Brasil, elecciones y problemas de la izquierda

Por: Magdiel Sánchez Quiroz*

El resultado de las elecciones en Brasil sorprendieron a la mayoría de las personas que se autodefinen de izquierda. ¿Cómo es posible que el hijo del ex presidente Jair Bolsonaro, hoy preso por intentar un golpe de Estado contra Lula, haya ganado? La respuesta inmediata desde ese sector fue: por la guerra cognitiva, la injerencia de Estados Unidos y la manipulación de las iglesias pentecostales.

Es una respuesta simple que da tranquilidad. Se asume que las mayorías se encuentran enajenadas por el tipo de mensajes que consumen por el celular, sin reparar en que es el mismo medio por el que los activistas se informan, interactúan y tratan de convencer a otras personas.

Para Estados Unidos es prioritario que gane Jair Bolsonaro. Los importantes yacimientos de hidrocarburos –en especial los del presal–, los abundantes minerales y tierras raras, la biodiversidad, el agua y las tierras fértiles son el botín que quiere. Necesita también controlar el rol geopolítico que tiene Brasil en América Latina y minar las alianzas que sostiene con China y otros países. Pero el resultado de las elecciones no es tan distante de las encuestas previas, casi todas ellas declararon a Lula ganador, pero por un margen tan minúsculo que entra en los rangos de error de las mismas. Incluso Trump evitó posicionarse a favor de Bolsonaro en los últimos días porque podría ser contraproducente.

Sin duda el peso de las iglesias pentecostales en Brasil es muy fuerte. Todos los partidos buscan hacer alianzas con sus dirigentes (incluido el Partido de los Trabajadores de Lula). Hay un conjunto de corrientes dominantes dentro del neopentecostalismo que favorece a la ultraderecha y cerró filas con Bolsonaro. Pero las relaciones entre religión y política son más complejas. Durante la dictadura en Brasil de los años 60 a 80, casi 90 por ciento de la población era católica. La Teología de la Liberación fue tan sólo una expresión minoritaria, comprometida, radical y con arraigo en los territorios, que remaba a contracorriente del poder instituido. Casi un siglo antes, fue en el noreste de Brasil donde emergieron las insurrecciones populares con objetivos emancipatorios más potentes y alimentados por ideas mesiánicas.

Un elemento relevante por el que Bolsonaro Jr atrajo votantes es que logró apropiarse de la inconformidad social. Se presentó un disidente, crítico de las estructuras jurídicas y de los políticos tradicionales. Las fuertes acusaciones por corrupción en su contra quedaron en segundo plano. Para muchos votantes pudo más el votar en contra del poder instituido. Promete cosas peligrosas y absurdas, pero también habla de cuestiones que preocupan a la gente.

El abstencionismo fue muy grande. 

No votaron 33 millones de brasileños. 

Empero: ¿hasta qué punto las grandes mayorías creen que a través de las elecciones se puede cambiar la sociedad? 

¿La gente participa en las elecciones creyendo que en ellas se juega su vida? 

¿Qué tan grave puede ser para una persona votar por un candidato de ultraderecha si está acostumbrada a que todos los productos que consume en el supermercado tienen sellos que le avisan que son malos para su salud? 

Lula es el mayor líder popular de Brasil por más de 40 años. Pero su partido se encuentra fragmentado. Carece de vida y fuerza orgánica. Fuera de Lula no tiene personajes que logren conectarse con las masas. Los partidos de derecha y ultraderecha se quedaron con la mayoría del Congreso Nacional y del Senado.

Por su parte, el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) demostró una fuerza electoral propia. Logró la relección de varios gobernadores del noreste que asumieron sus demandas. Ocho militantes suyos fueron electos como congresistas. Desde las elecciones pasadas, el MST compite en comicios a través del registro del PT. Sus campañas, sin embargo, ponen en el centro sus propias demandas y sus símbolos. Sus militantes hacen un trabajo de base intenso y permanente.

El noreste pobre votó por Lula, mientras el sur rico por Bolsonaro. La lucha de clases existe. Sus formas de expresión ocurren de múltiples y complejas formas. Los resultados de las elecciones demuestran que para hacer que los pobres, dominados y explotados opten por un candidato que les favorezca en sus necesidades, hacen falta algo más que campañas electorales y políticas sociales como las que Lula construyó en sus mandatos previos.

Lula tiene posibilidades de vencer en la segunda vuelta y llegar a su cuarto gobierno. Tendrá que llegar a acuerdos con sectores de la burguesía que se le oponen. De triunfar, será el mandato más alineado a la derecha que haya tenido. No será su voluntad, es el estado de las fuerzas. A pesar de ello, su triunfo será esperanzador.

