Por José Luis Gómez
La victoria de AfD en Sajonia-Anhalt y el deterioro educativo que refleja PISA 2025 parecen fenómenos distintos, pero comparten una transformación profunda: sociedades cada vez más expuestas a mensajes breves, emociones inmediatas y tecnologías que compiten por la atención. Regular móviles y plataformas puede ayudar, pero difícilmente resolverá por sí solo el problema.
Hay algo inquietante en la imagen política que acaba de ofrecer Sajonia-Anhalt, un pequeño estado del este de Alemania, la gran locomotora de Europa. Ulrich Siegmund tiene 35 años, estudió Empresariales, trabajó como vendedor de perfumes y lleva aproximadamente una década en la política regional. Este domingo encabezó a la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD) en una victoria histórica, con el 43,8% de los votos, más del doble de su resultado anterior y rozando una mayoría que habría permitido a una formación clasificada como extremista de derechas por los servicios de inteligencia alemanes gobernar por sí sola un land. Casi nada.
Naturalmente, sería absurdo explicar semejante resultado por TikTok. Sajonia-Anhalt es uno de los territorios económicamente más débiles de Alemania, arrastra las cicatrices de la reunificación y concentra frustraciones relacionadas con los salarios, las pensiones, la inmigración, el envejecimiento, la despoblación y una sensación de abandono que afecta a buena parte del este alemán. El resultado constituye además un severo aviso para el canciller Friedrich Merz, cuyo Gobierno intenta acometer reformas económicas y sociales en un país que lleva años perdiendo dinamismo. La extrema derecha no ha inventado ese malestar. Lo que ha aprendido extraordinariamente bien es a convertirlo en mensajes sencillos, emocionales y perfectamente adaptados al funcionamiento de las nuevas plataformas.
Siegmund representa casi un caso de estudio. Durante la campaña le acompañaban influencers que retransmitían sus movimientos, aunque apenas los necesitaba: él mismo se había convertido en una estrella de TikTok y acumulaba una audiencia equivalente a una parte extraordinariamente elevada del electorado de este pequeño Estado alemán. Su imagen amable y juvenil envuelve un programa mucho más radical: endurecimiento extremo de la política migratoria, revisión de contenidos educativos relacionados con el pasado nazi, recortes a la radiotelevisión pública, posiciones nacionalistas en la escuela y aproximación a Rusia. El éxito comunicativo consiste precisamente en reducir asuntos complejos a certezas simples, más que sencillas.
“Ulrich Siegmund convirtió TikTok en una herramienta política formidable y llevó a AfD al 43,8% de los votos. PISA constata menos distracción donde se restringen los móviles, pero no demuestra que prohibirlos mejore por sí solo el aprendizaje.”
El problema no es solo TikTok
Existe la tentación de concluir que TikTok fabrica extremistas y que, por tanto, basta con prohibir TikTok. Sería caer en la simplificación que estamos criticando. Las redes sociales no inventaron el populismo, la mentira política, el nacionalismo ni la propaganda. Lo que han hecho es construir un ecosistema tecnológico eficiente para distribuirlos, en el que una afirmación falsa pero simple puede disponer de una ventaja competitiva frente a una explicación verdadera pero compleja.
Y el fenómeno trasciende ampliamente a la extrema derecha. Donald Trump lleva años demostrando una capacidad excepcional para comprimir problemas internacionales, económicos o institucionales de enorme dificultad en frases de una contundencia formidable, algunas extravagantes y otras con consecuencias políticas mucho más serias. La izquierda populista ha utilizado mecanismos parecidos y también lo hacen activistas, conspiracionistas, vendedores, influencers y movimientos de toda naturaleza. La tecnología no posee ideología; su arquitectura sí posee incentivos. Premia aquello que consigue detener el dedo que se desliza por la pantalla.
