Por: Alvin Lezama
Primero algunas refranes, versos, aforismos para poner en contexto:
«Como te ven te tratan!.
«No hay que juzgar un libro por sus tapas».
«La mona aunque se vista de seda, mona se queda».
«Por más que te tongonees, siempre se te ve el bojote».
«La mujer del César no solo debe serlo sino parecerlo»
«El hábito no hace al monje».
«En el teatro del mundo, todos somos comediantes; hace cada uno su papel con los vestidos que le diste».
«Bombero, bombero, yo quiero ser bombero, que nadie se meta con mi identidad». Yo quiero ser bombero.
«Sé tú mismo» Sé tú mismo
Y la lista de mensajes, llamados brujos o parentales por la psicología, sigue, todos van sembrando, cultivando, denunciando o cuestionando los condicionamientos sociales para interpretar, valorar y tratar a los demás, por lo menos en una primera instancia de una relación.
Ya no se trata del carácter, como sistema regulatorio de la conducta que suple las carencias de instinto animal que se van perdiendo en el humano. Ahora se trata de cómo será juzgado para un trabajo, por una pareja, su familia y amistades, como el candidato o la candidata apropiada/apropiado, es una forma de economía de cognición. Son el primer filtro que determina el paso siguiente de una relación que inicia, parece injusto pero así es.
Será el actor protagónico, de reparto o de relleno en las películas de la vida en las que participe, con un guión o trama que no escribió y a veces con pocos grados de libertad.
Los reclutadores de talento humano, en especial de las empresas y organizaciones que han elaborado un código de vestir y comportarse, le evaluarán para el casting, no en base a sus competencias, habilidades y mérito, sino en base a cómo le ven, se comporta y encaja en la cultura organizacional.
Por más que se resista, el ser humano es más que una animal gregario, es un ser de relaciones sociales, no puedes prescindir de esta aceptación y pertenencia a un colectivo.
Todos encajan en un rol, hasta el rebelde, el “come flor», las categorías existen, a veces, están elaboradas explícitamente y se enseñan, otras, son tácitas, son parte de una cultura y de unos códigos sociales de colectivos que se comparten. Son parte de la identidad.
Estos sesgos cognitivos pueden llegar a ser tan distorsionados que se convierten en estereotipos o peor aún en prejuicios, llegando a ser formas sutiles de descriminacion.
¿Siempre fué así o solo es un signo de la modernidad, de la economía de mercado, de los últimos tres siglos, donde las relaciones sociales se reducen a intercambio comercial y donde el otro es una cosa, un medio, cuyo atractivo es la utilidad que se le pueda extraer?
En términos crudos, usted será un objeto o cosa seleccionado, comprado y consumido, y puede que hasta desechado. Ser un producto es solo el otro extremo de esta escala.
Es un juego de roles, puede que se haya naturalizado, cristalizado, normalizado, hasta convencerle de que es una forma de existencia “orgánica”, la única posible.
“La vida es un Carnaval”, donde todos y todas llevan máscaras.
«Ay, no hay que llorar … Que la vida es un carnaval.
Y es más bello vivir cantando…»
En este rol que se desempeña en la vida también se ocultan los impulsos, los temores, los potenciales, que limitan lo que se “es” y se puede “ser” o entorpecen lo que se “es”. También la cultura popular se refiere a este hecho, con las letras de las canciones, como por ejemplo: “Yo soy el cantante” (Héctor Lavoe) o la canción “Payaso” (Javier Solis) que hablan de su brillo y desempeño en el escenario, llevando ocultas sus penas y tristezas.
Individuo único y auténtico
Así como el ser humano desarrolla su carácter, también debe desarrollar su papel en este teatro del mundo, elegir sus máscaras en este carnaval, es lo que se conoce como desarrollar su personalidad.
Esta tarea es todo un desafío permanente desde que se nace hasta alcanzar la vida adulta, algunos estudiosos del tema le llaman tareas psicosociales a resolver; en cada entorno social nuevo deberá elegir un rol o le será impuesto, él o ella tendrá cierta libertad de elección, dependerá de su carácter, la hará en base a modelos o referentes, seres cercanos o imaginarios, ya sea por la admiración o afectividad hacia ellos, tales como: padres, tíos, tías, abuelos, abuelas, héroes o heroínas de historietas o programas de televisión, maestros o maestras de escuela, amigas o amigos, personajes públicos ya sean políticos, líderes carismáticos, científicos, estrellas de la música o el deporte, artistas, entre tantos otros. Elegirá su máscara, reprimirá o ocultará aquel comportamiento que no encaje con el personaje, a veces inconscientemente. Si logra controlar o encauzar los rasgos ocultos en inconsciente del rol será “Uno”, su actuación será coherente. A este proceso se le llama individuación, que no es igual a individualización; uno trata el desarrollo Ser mismo (Self) y el otro es una cualidad prevalente de la conducta.
Si ese individuo deja de actuar como rebaño, si su vida tiene un sentido, si no mata el tiempo, si logra estar en armonía con el contexto y la situación, logra ser auténtico.
Un cierre a medio camino
En la reflexión pasada se habló de la necesidad de tener un conjunto de valores que le den direccionalidad o brújula a nuestras acciones más allá del empujón de las necesidades, se comentó la resiliencia como cualidad para aguantar las situaciones más apremiante de la vida sin quebrarse y se agregó al combo el sentido de la vida, como un valor existencial, superior, un porqué para salir adelante frente a cualquier cómo que se presente en la vida.
En esta oportunidad, se agrega otra clave: ser auténtico, integrando y armonizando las manifestaciones del consciente e inconsciente, siendo “Uno”, en cada contexto y situación.