*Filósofo, coordinador de las Obras escogidas de Fernando Martínez HerediaEl resultado de las elecciones en Brasil sorprendieron a la mayoría de las personas que se autodefinen de izquierda. ¿Cómo es posible que el hijo del ex presidente Jair Bolsonaro, hoy preso por intentar un golpe de Estado contra Lula, haya ganado? La respuesta inmediata desde ese sector fue: por la guerra cognitiva, la injerencia de Estados Unidos y la manipulación de las iglesias pentecostales.

Es una respuesta simple que da tranquilidad. Se asume que las mayorías se encuentran enajenadas por el tipo de mensajes que consumen por el celular, sin reparar en que es el mismo medio por el que los activistas se informan, interactúan y tratan de convencer a otras personas.

Para Estados Unidos es prioritario que gane Jair Bolsonaro. Los importantes yacimientos de hidrocarburos –en especial los del presal–, los abundantes minerales y tierras raras, la biodiversidad, el agua y las tierras fértiles son el botín que quiere. Necesita también controlar el rol geopolítico que tiene Brasil en América Latina y minar las alianzas que sostiene con China y otros países. Pero el resultado de las elecciones no es tan distante de las encuestas previas, casi todas ellas declararon a Lula ganador, pero por un margen tan minúsculo que entra en los rangos de error de las mismas. Incluso Trump evitó posicionarse a favor de Bolsonaro en los últimos días porque podría ser contraproducente.

Sin duda el peso de las iglesias pentecostales en Brasil es muy fuerte. Todos los partidos buscan hacer alianzas con sus dirigentes (incluido el Partido de los Trabajadores de Lula). Hay un conjunto de corrientes dominantes dentro del neopentecostalismo que favorece a la ultraderecha y cerró filas con Bolsonaro. Pero las relaciones entre religión y política son más complejas. Durante la dictadura en Brasil de los años 60 a 80, casi 90 por ciento de la población era católica. La Teología de la Liberación fue tan sólo una expresión minoritaria, comprometida, radical y con arraigo en los territorios, que remaba a contracorriente del poder instituido. Casi un siglo antes, fue en el noreste de Brasil donde emergieron las insurrecciones populares con objetivos emancipatorios más potentes y alimentados por ideas mesiánicas.

Un elemento relevante por el que Bolsonaro Jr atrajo votantes es que logró apropiarse de la inconformidad social. Se presentó un disidente, crítico de las estructuras jurídicas y de los políticos tradicionales. Las fuertes acusaciones por corrupción en su contra quedaron en segundo plano. Para muchos votantes pudo más el votar en contra del poder instituido. Promete cosas peligrosas y absurdas, pero también habla de cuestiones que preocupan a la gente.

El abstencionismo fue muy grande. 

No votaron 33 millones de brasileños. 

Empero: ¿hasta qué punto las grandes mayorías creen que a través de las elecciones se puede cambiar la sociedad? 

¿La gente participa en las elecciones creyendo que en ellas se juega su vida? 

¿Qué tan grave puede ser para una persona votar por un candidato de ultraderecha si está acostumbrada a que todos los productos que consume en el supermercado tienen sellos que le avisan que son malos para su salud? 

Lula es el mayor líder popular de Brasil por más de 40 años. Pero su partido se encuentra fragmentado. Carece de vida y fuerza orgánica. Fuera de Lula no tiene personajes que logren conectarse con las masas. Los partidos de derecha y ultraderecha se quedaron con la mayoría del Congreso Nacional y del Senado.

Por su parte, el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) demostró una fuerza electoral propia. Logró la relección de varios gobernadores del noreste que asumieron sus demandas. Ocho militantes suyos fueron electos como congresistas. Desde las elecciones pasadas, el MST compite en comicios a través del registro del PT. Sus campañas, sin embargo, ponen en el centro sus propias demandas y sus símbolos. Sus militantes hacen un trabajo de base intenso y permanente.

El noreste pobre votó por Lula, mientras el sur rico por Bolsonaro. La lucha de clases existe. Sus formas de expresión ocurren de múltiples y complejas formas. Los resultados de las elecciones demuestran que para hacer que los pobres, dominados y explotados opten por un candidato que les favorezca en sus necesidades, hacen falta algo más que campañas electorales y políticas sociales como las que Lula construyó en sus mandatos previos.

Lula tiene posibilidades de vencer en la segunda vuelta y llegar a su cuarto gobierno. Tendrá que llegar a acuerdos con sectores de la burguesía que se le oponen. De triunfar, será el mandato más alineado a la derecha que haya tenido. No será su voluntad, es el estado de las fuerzas. A pesar de ello, su triunfo será esperanzador.

*Filósofo, coordinador de las Obras escogidas de Fernando Martínez Herediav

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