Por: Miguel Posani
La frase «somos dueños de este país», “soy dueño de mi ciudad” o “dueño de mi realidad” son eslóganes que se repiten en discursos políticos y manuales escolares o lo damos como implícito y natural. Sin embargo, basta observar el funcionamiento real de las instituciones del sistema para descubrir la ficción. Los aparatos burocráticos —ministerios, entes reguladores, sistemas judiciales laberínticos— operan con lógicas propias que el ciudadano común no controla. Las transnacionales, por su parte, mueven capitales, presionan leyes y moldean territorios sin pedir permiso. El individuo no es dueño del país; es, en el mejor de los casos, un habitante temporal, un usuario con derechos condicionados. La soberanía que se pregona es una ilusión funcional, sirve para generar identidad y lealtad, pero se desvanece en cuanto uno intenta ejercerla realmente.
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