El problema comienza entonces a parecerse menos a una discusión sobre un partido alemán y más a una transformación de los mecanismos de conocimiento. Durante siglos, las democracias fueron construyendo instituciones que exigían tiempo: escuelas, universidades, periódicos, parlamentos, libros, debates y procedimientos judiciales. Las plataformas digitales introdujeron un mercado mundial de la atención en el que todas esas instituciones compiten contra sistemas diseñados para conseguir que una persona permanezca mirando una pantalla. Precisamente hoy conocemos unos datos que obligan a relacionar ambos mundos.
PISA y la generación de la interrupción permanente
La OCDE acaba de publicar PISA 2025 y el diagnóstico resulta preocupante. El 28% de los estudiantes de los países de la OCDE afirma que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o la totalidad de las clases de ciencias. Los alumnos utilizan dispositivos en la escuela una media de 1,7 horas diarias para aprender y otras 1,1 horas para actividades de ocio. Y existe una diferencia significativa: el uso moderado de herramientas digitales con finalidad educativa se asocia a mejores resultados que su ausencia absoluta o su utilización excesiva, mientras que dedicar más de una hora diaria al ocio digital dentro de la escuela aparece asociado a peores resultados.
PISA evita la conclusión fácil. La tecnología no es mala por definición. Utilizada de manera adecuada puede ayudar a aprender. El problema aparece cuando deja de ser herramienta y empieza a gobernar la atención.
La comparación internacional resulta incluso más reveladora. Frente al 28% de media de la OCDE que denuncia distracciones digitales habituales en ciencias, en China, Japón y Corea del Sur la proporción se sitúa por debajo del 10%. Son sociedades tecnológicamente avanzadísimas. El problema, por tanto, tampoco parece resolverse regresando a un mundo predigital que ya no existe. La pregunta es cómo aprender a vivir dentro del nuevo mundo sin permitir que sus herramientas terminen imponiéndose.
La prohibición ayuda, pero no hace milagros
Aquí aparece el debate sobre los móviles. Casi la mitad de los estudiantes de la OCDE estudia ya en centros donde están prohibidos dentro del recinto escolar, frente al 34% en 2022. Y las restricciones parecen conseguir algo: en los colegios que prohíben los teléfonos, el porcentaje de estudiantes que declara distracciones digitales es del 27%, frente al 32% de los centros sin políticas específicas.
Pero de seguido llega una advertencia fundamental. PISA no encuentra una relación clara entre prohibir móviles y obtener mejores resultados académicos. Una vez considerados los factores socioeconómicos, los estudiantes de centros con prohibiciones presentan resultados similares o incluso inferiores en ciencias en numerosos países. Correlación y causalidad, además, no son lo mismo: centros con mayores problemas pueden ser por cierto los que adoptan restricciones más severas. Es decir, las normas pueden reducir una distracción concreta, pero no reconstruyen de modo automático la capacidad de atención, el hábito de lectura, la curiosidad intelectual, el esfuerzo o la relación entre profesores, alumnos y familias.
Aquí sirve aquella experiencia aparentemente trivial de los botellones. Durante años, delante de determinadas tiendas de cualquier ciudad española podía verse a grupos de adolescentes que resolvían con enorme facilidad la prohibición de vender alcohol a menores: bastaba con que el mayor de edad comprase para todos. La norma tenía sentido y era necesaria, pero los propios jóvenes encontraban inmediatamente la manera de rodearla. Confundir regular un comportamiento con eliminar la causa que lo produce conduce casi siempre a decepciones.
Algo parecido puede ocurrir con las prohibiciones digitales por edades. Puede exigirse una edad mínima para entrar en una plataforma, impedir los móviles durante las clases o establecer verificaciones mucho más exigentes. Algunas de esas medidas podrían ser convenientes. Pero siempre existirán hermanos mayores, cuentas prestadas, dispositivos familiares, nuevas aplicaciones, VPN o mecanismos todavía no inventados para sortear el límite. Una sociedad no puede renunciar a las normas solo porque puedan incumplirse; tampoco debería engañarse pensando que una norma sustituye a la educación.
