Por: Miguel Posani
La frase «somos dueños de este país», “soy dueño de mi ciudad” o “dueño de mi realidad” son eslóganes que se repiten en discursos políticos y manuales escolares o lo damos como implícito y natural. Sin embargo, basta observar el funcionamiento real de las instituciones del sistema para descubrir la ficción. Los aparatos burocráticos —ministerios, entes reguladores, sistemas judiciales laberínticos— operan con lógicas propias que el ciudadano común no controla. Las transnacionales, por su parte, mueven capitales, presionan leyes y moldean territorios sin pedir permiso. El individuo no es dueño del país; es, en el mejor de los casos, un habitante temporal, un usuario con derechos condicionados. La soberanía que se pregona es una ilusión funcional, sirve para generar identidad y lealtad, pero se desvanece en cuanto uno intenta ejercerla realmente.
Ante este vacío de propiedad colectiva, la pregunta se repliega hacia lo íntimo. Si no somos dueños de eso que llamamos nación, ¿lo somos al menos de nuestra propia vida? La tradición existencialista sugiere que la única posesión inalienable es la capacidad de elegir el sentido de nuestros actos, de construir un proyecto propio frente al absurdo. Pero incluso allí aparece el límite: podemos decidir qué leer, a quién amar, en qué trabajar… hasta que la necesidad económica o la presión social recortan esas opciones. La famosa «libertad interior» es real, pero se ejerce siempre dentro de una jaula de condiciones materiales. No nos damos cuenta que estamos atrapados en una telaraña de ilusiones funcionales al sistema que usa esas ilusiones para auto preservarse, y nosotros somos simples cifras, cuerpos y energía que nos usa.
Creemos que somos dueños de muchas cosas: de un país, de una casa, de nuestra propia vida. Esa sensación de propiedad funciona mientras no salgamos de un cierto nivel lógico —el de las leyes, los papeles firmados, la propiedad privada, el sentido común. Pero si subimos un nivel, si miramos el sistema que crea esas reglas, la certeza se desvanece.
Gregory Bateson explicaba que todo mensaje tiene sentido dentro de un marco. Lo que es verdad en un nivel, puede ser una ilusión en el siguiente. Por ejemplo: según el derecho civil, usted es dueño de su apartamento. Pero si se mira desde la economía política, este apartamento está atrapado en el circuito del capital: el banco es el verdadero dueño si hay hipoteca, el mercado decide su valor, el Estado se lo puede llevar si no paga impuestos. Suba otro nivel: desde una mirada ecológica o sistémica, nadie es dueño de nada. Los objetos, los territorios y los cuerpos son solo puntos de encuentro en una red de relaciones.
Lo mismo pasa con nuestras decisiones. Uno cree que es dueño de lo que elige, pero ese sentimiento ignora los hábitos, el lenguaje, los mandatos culturales que vienen de un nivel superior y que no hemos elegido. La posesión no es un hecho objetivo, es un punto de vista dentro de un nivel lógico. Cambie el nivel, y el dueño se convierte en inquilino; el propietario, en un personaje de una ficción jurídica.
Por eso, la pregunta «¿de qué somos dueños?» exige una respuesta previa: ¿desde qué nivel lógico preguntamos? Si elegimos el nivel de la interdependencia radical —donde todo está conectado con todo—, la respuesta es simple, de nada. Y esa nada, paradójicamente, puede ser la única verdadera liberación.
El tiempo es quizás el bien más valioso, y también el que menos controlamos. La jornada laboral, los desplazamientos forzados, las obligaciones familiares o sociales, incluso el ocio pautado por algoritmos y horarios comerciales, casi nada de ese tiempo lo decidimos soberanamente. Un empleado no es dueño de sus ocho (o diez) horas diarias; un jubilado tampoco lo es de sus tardes, porque el sistema las ha moldeado como espacio de consumo o de espera. Ser dueño del propio tiempo significa poder desperdiciarlo sin culpa, usarlo en la contemplación inútil o en la rebeldía silenciosa. Pero incluso el «tiempo libre» es una concesión del aparato productivo. ¿De verdad nos pertenece?
