La trampa de Tucídides: por qué el pulso entre China y EE UU inquieta al mundo

Por José Luis Gómez*

La referencia de Xi Jinping a la célebre teoría geopolítica vuelve a situar sobre la mesa el gran temor del siglo XXI: que el ascenso de China y el declive relativo de Estados Unidos desemboquen en un conflicto global.

Hay conceptos académicos que pasan inadvertidos fuera de las universidades y otros que, de repente, se convierten en una forma de explicar una época entera. La trampa de Tucídides pertenece a esta segunda categoría. Y no porque la mayoría de la gente haya leído al historiador griego o los ensayos del politólogo Graham Allison, sino porque resume en una frase sencilla un miedo muy antiguo: qué ocurre cuando una potencia emergente empieza a desafiar a la potencia dominante.

Eso fue, según Tucídides, lo que sucedió entre Atenas y Esparta hace casi 2.500 años. Atenas crecía, acumulaba riqueza, influencia y poder naval. Esparta observaba ese ascenso con creciente temor. Y ese miedo terminó desembocando en guerra. Graham Allison recuperó esa idea para aplicarla al mundo contemporáneo y lanzó una advertencia inquietante: China y Estados Unidos podrían dirigirse hacia una dinámica parecida.

La teoría tiene algo de provocación intelectual y algo de alarma estratégica. Allison analizó dieciséis casos históricos de rivalidad entre una potencia ascendente y otra consolidada. En la mayoría hubo guerra. La conclusión no era que el conflicto fuese inevitable, pero sí que el riesgo aumenta enormemente cuando la potencia dominante empieza a sentirse amenazada y la emergente considera que ya no tiene por qué aceptar el orden establecido.

“Pekín cree que el equilibrio de poder mundial ya está cambiando. Washington y China necesitan estabilidad, pero desconfían mutuamente”

Por eso la referencia de Xi Jinping durante la cumbre con Donald Trump en Pekín no fue casual ni retórica. Cuando el presidente chino menciona la trampa de Tucídides está diciendo varias cosas a la vez. La primera, que China quiere proyectar una imagen de potencia racional, interesada en la estabilidad y en evitar un choque frontal. La segunda, mucho más importante, es que Pekín considera que ya juega en la misma liga que Washington y que el equilibrio mundial está cambiando a su favor.

Ahí reside probablemente el elemento más delicado del momento actual. Durante décadas, China fue presentada en Occidente como la gran fábrica barata del planeta, una potencia económica gigantesca pero todavía subordinada al liderazgo político, militar y tecnológico de Estados Unidos. Esa percepción ya no encaja del todo con la realidad. Pekín compite en inteligencia artificial, domina buena parte de las cadenas globales de manufactura estratégica, lidera sectores vinculados a la electrificación y amplía su influencia diplomática mientras Washington atraviesa una etapa de enorme polarización interna.

Eso no significa que China sea invulnerable ni mucho menos. Su economía muestra señales de agotamiento, la crisis demográfica preocupa seriamente al régimen y las purgas internas dentro del aparato militar evidencian tensiones importantes. Pero incluso con esos problemas, el liderazgo chino parece convencido de que la tendencia histórica le favorece. Xi Jinping lleva años deslizando una idea que en Pekín ya casi se considera una certeza: “Occidente está en declive y Oriente está en ascenso”.

El problema es que las grandes potencias rara vez gestionan bien los cambios de jerarquía. Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar, financiera y tecnológica del planeta, pero percibe que China ya no es simplemente un competidor comercial. La cuestión de Taiwán resume perfectamente esa tensión. Para Pekín es una línea roja absoluta. Para Washington, un símbolo de credibilidad estratégica en Asia. Y cuando Xi advierte de que una mala gestión del asunto puede conducir al conflicto, no está hablando únicamente para consumo interno.

La paradoja es que, al mismo tiempo, ambas superpotencias necesitan estabilidad. China necesita tiempo para seguir creciendo y consolidando su posición. Estados Unidos tampoco quiere una crisis global en medio de una campaña electoral permanente y con una sociedad cada vez más cansada de aventuras exteriores. Ni Pekín ni Washington desean realmente una guerra abierta. El problema es que muchas veces los grandes conflictos no empiezan porque alguien los quiera, sino porque las dinámicas de desconfianza, orgullo y cálculo erróneo terminan empujando hacia ellos.

La imagen de la cumbre en Pekín tuvo en ese sentido algo simbólico. Xi agasajó a Trump con cortesía calculada, consciente de la importancia que el mandatario estadounidense concede a la escenografía del poder. Pero al mismo tiempo dejó sutiles gestos diplomáticos que reflejan confianza creciente y una sensación de igualdad estratégica que hace apenas quince años parecía impensable. Tal vez ahí esté la verdadera importancia de la trampa de Tucídides en pleno siglo XXI. No es solo una teoría sobre guerras pasadas. Es una advertencia sobre cómo reaccionan los imperios cuando sienten que el mundo empieza a cambiar demasiado rápido. Y también sobre la enorme dificultad de aceptar que ninguna hegemonía es eterna.

La gran incógnita es si Washington y Pekín serán capaces de hacer lo que Atenas y Esparta no lograron: convivir en medio de la rivalidad sin convertir el miedo mutuo en una profecía cumplida. 

*Periodista. Editor de Mundiario.

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