Testimonio de un ciudadano de un país ex socialista

Por: Marcelo Colussi

Me llamo V. Tengo 63 años, soy casado, ahora viudo, tengo tres hijos y viví hasta
los 25 años en un país socialista de Europa del Este, que no viene a cuento
mencionar ahora. Escribo en mi idioma natal, que es donde mejor me puedo
expresar, pese a hablar varias lenguas (inglés, ruso, francés y español, más
algunos rudimentos de griego clásico y latín). Todo esto se lo debo a mi muy
pulida educación que recibí, siempre en el sistema público de mi patria natal.

Pasé mi infancia y adolescencia en un país socialista, y también los primeros años
de mi vida adulta. Luego, por largas décadas, viví en países capitalistas. Estuve
en cierto tiempo en Europa Occidental, y luego en la meca del capitalismo:
Estados Unidos de América. Dado mi paso por todas estas realidades, considero
estar en condiciones de poder sacar conclusiones. Además, mi formación como
ingeniero, rematada con dos maestrías, y por tanto mi paso por la instancia
universitaria, me ha dotado de instrumentos analíticos que me permiten tener
criterios sólidos para ver una sociedad. Es por ello que hoy me permito hablar y
hacer estas consideraciones.
Espero que lo mío no se tome solo como meras opiniones, puntos de vista hechos
desde apreciaciones viscerales, sino como una lectura sopesada del mundo, de
cómo vamos y de los problemas con que nos encontramos como humanidad.
Ahora me doy cuenta que lo único que me sirve para hacer esas observaciones es
mi formación en el pensamiento crítico que nos dio el marxismo, estudiado en mis
años juveniles. Les aseguro, por otro lado, que aunque no era un ferviente
defensor del mismo, lo estudié bien a fondo. En realidad, nos lo hacían estudiar
con método, con rigor, cosa que ahora agradezco.
Tengo que reconocerlo: cuando leíamos sobre materialismo histórico y
materialismo dialéctico en mi formación política, me aburría. Yo nunca fui
especialmente afecto a temas sociales. En mi país, de hecho, no había pobres,
por eso el tema de la explotación no sentía que fuera algo mío. No se puede decir
que yo fuera pobre, ni mi familia. No, sin dudas que no. Nunca me faltó nada de lo
esencial. Pero sí, al compararnos con sociedades capitalistas, se veía una
opulencia, un acceso al consumo que, entre nosotros, no era común. Pero insisto:

no me tocaban, no me sensibilizaban estos temas de la pobreza. En los países
socialistas de aquella época podía haber algunas carencias, pero nunca pobreza.
Esa preocupación por los temas sociales, por las diferencias entre ricos y pobres,
empezó a hacérseme evidente años después, ya pasados los 30, viviendo en
países de libre mercado. Ahí, seguramente porque ya tenía familia -fueron
viniendo los hijos- se me empezó a hacer evidente la diferencia básica entre un
sistema y otro.
En principio, cuando salí de mi patria nativa, recuerdo que me sentía muy feliz,
dado que en ese entonces se me abría todo un mundo de consumo que, hasta
ese momento, me era desconocido. O, en todo caso, lo conocíamos solo a través
de las críticas que nos llegaban de nuestras autoridades, siempre con un tono
moralizante, hasta casi autoritario diría. El consumismo era un enemigo para la
lógica en que fui criado. Se entronizaba la austeridad. Y también se ensalzaba la
solidaridad, cosa que parecía rarísima en el sistema capitalista. Allí cada quien
debe ver por sí mismo, sin importarle en absoluto el vecino. “¡Hágase rico, sea
usted un triunfador, olvídese de los demás!”, pareciera ser la consigna en la que
todo el mundo cree. Eso es lo que se fomenta, lo único que se fomenta. ¿Esa es
su religión, se podría decir?
De todos modos, aunque en aquellos tiempos vivíamos un poco desconectados, la
información siempre llega por algún medio: transmisiones de radio o televisión de
otros países que se podían captar, algún viajero que trae información, extranjeros
de paso en el país provenientes de algún sitio capitalista que cuentan historias….
Lo cierto es que, de una u otra forma, siempre había una idea, quizá deformada,
de lo que sucedía en lo que llamábamos Occidente. Y la idea que nos llegaba era
que ahí había de todo, sobraba la riqueza, era el reino absoluto de la libertad,
nadie te controlaba nada, el que quería “triunfar” económicamente podía hacerlo.
Era todo, según se nos quería hacer creer, una cuestión de actitud, de forma de
encarar la vida. Quien quería hacer dinero, solo tenía que proponérselo, y
trabajando duro, lo lograba.
¡Cuánta estupidez! Aunque peor aún: no es estupidez precisamente; es una muy
bien estudiada estrategia ideológica, una perniciosa propaganda con la que nos
bombardeaban, un arma política, en definitiva. Es cierto que en nuestros países,
detrás de la “cortina de hierro”, como muy maliciosamente se les decía, no existía
esa sobreabundancia de productos. Había -y esto es importantísimo dejarlo muy
claro- todo lo necesario para vivir bien, con dignidad. A nadie le faltaba comida, ni
vivienda, ni ropa. Todo el mundo tenía un puesto de trabajo y desde ya estaban
asegurados servicios indispensables como salud, educación, energía eléctrica,
agua potable, calefacción, transporte público. Todo eso era de excelente calidad, y
gratuito. Nadie tenía que preocuparse para ver si llegaba a fin de mes con su
salario. Nadie estaba endeudado con tarjetas de crédito ni con banco alguno.
Por supuesto que la vida no era un paraíso. No hay paraísos, en ninguna parte del
mundo. No hay, ni puede haberlo. La vida de los seres humanos, no importa

