#NoKings: No a los reyes, no a las guerras, la ola de protestas contra Trump

Por: Vijay Prashad

Trump es fácil de detestar. Tiene un estilo grosero, una actitud hacia el mundo que de un solo golpe, descarta las sutilezas de la diplomacia y el derecho internacional. De una forma u otra, vamos a tener Groenlandia, dijo a mediados de enero de 2026; realmente creo que tendré el honor de tomar Cuba, dijo en marzo.

Vulgaridades como estas no se han visto en público desde hace mucho tiempo, tal vez desde antes de 1945, pues en el periodo transcurrido desde entonces tales anhelos imperiales se han enmascarado tras palabras como ‘democracia’ y ‘derechos humanos’.

El simple hecho de querer un territorio por sus recursos es algo que no se hace, es demasiado retroceso a la era del dominio colonial —un retorno al lenguaje de Leopoldo II de Bélgica (quien dijo que el Congo era un ‘magnífico pastel africano’) y del británico Cecil Rhodes (quien dijo: ‘Sostengo que somos la raza más fina del mundo, y que cuanto más mundo habitemos, mejor será para la raza humana’).

Trump es una versión menos elegante de Leopoldo y Rhodes, ciertamente con menos dominio del lenguaje y de los marcos de referencia. ¡Qué fácil es burlarse de Trump!

En los Estados Unidos, el rechazo a Trump va en aumento (con solo un tercio de la población aprobando su segundo mandato, 11 puntos menos desde el pasado abril).

La encuesta, realizada por la Universidad de Massachusetts, encontró que las razones del rechazo son varias: la inflación, las caídas de las bolsas de valores, los cierres del gobierno y, por supuesto, la guerra contra Irán. Pero no hace falta mirar solo las encuestas para comprender la realidad del rechazo a Trump. Está allí, en las calles.

El 29 de marzo, nueve millones de personas se unieron a más de tres mil quinientas protestas individuales en cada estado de los Estados Unidos como parte de la manifestación No Kings. Esta es la tercera manifestación de este tipo, la primera el 14 de junio de 2025, que atrajo a cinco millones de personas, y la segunda el 18 de octubre de 2025, que atrajo a entre seis y siete millones de personas. Las cifras en estas protestas regulares están creciendo, y los grupos demográficos atraídos a ellas también se están expandiendo para incluir a antiguos partidarios de Trump.

Estas protestas, coloridas y animadas, no fueron erupciones aisladas de indignación, sino que son la cresta visible de una corriente más profunda de disidencia contra una larga trayectoria de militarismo estadounidense, ahora agudizada por la retórica y las acciones de Trump.

Trump prometió no más guerras en el extranjero y dijo que el dinero desperdiciado en ellas se reservaría para atender los problemas tangibles que enfrenta la clase trabajadora de los Estados Unidos. Al igual que todos los demás presidentes de los Estados Unidos, Trump traicionó esa promesa y enredó a los EE. UU. en diferentes formas de guerra en todos los continentes.

La inflación, consecuencia natural de la guerra, particularmente de una guerra que previsiblemente resultó en el cierre del Estrecho de Ormuz, amenaza a los Estados Unidos, tal vez no tanto como a otros países, pero la presión se intensifica, no obstante.

Una población que ve subir los precios y el peligro de que las tropas estadounidenses sean necesarias para una guerra de desgaste en suelo iraní es un pueblo que pierde interés en la fanfarronería de sus líderes. La precisión se vuelve más importante que la jactancia.

Denme Libertad

La idea de No Kings refleja el rechazo a la monarquía que proporcionó el vocabulario para la Revolución Estadounidense de 1776. Es a esto a lo que recurren estas protestas, buscando inspiración en los revolucionarios contra el Rey Jorge III para su propio ciclo de protestas.

No hay mosquetes en la multitud, solo carteles que reflejan la diversidad de opiniones. Algunos de los carteles evocan la posibilidad perdida de una presidenta Kamala Harris (si ella fuera presidenta, dicen, no tendríamos que protestar sino que estaríamos en un brunch – un indicador del carácter burgués de parte del desdén hacia Trump). Otros son más duros, más antibélicos, si no antiimperialistas.

