Argentina. Soliloquio del loco

Por Rafael Bielsa.

El 30 de septiembre de 2026, el presidente argentino habló por videoconferencia desde París ante el 62º Coloquio de IDEA. Sostuvo que, si el electorado no lo reelige y opta por “el camino de la decadencia, que es el mismo de los últimos 100 años”, el país “pagará las consecuencias”. La fórmula es políticamente amenazadora y lo más opaco es la continuidad histórica que maquilla.

La historia argentina dice otra cosa: desde la década de 1930 se alternaron gobiernos de orientaciones distintas, a veces por votos y otras por botas: el radicalismo; el conservadurismo de la Década Infame, basado en el fraude electoral y la defensa del orden oligárquico; los nacionalismos militares (la dictadura con el terrorismo de Estado); el desarrollismo; el peronismo clásico, nacional-popular y de tercera posición; el menemismo de privatizaciones y convertibilidad; la salida de emergencia de ese esquema; el kirchnerismo, peronismo con énfasis en derechos sociales y redistribución; el gradualismo de centroderecha, con compulsión al endeudamiento; el intento del tercer kirchnerismo, sofocado por la pandemia, y el liberalismo libertario de ajuste fiscal, desregulación y estrujamiento del Estado. Reducir ese siglo a un solo “camino de la decadencia” produce una explicación clara, persuasiva y errónea: sin un camino único, no hay una única alternativa. Si falta un diagnóstico que distinga causas, políticas y resultados, la advertencia sobre las consecuencias queda sin referente concreto.

En semejante revuelto Gramajo, “Occidente” no es un mapa: es una posición ideológica y el marco de la fijación cultural del presidente, con más de fijación que de cultura. En Davos 2024 lo declaró en peligro, porque quienes debían defender sus valores estaban cooptados por una visión que, según dijo, conduce al socialismo y a la pobreza. En 2025 pidió reconstruir “nuestra catedral histórica” y sostuvo que, sin extirpar el wokismo, la civilización occidental y hasta la especie humana misma no volverían a la senda del progreso. Ese año propuso, en términos afines, hacer de Occidente algo grande nuevamente; en 2026 afirmó que América sería el faro que lo reencendiera. Cerró con “Que Dios bendiga a Occidente”. Con la originalidad de la tortuga Manuelita, que a veces iba caminando y otras veces a pie, plagia al peronismo (la “Marcha”) y a Irving Berlin (“Dios bendiga a América”).

El nombre que usa arrastra otra historia. Desde 1945, y sobre todo en la Guerra Fría, “Occidente” o “mundo libre” fue el bloque opuesto al soviético, asociado a la democracia liberal, el mercado y la alianza atlántica. Decir “Occidente” era decir democracias occidentales. Casi. El bloque también cobijó dictaduras alineadas, sin que se le cayera una pestaña. Milei hereda la palabra y le saca esa pintura. En su versión, el núcleo es la filosofía griega, el derecho romano, los valores judeocristianos y el capitalismo de libre empresa. La democracia queda subordinada, si es que queda.

La biblioteca que cita empuja más lejos y no en una sola dirección. Ludwig von Mises defendió la democracia como método de cambio pacífico y rechazó la omnipotencia de la mayoría. Hans-Hermann Hoppe, en Democracia: el Dios que fracasó (2001), sostiene que una monarquía limitada es menos incompatible con la libertad que la democracia. Jesús Huerta de Soto parte de la teoría de la elección pública y concluye que ni siquiera el Estado mínimo se sostiene. Los tres son occidentales y referencias mayores del presidente argentino. A Huerta de Soto lo condecoró con la Orden de Mayo. De von Mises dijo que era el economista más importante de la historia, junto con Murray Rothbard. Milei gobierna una democracia mientras reverencia a quien la declara incompatible con la libertad y a quien quiere abolir el monopolio de la coacción. Ninguno de ellos gobernó en su vida.

La popularidad de ciertos reflujos momentáneos es tan grande que la oposición debe fundarse con especial solidez. No se trata de temor a la estrategia libertaria de impedir, degradar, envilecer y enturbiar el debate público, sino de evitar asumir un rol caprichosamente adversarial. No resulta envidiable formar parte del elenco de quienes, al desmayarse, no vuelven en sí, sino que vuelven en no.

La actual “política de la indignación” es popular porque aprovecha el maridaje entre polarización y algoritmos, convirtiéndose en el estilo político más eficiente y rentable del ecosistema digital.

Así, las inmundicias bajan desde las cascadas del presidente. Para muestra, algunos botones: los “periodistas […] se la pasan mintiendo. Son basuras repugnantes» (X de Javier Milei, 17/09/2026) o “Este posteo no le gustará […] a toda la basura zurdo-pobre local […]» (X, 05/10/2026). Y desde el bien fajado grupo de botones anarcocapitalistas, que proclama que Milei no tendría la necesidad de insultar si todos actuaran como él quiere. Les faltó agregar: “algo habrán hecho”.

Los algoritmos de captación de atención (engagement) la han potenciado: el contenido que mejor funciona es el que provoca emociones intensas —ira, asco moral y hostilidad—. El lenguaje moral-emocional —“vergüenza”, “ataque”, “corrupto”, “asco”— aumenta la probabilidad de que un contenido se comparta. Esto ayuda a explicar tanto la popularidad de la guarangada como el hecho de que quienes más la practican se presenten como autoridades en materia moral o como protagonistas de su propio relato.

Los algoritmos premian y distribuyen el material cargado emocionalmente; ello profundiza la polarización y genera un ciclo autosustentable. Ante el sesgo de confirmación y las cámaras de eco, los argumentos razonados parecen exabruptos. La indignación deja de ser un episodio y se convierte en el estado normal del debate público, en el pulso de las cosas.

Vivimos en un mundo de bipolaridad tecnológica y militar, multipolaridad económica y diplomática, y creciente ingobernabilidad en materia de seguridad. La única simplicidad que vale algo —dijo el juez Oliver Wendell Holmes Jr.— es la que se alcanza del otro lado de lo complejo, “no la que nunca lo ha vislumbrado”. Las razones de la decadencia argentina no han sido las mismas a lo largo de los últimos cien años, aunque por momentos parezca que sí. En cada encrucijada funesta de nuestra historia, los responsables culparon a otros, mintieron y dañaron; hay que decirlo. Es necesario no rendirse, aunque hoy parezca el soliloquio del loco.

Fuente: Pàgina 12/Resumen Latinoamericano

Deja una respuesta