¿Qué no es cultura? 

Por: Miguel Posani

Vivimos una época de expansión semántica sin precedentes. La palabra “cultura” ha sido estirada hasta un punto en el que amenaza con no significar nada. Se habla de cultura empresarial, cultura del esfuerzo, cultura de la cancelación, cultura del vino, cultura de la queja, cultura del algoritmo, cultura de masas, de élite. En este afán por abarcarlo todo, la antropología clásica nos enseñó que cultura es el conjunto de aprendizajes compartidos, símbolos, valores y prácticas que permiten la vida en sociedad. Pero si todo es cultura, entonces nada lo es y entonces la palabra cultura sirve muchas veces como relleno. Por eso conviene preguntarse, con honestidad crítica: ¿qué no es cultura?


En primer lugar, no es cultura aquello que pertenece al orden de la necesidad biológica no mediada por el símbolo. Respirar, dormir, digerir o el reflejo patear son procesos fisiológicos que compartimos con otras especies. Si un recién nacido succiona el pecho, no está ejecutando un acto cultural, sino un reflejo programado por millones de años de evolución.

Otra cosa es cómo las sociedades envuelven esas necesidades en ritos, tabúes, técnicas y creencias. La lactancia puede ser ritualizada, medicalizada o estigmatizada; así mismo el sueño puede regularse por horarios laborales o creencias religiosas. Pero el núcleo duro de lo que llamamos instinto —lo puramente fisiológico sin significado añadido— no es cultura.
El caso de la muerte es paradigmático. La muerte es, ante todo, un hecho biológico: el cese irreversible de las funciones orgánicas. Ninguna cultura puede abolirlo ni negociar con sus leyes fisiológicas. Sin embargo, la muerte es también, quizás, el acontecimiento más densamente culturalizado que existe. Los rituales funerarios, el duelo, las creencias en el más allá, los cementerios, las ofrendas, los cantos fúnebres: todo eso es cultura. Pero atención: la muerte biológica —el instante exacto en que el corazón deja de latir— no es cultura. Lo que es cultura es la forma en que cada sociedad nombra, interpreta, llora, celebra o niega ese instante. Confundir el hecho natural con su significado simbólico nos lleva a afirmar absurdos como “la muerte es una construcción cultural”. No, no lo es. La muerte es un dato duro de la biología; lo que construimos culturalmente es el morir, el velar, el recordar y el olvidar. Así mismo existen hechos culturales que “naturalizamos” como por ejemplo el analfabetismo y la pobreza.


En segundo lugar, no es cultura la coerción física pura, desprovista de significación. Un terremoto que arrasa una ciudad no es cultura, aunque las respuestas al desastre sí lo sean. La violencia desnuda de un puñetazo en un callejón, sin código ni ritual que la intérprete, es apenas fuerza bruta. La cultura empieza cuando esa violencia se viste de duelo, se convierte en venganza legalizada o se sublima en boxeo olímpico. Por eso resulta grotesco escuchar que ciertos actos de barbarie —como las violaciones sistemáticas en guerras o la represión— son “expresiones culturales”. No lo son. Son la negación de la cultura, su falla catastrófica.


La contracción involuntaria de un músculo que ninguna cultura ha nombrado ni regulado: eso no es cultura. Pero cuidado, cuando lo nombramos, lo conceptualizamos, lo culturizamos.


Así mismo el individuo humano, desde que nace —y antes, en la vida intrauterina— ya está inmerso en tramas culturales que lo constituyen. Un recién nacido no es un cuerpo biológico que luego “recibe” cultura; es, desde el primer instante, un individuo moldeado por el tipo de embarazo influido por nuestra realidad cultural, la forma de ser amamantado, mirado, hablado, cargado. Cada uno de nosotros es portador activo de cultura: la reproducimos, la cuestionamos, la transformamos. Por eso, un tic nervioso o una obsesión secreta, por muy privados que parezcan, ya están atravesados por el lenguaje, las imágenes, los tabúes y las narrativas de su cultura. Nadie alucina un ángel si no ha visto antes representaciones de ángeles. Lo “puramente individual” sin ningún anclaje en lo compartido es una abstracción que no se da en seres humanos. Así que no confundamos: lo que no es cultura es la fisiología desnuda sin significado; pero el individuo, con toda su subjetividad, sí es cultura —cultura andante.


Ahora bien, ¿qué pasa con los objetos? Un fragmento de marfil tallado convertido en tecla de piano o en flauta: ¿es cultura? Indudablemente sí. El colmillo de elefante es naturaleza; pero una vez trabajado, pulido, afinado, ese objeto lleva inscritas en su forma la geometría de una escala musical, la tradición de un luthier, el gusto de un público. No es solo un “significado” añadido a una materia; es la materia misma convertida en cultura. Y lo mismo vale para un martillo. Ningún animal produce un martillo, (aunque muchas especies tienen protoculturas como los simios).


Un martillo, incluso aislado, incluso mudo en un rincón, sí es cultura —porque ningún animal lo hizo, porque en su forma duerme el trabajo de generaciones, porque si lo rompes no encuentras naturaleza pura, sino más historia. Ningún animal selecciona una piedra, la talla, le añade un mango, asegura la unión. El martillo es la objetivación de un saber hacer acumulado durante milenios: saber qué piedra sirve, cómo darle forma, qué madera es flexible, cómo atar, cómo balancear el peso. Ese conocimiento no está solo en la mente de quien lo fabricó; está también en el objeto. El martillo es cultura fosilizada.


La herramienta no es un mero “medio” para un “fin”; es una cristalización de saberes, tradiciones, mitos y relaciones sociales. El peligro como señala E. Morin no es que la herramienta aislada deje de ser cultura, sino que olvidemos su historia, y la naturalicemos. Cuando tratamos un martillo como una mera “cosa” sin preguntarnos quién lo hizo, con qué tradiciones, con qué relaciones de poder o de saber, entonces lo reducimos a un objeto inerte. Pero esa reducción es un error nuestro, no una propiedad del martillo. El martillo sigue siendo cultura, aunque nosotros lo miremos con ojos distraídos.


Pero el principal error de nuestro tiempo, sin embargo, no es incluir demasiado, sino incluir mal. La industria cultural, en el sentido lúcido de Adorno y Horkheimer, produce bienes que imitan a la cultura, pero vaciándola de su capacidad crítica y su espesor histórico. Llamar “cultura” a todo producto del mercado es la forma más eficaz de matarla.


En conclusión, negarse a responder “¿qué no es cultura?” es un gesto cómodo pero empobrecedor. Si todo es cultura, desaparece la posibilidad de criticar que ciertas tradiciones justifiquen la mutilación genital femenina o la esclavización de la mujer bajo el manto de lo cultural, o que corporaciones exploten trabajadores alegando “cultura organizacional”.


Como dijimos la muerte biológica no es cultura, pero el morir humano sí; la violencia pura sin código no es cultura, pero el duelo y la justicia sí; la pura fisiología no significada no es cultura, pero el individuo —siempre ya socializado— sí es cultura plena. Para defender lo que merece llamarse cultura —la creación individual y colectiva de sentido que nos humaniza— debemos aceptar que existen zonas de no-cultura: la biología sin símbolo, la coerción sin regla, la fisiología sin significado. Pero también debemos reconocer que los objetos fabricados, los individuos socializados y las prácticas compartidas son cultura viva, densa, innegable. No son un “plus” agregado a la materia o al cuerpo. Son la materia y el cuerpo que han evolucionado.

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