucrania y sus aliados europeos.

En apenas unos días, la intervención externa hizo que los términos de la propuesta de Witkoff, tan breves y vagos que habrían sido manipulables como lo fueron los de Minsk, dejando abiertas las cuestiones territoriales y de seguridad, incluían el levantamiento de sanciones contra Rusia y el reconocimiento estadounidense de la soberanía sobre Crimea, fueran abandonados en favor de un documento en el que se especificaba que no habría limitaciones a la presencia de tropas extranjeras en territorio ucraniano, una de las causas de la guerra. Conscientes de que Rusia no puede aceptar,  si no es militarmente derrotada un documento en el que no se determinan unas fronteras –que quedan deliberadamente en el aire-, se abre la puerta a la adhesión futura de Ucrania a la OTAN.

La única manera de acabar con esa guerra, que ya está perdida para Kiev, es garantizarle a Rusia el derecho a la seguridad nacional. Así como Washington jamás aceptaría la instalación de tropas chinas o rusas en México o Canadá no se entiende por qué Moscú debería aceptar sin chistar estar rodeado por potencias hostiles desde el Báltico hasta el Mar Negro.

Pero no sólo en Ucrania tropezó el magnate neoyorquino. Aquellas superbombas que supuestamente destruirían los depósitos de uranio enriquecido de Irán terminaron siendo un fiasco certificado por la Organización Internacional de Energía Atómica cuando, días después del bombardeo, declaró que no se detectaron aumentos en los niveles de radiación en las inmediaciones de las instalaciones nucleares iraníes.

Mientras tanto no hay noticias de que en el Canal de Panamá se hubiera producido un cambio de autoridades y tampoco se observan Marines patrullando a lo largo del canal. Groenlandia no está en venta y Canadá rehusó convertirse en el estado número cincuenta y uno de EEUU dando rienda suelta, Lo único que ha invadido EE UU es a California. además, a un sentimiento antiestadounidense sin precedentes con 59 % de los encuestados diciendo que su vecino del sur es una amenaza mayor para Canadá que Rusia, Corea del Norte e Irán. Sin duda, todo un éxito.

Por su parte los mapas de la National Geographic Society ignoraron la bravata de Trump y al Golfo de México se lo sigue llamando por su nombre tradicional, al igual que el Golfo Pérsico, y en el tema de los aranceles sus idas y vueltas ya se han convertido en un monumento a la improvisación, subiendo y bajando caprichosamente el nivel de los mismos aún con los países con los que EEUU ha firmado un acuerdo de libre comercio, como México y Canadá y amenazando con aplicar tarifas diferenciadas a todos los demás.

En este asunto el presidente de EEUU ha llegado a extremos ridículos como pretender castigar con un arancel del 500 % a los países que “colaboren” con Rusia o castigar con descomunales tarifas a los miembros del Brics pese a que en muchos casos EEUU tiene un balance comercial favorable con algunos de los países que lo integran, entre ellos Brasil.

Esta impresionante lista de fracasos en el escenario internacional tiene su contrapeso en la poca efectividad que han tenido las absurdas amenazas de Trump de deportar a unos diez u once millones de inmigrantes establecidos supuestamente de forma ilegal en EEUU. Hasta ahora, la deportación masiva ha sido más retórica que real. La Casa Blanca informó que hasta abril de este año habrían deportado unas 140.000 personas, pero observadores imparciales estiman que la cifra real se ubica en poco más de la mitad.

De todos modos, Trump puso en marcha una cacería indiscriminada de migrantes, sin mayor distinción entre personas que estaba viviendo legalmente en ese país durante años y los indocumentados. Una iniciativa injusta, criminal, particularmente cruel con familias que se ven desgarradas por la acción de la Casa Blanca dejando niños muchas veces en la orfandad y a merced de autoridades inescrupulosas que son capaces de hacer cualquier cosa con ellos, desde darlos en adopción o venderlos en no pocos casos a organizaciones criminales dedicadas al tráfico de órganos infantiles, un tema que en EEUU ha adquirido una inusitada gravedad.

Para colmo de males, la administración Trump no envía a todos los migrantes capturados a sus países de origen, sino que en algunos casos su destino es El Salvador. Allí fueron a parar unas 260 personas, la mayoría venezolanas, alojadas en calidad de “terroristas” en el enorme Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), un redituable negocio para el régimen de Nayib Bukele que recibie poco más de 6 millones de dólares mensuales por colaborar con la nefasta política de deportación masiva de Trump.

La política de medidas coercitivas unilaterales (“sanciones”) de Washington y sus vasallos europeos aceleró el colapso de la globalización neoliberal y dio ímpetu a la reorientación de las relaciones económicas de Rusia en dirección al mundo asiático. Si antes de la guerra en Ucrania el intercambio comercial de Moscú con Europa equivalía al 47 % del total, en la actualidad apenas llegan al 11 %. Por la inversa, el vínculo mercantil de Rusia con los países asiáticos pasó del 29 al 66 %, distribuido en las proporciones siguientes: un 34 % en la relación con China (volumen total de 245.000 millones de dólares) y un 32 % para el resto de Asia.

A lo anterior hay que sumar la creciente importancia del comercio entre Rusia y la India, Turquía e Indonesia. Y es en este lugar, el Asia Pacífico, donde hoy se encuentra el centro de gravedad de la economía internacional y en donde una parte cada vez más grande de las relaciones comerciales se pagan con monedas locales, agravando así la creciente desdolarización de la economía mundial, algo que Trump pretende detener –al principio- con una guerra arancelaria cuya primera víctima ya está siendo EEUU.