Entre los que quieren ir al brunch y los que quieren condenar las guerras ilegales de los EE. UU. se encuentra una gama de posiciones que están unidas por la exasperación ante las redadas del ICE que parecen una invasión doméstica y ante la guerra contra Irán que fue un error de cálculo épico por parte de Trump y sus asociados.

Cuando la multitud dice No Kings [No a los reyes], lo que quieren decir es no a Trump, ciertamente, pero también quizás estén diciendo no a la presidencia imperial y sí a un mayor control democrático: esto podría significar más autoridad del Congreso sobre la política de inmigración y sobre la conducción de la guerra, o también podría significar que el pueblo de los Estados Unidos desea un mayor sentido de comunidad democrática y no la impotencia desmoralizadora del imperialismo.

Las banderas palestinas y los carteles contra las redadas del ICE reflejaron la oscilación entre lo internacional y lo nacional, pero incluso aquí esa diferencia no es tan fácil de sostener: las redadas del ICE fueron contra aquellos que parecían migrantes, personas de piel morena que enfrentaron la ira de la política vigilante de Trump, mientras que el genocidio de los palestinos fue financiado por el dinero de los impuestos de todos en la multitud, una complicidad que es difícil de ignorar.

No en mi nombre fue la consigna hace una generación, pero ahora ese es un eslogan demasiado simplista: pues la responsabilidad absoluta de todos los contribuyentes estadounidenses por el genocidio y por las guerras sin fin hace que una desaprobación verbal sea insuficiente.

Es necesario algo más, como estas protestas y el deseo de construir una nueva base de poder para desarraigar a Trump, para empezar, y tal vez al sistema, si eso parece posible.

Incluso hace una década, estas protestas habrían sido insuficientemente cubiertas por los medios, y las imágenes de ellas no aparecerían ante el público. Pero el panorama mediático está ahora tan fragmentado y acelerado que la información se difundió rápidamente a través de las plataformas de redes sociales, con fotografías (incluyendo impresionantes fotografías con drones) que mostraban lo que acababa de suceder.

Estas plataformas amplificaron las protestas, permitiendo que las imágenes mismas se convirtieran en parte de la protesta y que las etiquetas generaran y organizaran nuevas formas de disidencia.

Las redadas del ICE, el genocidio de los palestinos, la guerra en Irán: todo esto constituyó el motivo de la disidencia. Pero los oradores en las protestas no se fijaron solo en el presente, sino que trazaron una línea desde la inmediatez de Trump hasta sus antecesores, hasta las guerras ilegales de los EE. UU. en Irak y Siria y hasta la destrucción horrenda infligida a los pueblos de Afganistán y Libia.

Las guerras de Trump no pueden entenderse de forma aislada porque están arraigadas en estructuras e ideologías que le preceden por décadas.

Trump es una paradoja: por un lado, su franqueza e imprevisibilidad han aumentado los temores y, en algunos casos, han acelerado políticas peligrosas, pero por otro lado, su estilo también ha despojado ciertas capas de justificación retórica, haciendo que el ejercicio del poder sea más visible y crudo. Donde los gobiernos estadounidenses anteriores a menudo encubrían las intervenciones en el lenguaje del humanitarismo o la promoción de la democracia, Trump se ha inclinado más por hablar en términos de fuerza, dominio y apropiación de recursos.

Este cambio, aunque alarmante, contribuye a una comprensión más clara de lo que siempre ha estado en juego: un intento hiperimperialista de los EE. UU. por dominar el mundo a toda costa.

Bienvenidos a la fiesta

Pocas horas después de las protestas, el presidente del Parlamento de Irán, Mohammad Baqer Qalibaf, tuiteó: ‘Bienvenidos a la fiesta que empezamos hace 47 años, No a los reyes. Este es el pueblo de Irán, y aprobamos este mensaje. #NoKings’.

