Milagroso será el milagro que logre milagrosamente tocar tu milagrosa mente

Por:Miguel Posani

¿Qué es un milagro? Entre lo excepcional y lo cotidiano: La palabra “milagro” evoca de inmediato imágenes de sucesos extraordinarios: un enfermo que comienza a caminar, aguas que se abren, un pan que se multiplica. En el imaginario colectivo, el milagro es una interrupción de las leyes naturales provocada por una voluntad divina. Sin embargo, definirlo con precisión resulta tan escurridizo como el fenómeno mismo. ¿Es acaso una violación de la física? ¿Una coincidencia con significado? ¿O un simple evento que aún no sabemos explicar? A lo largo de la historia, teólogos, filósofos y científicos han ofrecido respuestas divergentes.

En la tradición judeocristiana, el milagro se entiende como un acto directo de Dios que suspende temporalmente el orden habitual de la naturaleza. Santo Tomás de Aquino, en el siglo XIII, distinguía tres tipos: milagros que sobrepasan totalmente las capacidades de la naturaleza (como la resurrección); milagros que ocurren sin seguir el curso natural (una curación instantánea); y milagros que la naturaleza sí podría realizar, pero no en ese orden o sujeto (como sobrevivir al fuego). Para los creyentes, estos eventos no son meras rarezas, sino señales con un propósito: revelar algo sobre lo sagrado, confirmar una enseñanza o reafirmar la veracidad de sus creencias. Así, los evangelios presentan los milagros de Jesús no como trucos de magia, sino como “signos” que apuntan a la llegada del Reino de Dios.

En el siglo XVIII, el filósofo escocés David Hume asestó un golpe célebre a la noción tradicional. En su ensayo “Sobre los milagros”, argumentó que siempre es más razonable creer que un testigo se equivoca o miente, a que una ley de la naturaleza haya sido violada.

Para Hume, el milagro es una “transgresión de una ley de la naturaleza por una volición particular de la Deidad”, y dado que las leyes naturales se apoyan en una experiencia constante y uniforme, la evidencia a favor de un milagro jamás podría alcanzar el peso de la evidencia en contra. Esta postura, conocida como el principio de la analogía, no niega la posibilidad lógica de lo sobrenatural, pero establece un escepticismo metodológico: cualquier informe milagroso debe ser sometido a un escrutinio riguroso, y casi siempre resultará más plausible una explicación natural (engaño, ilusión, leyenda).

Frente a la dicotomía entre “violación de leyes” y “fraude”, han surgido perspectivas más matizadas. El teólogo Paul Tillich, por ejemplo, propuso entender el milagro no como un hecho objetivo extraordinario, sino como un “acontecimiento que despierta en nosotros la conciencia de lo incondicionado”. Desde esta óptica, un milagro sería cualquier suceso —incluso aparentemente natural— que nos produce una profunda conmoción espiritual y nos abre a la trascendencia. Así, el nacimiento de un hijo, la recuperación de una adicción o la belleza de un atardecer pueden ser “milagros” si quien los vive los percibe como dones gratuitos que transforman su existencia. Lo relevante no es tanto la anomalía física, sino el significado existencial.

Por su parte, la ciencia contemporánea no tiene herramientas para probar o refutar lo sobrenatural, pues su método se limita a causas naturales observables. Pero sí puede analizar los llamados “milagros estadísticos”: eventos de probabilidad ínfima que, sin embargo, ocurren. Por ejemplo, una persona que sobrevive a una caída de varios pisos o una remisión espontánea de un cáncer terminal. La ciencia dirá que lo raro no es imposible; la fe, por su lado, podrá ver ahí un signo de providencia. Ambas posturas no son necesariamente excluyentes: quien cree no tiene que negar la explicación natural, sino añadir una capa de sentido que la trasciende.

Responder “qué es un milagro” depende, en última instancia, de la lente con que se mire. Para el devoto de Lourdes, es la curación inexplicable; para el escéptico, un error de diagnóstico; para el existencialista, una metáfora de lo inesperado; para el niño, el simple hecho de que amanezca.

Pero más allá de estas definiciones, persiste en nuestro imaginario la idea de que los milagros son una excepción y no participamos en ellos. Sin embargo, resulta que no es así, nuestra cotidianidad está llena de milagros, aunque sean pequeños.

Desde mi experiencia en el trabajo terapéutico, se dan constantemente, cuando en una persona se produce un cambio que hasta ese momento parecía imposible; cuando se deja una adicción; cuando de repente se acumulan fuerzas para salir de una depresión de años; cuando un joven con muy mal comportamiento, después de una sesión terapéutica, cambia milagrosamente; cuando una palabra dicha modifica algo en la visión de la persona y esto transforma actitudes negativas profundamente arraigadas; cuando vas a cruzar una calle y te están esperando para asaltarte, pero tu intuición te guía por otro camino. No nos damos cuenta del milagro cuando una sucesión de eventos positivos e improbables se encadena generando consecuencias positivas.

No nos damos cuenta de que la vida misma es un milagro en un universo que tiende hacia la entropía, o de que los envases de comida que ha desarrollado la naturaleza también lo son, como la cáscara y la forma de un huevo o la concha de un cambur. Con esto quiero decir que es necesario “cotidianizar” los milagros, acercarlos a nuestra vida de todos los días, sabiendo que nuestra visión e interpretación habitual de las cosas es limitada y a menudo no los vemos.

Después de todo, como escribió Chesterton: “Los milagros no son tanto una violación de las leyes naturales, sino la revelación de leyes superiores que aún no conocemos”. En un mundo que a menudo se vuelve gris por la rutina, el reduccionismo y los ritos vacíos, la idea del milagro nos recuerda una lección humilde: que la realidad siempre tiene un margen para lo inesperado, y que el asombro es, acaso, el primer paso hacia la sabiduría.

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