Una batalla por la atención
Aquí es donde Sajonia-Anhalt y PISA empiezan realmente a encontrarse. No porque un mal resultado escolar produzca votantes de AfD, una relación que sería irresponsable establecer, sino porque ambos fenómenos se desarrollan dentro del mismo cambio cultural: la fragmentación de la atención y la creciente dificultad para competir con mensajes instantáneos.
La democracia necesita ciudadanos capaces de soportar explicaciones incómodas. La inflación no tiene una sola causa. La inmigración no se arregla con una frase. La transición energética produce ganadores y perdedores. Europa no puede –simultáneamente– gastar mucho más en defensa, conservar todas sus prestaciones sociales, reducir impuestos y evitar cualquier reforma. China no es solo enemigo o socio. La inteligencia artificial ofrece oportunidades enormes y riesgos igualmente importantes. Casi ninguno de los grandes problemas contemporáneos cabe en 15 segundos. Pero 15 segundos pueden ganar unas elecciones.
El peligro no consiste solo en que circule información falsa. La mentira política siempre existió. Quizá la transformación más profunda sea que el nuevo sistema de información premia la falsa claridad: la sensación de que un problema complejo tiene una explicación sencilla, un culpable identificable y una solución inmediata.
Siegmund ha comprendido esa gramática. Su éxito electoral no debería conducir a la conclusión tranquilizadora de que basta con vigilarlo, prohibir una plataforma o levantar todavía más alto el llamado cordón sanitario alemán. El resultado de Sajonia-Anhalt obliga también a preguntarse por qué una parte tan grande de la población encuentra más convincente esa narración que las explicaciones ofrecidas por los partidos tradicionales. El cortafuegos democrático puede impedir determinadas coaliciones; no puede obligar a los ciudadanos a votar de otra manera.
Educar para un mundo que no va a desaparecer
No existe una solución sencilla, y reconocerlo tal vez sea el comienzo de una respuesta sensata. Harán falta normas para las plataformas, protección efectiva de los menores, transparencia de los algoritmos y límites al diseño adictivo. Harán falta también reglas dentro de las escuelas y probablemente espacios donde el teléfono no tenga cabida. Pero todo eso será insuficiente si no se consigue recuperar algo mucho más difícil de legislar: la capacidad de concentrarse, leer, contrastar, dudar y cambiar de opinión.
PISA ofrece precisamente una pista contra el prohibicionismo absoluto. El uso moderado de tecnología para aprender puede estar asociado a mejores resultados. La escuela del futuro no debería elegir entre expulsar la tecnología o entregarse a ella, sino enseñar a dominarla. Y eso incluye ahora a la inteligencia artificial. La OCDE ya prepara PISA 2029 con un nuevo ámbito dedicado a alfabetización mediática y en IA, reconocimiento implícito de que saber desenvolverse entre algoritmos, contenidos digitales e inteligencia artificial se está convirtiendo en una competencia ciudadana básica. Pero la responsabilidad tampoco puede descargarse solo sobre la escuela. Familias, empresas tecnológicas, medios de comunicación, partidos políticos y los propios adultos participamos del mismo ecosistema. Sería bastante incoherente exigir a un adolescente que abandone el teléfono mientras los mayores consultamos compulsivamente el nuestro, compartimos titulares que no hemos leído y premiamos electoralmente a quien mejor confirma en treinta segundos aquello que ya pensábamos.
*Fundador y editor de Mundiario. Es también comentarista de la Televisión de Galicia (TVG), Radio Galega y Radio Coruña (SER), así como analista económico de los diarios La Región y Atlántico, y editor del Anuario del Foro Económico de Galicia, entidad de la que es miembro fundador. Dirigió la revista Capital y los periódicos Xornal de Galicia y La Voz de Galicia y fue director editorial de Grupo Zeta. Es coautor, junto a la economista María Cadaval, del libro Cómo salir de esta (II), editado por Mundiediciones en octubre de 2021, a la venta en librerías y en Amazon. Está en posesión, entre otros, del Premio Diego Bernal de periodismo.