En la era digital, nuestra capacidad de concentración ha sido colonizada. Las plataformas, las noticias, la publicidad y los dispositivos compiten por secuestrar nuestra mirada. No elegimos qué pensar, sino que reaccionamos a estímulos diseñados para generar dependencia. La atención se ha convertido en un recurso extraído sin nuestro consentimiento y vendido a terceros. Ser dueño de la propia atención sería un acto revolucionario, cerrar una notificación, abandonar una discusión estéril, leer un párrafo entero sin distraerse. Pero ese poder se ejerce cada vez menos. La mayoría de nosotros somos inquilinos de nuestra propia mente.
El lenguaje no es neutro. Lo heredamos, lo moldean la escuela, la familia, la región, los medios, la corrección política, los eslóganes oficiales. Decimos «libertad» y no sabemos bien qué significa; repetimos «emprendimiento» o «resiliencia» como si fueran mandatos. ¿Somos dueños de lo que hablamos? También el silencio puede ser una posesión, callar cuando se espera que opinemos, no dar explicaciones, guardar un pensamiento inconfesable. Pero el silencio suele ser castigado o interpretado como sumisión.
Y llegamos al punto más radical. Ni siquiera somos dueños de nuestro propio cuerpo. Podemos creer que nos pertenece porque sentimos dolor, placer o cansancio; sin embargo, las leyes, la medicina y las costumbres nos recuerdan constantemente que su dominio no es absoluto. El ejemplo más crudo es la muerte, en la mayoría de los países, no tenemos derecho a elegir cuándo y cómo morir, aunque suframos una enfermedad terminal o una existencia insoportable. La eutanasia y el suicidio asistido son delitos o excepciones muy restringidas. El Estado, la moral religiosa o el código penal se arrogan la potestad de decidir por nosotros. Nuestro cuerpo, entonces, es más bien un territorio en usufructo: lo habitamos, lo cuidamos, pero no podemos disponer de él hasta sus últimas consecuencias. Nos es dado, pero no nos es enteramente propio.
Así, la respuesta a «¿de qué somos dueños?» se vuelve incómodamente escueta: de casi nada. Tal vez solo de la forma en que enfrentamos esta falta de propiedad. De la lucidez con que reconocemos que el país es un alquiler, el cuerpo un préstamo, y la libertad un espacio diminuto pero real entre las imposiciones. Ser dueño de esa conciencia —y de los gestos mínimos que la expresan— es quizás la única posesión que no nos pueden arrebatar.
Si el mundo externo nos es esquivo, la pregunta se vuelve hacia dentro: ¿qué gobierna realmente tu voluntad? Los existencialistas nos enseñan que la propiedad más radical no es sobre algo, sino sobre alguien: uno mismo. No se trata de acumular objetos, sino de la capacidad de decidir sobre tu propio ser. Ser dueño de tu vida implica entonces:
-Autenticidad: Rechazar los roles impuestos (ciudadano, consumidor, engranaje) para definirte a ti mismo. Es la búsqueda de la «propiedad» existencial frente a la «impropiedad» del anonimato cotidiano.
-Acción consciente: Elegir tus proyectos y valores, en lugar de ser un eco de las masas.
-Límites: Establecer la frontera entre lo que te pertenece (tu tiempo, tu cuerpo, tu conciencia) y lo que el sistema quiere arrebatarte.
En la práctica, ciertas acciones personales son el taller donde ejercemos la soberanía real, el libro que nos cambió la perspectiva, la habilidad profesional que desarrollamos, ver un amanecer, el silencio de una mañana sin redes sociales. Como se ha reflexionado, los bienes materiales son herramientas para vivir y hacer el bien, (debería ser así), pero no son el fin de nuestra existencia. Su valor reside en su uso para expresar nuestra libertad, no en su acumulación.
No somos dueños del país, ni del cuerpo, ni del tiempo, ni de la atención, ni del todo del lenguaje. Entonces, ¿de qué? Quizás de muy poco: de la conciencia de esta falta, y de la posibilidad de elegir, en el margen minúsculo que nos queda, un gesto auténtico. Levantarse a mirar por la ventana sin motivo. Decir no a una obligación absurda. Escribir una frase que no le importe a nadie. Esa pequeña soberanía, frágil y casi ridícula, es la única que no pueden expropiarnos. Por ahora.