Con el tuit, Qalibaf incluyó cuatro fotos, dos de las protestas de ese día en diferentes ciudades de EE. UU. y dos de la Revolución Iraní de 1979. El tuit, con una mezcla de ironía e invitación, portaba una fuerte carga histórica. Recordaba al pueblo de los Estados Unidos que la revolución de 1979 en Irán fue, de hecho, contra un rey, el Sah de Irán, que había sido colocado en el Trono del Pavo Real por el imperialismo occidental en 1953 tras un golpe de Estado contra el gobierno democráticamente elegido de Mohammad Mossadeq.

Durante veintiséis años, el pueblo iraní vivió bajo el yugo de un monarca brutal, cuyo gobierno dio forma a la resistencia en su contra. Los iraníes lo derrocaron y luego, en la lucha de clases que siguió, nació la República Islámica.

Qalibaf está dando la bienvenida a los manifestantes estadounidenses a un nuevo tipo de revuelta republicana, para derrocar el despotismo de las elecciones que son compradas y pagadas por multimillonarios (la Clase Epstein, como se les llama ahora) y para fundar una democracia adecuada que evite la violencia fuera de sus fronteras y que desarrolle la capacidad de la gente en casa.

La guerra de los EE. UU. contra Irán cuesta como mínimo 12.000 millones de dólares al día, que es exactamente el coste de financiar el Crédito Tributario por Hijos, una herramienta importante para acabar con la pobreza infantil: un día de esta guerra acabaría sustancialmente con la pobreza infantil en los Estados Unidos. Bienvenidos a la fiesta.

La fiesta no es un evento sino una condición, un marco para gastar los recursos de un país en la vida y no en la muerte. El militarismo es una elección sistemática que aplasta las prioridades internas y determina qué recursos están disponibles para los programas sociales domésticos. Bajo esta luz, las protestas de No Kings (y el tuit de Qalibaf) pueden verse como parte de un replanteamiento más amplio de las prioridades políticas.

La demanda no es solo poner fin a guerras específicas, sino cuestionar la lógica que hace que la guerra parezca inevitable o necesaria. Esto implica confrontar suposiciones profundamente arraigadas sobre la seguridad, la amenaza y el interés nacional —suposiciones que han sido cultivadas durante décadas y reforzadas a través del discurso político, las narrativas mediáticas y las prácticas institucionales.

El epicentro de estas protestas es Estados Unidos, aun cuando hubo manifestaciones más pequeñas en otras ciudades (una grande en el Reino Unido en torno a la extrema derecha y la guerra). Pero las protestas en EE. UU. son el espectáculo principal, ya que Trump es el director de la orquesta del terror del Norte Global.

La protesta No Kings no fue solo sobre una figura individual, sino una expresión de un malestar más profundo con la trayectoria del poder estadounidense. Si estas protestas marcarán un punto de inflexión es incierto.

La historia ofrece ejemplos tanto de movimientos transformadores como de momentos de oportunidades perdidas. Lo que está claro es que las voces alzadas el 29 de marzo son parte de una conversación en curso sobre el poder, la responsabilidad y las posibilidades de la acción colectiva.

Al afirmar No Kings, los manifestantes no solo están rechazando un estilo particular de liderazgo; están afirmando una visión de la política que no depende de la violencia desnuda del imperialismo.

Vijay Prashad es un historiador y periodista indio. Es autor de cuarenta libros, entre los que se incluyen Balas de Washington, Una estrella roja sobre el Tercer Mundo, Las naciones oscuras: una historia del Tercer Mundo; Las naciones pobres: una posible historia del Sur Global y How the International Monetary Fund Suffocates Africa, escrito con Grieve Chelwa. Es el director ejecutivo de Tricontinental: Instituto de Investigación Social, corresponsal jefe de Globetrotter, y el editor jefe de LeftWord Books (Nueva Delhi). También ha hecho apariciones en las películas Shadow World (2016) y Two Meetings (2017)./Cubadebate

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