Por: Miguel Posani
La ilusión, en su sentido más amplio, es una percepción o creencia que se aparta de la realidad objetiva, pero que se mantiene con convicción. Es una construcción psíquica motivada por un deseo, diferente de la alucinación en que contradice directamente la realidad, sino que la reinterpreta. Sin embargo, este fenómeno individual tiene profundas ramificaciones sociales: las ilusiones compartidas cristalizan en mitos colectivos que estructuran culturas, movimientos políticos y visiones del mundo.
En su dimensión personal, la ilusión cumple funciones psíquicas esenciales:
Como mecanismo de protección, nos permite filtrar realidades demasiado duras, complejas o contradictorias, ofreciendo narrativas manejables. Como señalaba Nietzsche, necesitamos el «velo de la ilusión» para vivir sin sucumbir ante lo absurdo.
Como motor de acción. Muchos logros humanos parten de ilusiones: el artista que cree en su obra no reconocida, el científico que persigue una hipótesis no verificada, el enamorado que idealiza.
Como construcción de identidad. Nuestra autoimagen es, en parte, una ilusión necesaria que nos proporciona continuidad y coherencia.
Esta dimensión individual es, en cierta medida, ineludible y hasta saludable. El problema surge cuando estas ilusiones escapan del ámbito personal para convertirse en estructuras colectivas rígidas.
Cuando las ilusiones se socializan, adquieren otra potencia. Se transforman en mitos sociales: narrativas compartidas que dan sentido al grupo pero que, a diferencia de los mitos tradicionales (conscientes de su carácter simbólico), suelen presentarse como verdades literales.
Ejemplos de ilusiones colectivas mitificadas:
– El mito del progreso infinito: La creencia de que el desarrollo tecnológico y económico solucionará todos los problemas humanos, ignorando sus costes ecológicos y sociales.
– La ilusión meritocrática absoluta: La idea de que el éxito depende exclusivamente del esfuerzo individual, oscureciendo las desigualdades estructurales de partida.
– Los nacionalismos esencialistas: La construcción de identidades nacionales basadas en esencias inmutables y destinos manifiestos, el Tercer Reich o Israel, por ejemplo.
– El consumismo como camino a la felicidad: La promesa de que la acumulación de bienes satisface necesidades profundas de significado.
Estos mitos no son simples errores, sino herramientas de poder. Como analizaba Roland Barthes, el mito naturaliza lo histórico, haciendo que construcciones sociales parezcan hechos de la naturaleza. La ilusión colectiva, así, puede servir para mantener jerarquías, justificar desigualdades o movilizar a masas hacia fines concretos.
¿Cómo es el mecanismo de la ilusión colectiva?
1. Simplificación. Reduce complejidades a relatos binarios (nosotros/ellos, éxito/fracaso, progreso/atraso).
2. Emocionalización: Se arraiga más en necesidades afectivas (pertenencia, seguridad, esperanza) que en evidencias.
3. Autorrefuerzo: Las comunidades que comparten una ilusión generan ecosistemas informativos que la validan constantemente.
4. Sacralización: Cuestionar la ilusión se convierte en tabú o traición, no en mero debate racional.
La ilusión colectiva se vuelve peligrosa cuando:
– Anula el pensamiento crítico. Como muestra el fenómeno de las «fake news», no se trata de ignorancia, sino de adhesión identitaria a narrativas.
– Justifica la violencia. Muchos conflictos históricos se han basado en ilusiones colectivas deshumanizadoras.
– Impide la adaptación. Las sociedades que se aferran a ilusiones obsoletas (como recursos infinitos, superioridad racial o destinos divinos) fracasan al responder a cambios reales.
– Genera desencanto masivo. Cuando la burbuja ilusoria estalla, el vacío resultante puede producir cinismo generalizado o nuevas ilusiones más radicales.
¿Podemos vivir sin ilusiones?
La cuestión no es erradicar las ilusiones—tarea probablemente imposible—sino distinguir entre ilusiones fértiles y mitos alienantes.
– Ilusiones fértiles: Son aquellas que, reconociendo su carácter parcialmente ficticio, nos movilizan hacia fines constructivos (la ilusión de la justicia, de la dignidad humana, de un futuro mejor). Tienen apertura a la crítica y a la evidencia.
– Mitos alienantes: Son cerrados, dogmáticos y exigen adhesión total. Sustituyen la realidad en lugar de dialogar con ella.
Navegando entre dos abismos:
La ilusión tiene dos caras inextricables: es a la vez consuelo necesario y potencial engaño colectivo. Nuestro desafío contemporáneo es aprender a habitar ese espacio intermedio: aprovechar la capacidad motivadora de las ilusiones compartidas sin caer en el fanatismo mitológico.
Como sociedad, necesitamos cultivar lo que podríamos llamar «ilusión crítica»: la capacidad de creer en proyectos comunes manteniendo la humildad epistémica, la apertura a la refutación y el reconocimiento del otro en nuestro relato.
Al final, la madurez individual y colectiva podría medirse no por la ausencia de ilusiones, sino por la capacidad de elegir conscientemente en qué ilusiones merece la pena creer—y cuándo debemos abandonarlas ante la tozudez de lo real.