donde se viva, siempre presenta problemas, conflictos, choques, desajustes. En
cierto sentido, digamos que sobran los problemas, grandes o pequeños. Y ahí
vamos solucionándolos, resolviéndolos como mejor se puede. La idea de un
paraíso bucólico, casi celestial, absolutamente falto de desavenencias es un
imposible. Pero la vida tampoco puede ser un suplicio. En mi país, como en todos
los de lo que se llamaba Europa del Este, había problemas. ¿Acaso en alguno no
los hay? Es cierto que había cierto, o marcado, autoritarismo, cierto dogmatismo.
No se promovía la discusión crítica. Había, debe reconocérselo, una rigidez en las
ideas. No puedo decir que hubiera un catecismo religioso; no, no de ese modo.
Había, es cierto, una enseñanza, una transmisión ideológica fuerte, profunda. Pero
eso mismo pasaba del otro lado: aunque a la población no la hacen estudiar en
manuales, el credo capitalista se difunde de otro modo, con sutileza, haciendo
incluso que parezca bonito, agradable. Esa estupidización, lo reconozco, me llegó.
Y me estupidizó.
Que tras esa “cortina de hierro” había adoctrinamiento, es cierto; pero es una
absoluta falacia, una mentira muy mal intencionada que se vivía bajo regímenes
despóticos, que quien no comulgaba con el partido era un enemigo político y se lo
separaba, se lo excluía de la vida. Había, a no dudarlo, una necesidad de
fomentar un pensamiento distinto al de Occidente, y eso se podía lograr solamente
a través de una presión continua en lo ideológico. ¿No es eso, acaso, lo que
hacen los medios propagandísticos del capitalismo? No lo pensamos, pero
¿cuántas veces por día nos llega, por ejemplo, la publicidad de la Coca-Cola? ¿No
es eso también una forma -alegre si se quiere- de adoctrinamiento?
Es muy fácil decir que allí había “lavado de cerebro”, adoctrinamiento continuo y
se imponían las ideas con violencia, con un trépano, mientras en las potencias
capitalistas de Occidente se daba la más completa libertad. Eso no es así, para
nada. Como dijo alguien socarronamente: la única libertad que hay en Estados
Unidos es una estatua, de origen francés, por cierto, que se levanta en el puerto
de Nueva York. De ahí, solo la ilusión de la libertad. El que no consume a lo loco y
no repite esos sacrosantos valores, es un hippie, o un comunista. O también se le
puede decir terrorista, o desadaptado. Allí la gente está más adoctrinada,
manejada, manipulada y conducida que en ningún otro lugar, aunque no sea
consciente de ello.
Habiendo conocido ambas experiencias puedo decir, sin el más mínimo temor a
equivocarme, que en los países capitalistas el manejo, la manipulación ideológica
es similar, o incluso más profunda que en el “reino del mal”, como nos llamaban,
esos lugares oscuros, tristes, apagados, según la prensa occidental. Sucede, sin
embargo, que esa tremenda manipulación está hecha con más sutileza, y existe
desde hace siglos, por lo que sus valores son los normalizados. Nadie se detiene
a discutirlos. Allí no se debe cambiar la forma de pensar porque desde hace
muchísimos años la cultura capitalista -el consumismo desenfrenado, por ejemplo-
está instalada. Sin embargo, el reforzamiento constante de esa forma de pensar
es total, alevoso. Esa ideología del consumo, de la felicidad garantizada con la
adquisición de bienes materiales, esa cultura de la despreocupación por el otro y

el centrarse en uno mismo, con un individualismo atroz que permite ver solo la
punta de su propia nariz sin considerar que junto a mí hay un mundo de gente,
probablemente con problemas y necesidades, todo eso ya está metido en las
cabezas de la gente. Por eso pasa por tan natural, tan normal. Como, por ejemplo,
el racismo, esa loca idea de superioridad que anida en todas las sociedades
opulentas del Norte. ¿Sabían, por ejemplo, que durante la pandemia de Covid-19,
un país ultra capitalista como Canadá acumuló seis veces más de vacunas
necesarias para su población, mientras que en el Sur famélico y olvidado, en
muchos países solo se recibió una dosis, en tanto que Cuba, pese al bloqueo que
sufre, solidariamente entregó miles de vacunas de fabricación propia, muy
eficientes por cierto, a precios bajos o como donación?
Los españoles, por ejemplo, que hoy constituyen uno de los países capitalistas
más pobres de Europa, miembro de los llamados PIGS, cerdos (véase qué
asquerosidad racista y supremacista la de los anglosajones), sigue sintiéndose
dueña honorífica de Latinoamérica, donde fue a llevar “progreso”. ¡Qué dislate
tremendo! Pues bien: así se sigue pensando en el Norte del mundo. ¿Civilizados?
¡Por favor!
En los países socialistas, por el contrario, el proyecto era construir una nueva
manera de relacionarnos, de concebir las cosas y concebir al otro, de hacer
sociedad, de establecer algo más popular, comunitario. Vez pasada leí por ahí
declaraciones de la que fuera Primera Ministra del Reino Unido, la inglesa
Margaret Thatcher, y me parecieron espantosas. Decía que no hay sociedad, que
solo existen hombres y mujeres independientes, que se relacionan para buscar
cada quien su mejor pasar. ¡Lo sentí terrible! Una invocación al individualismo más
feroz. En otros términos: para lograr algo solo vale el esfuerzo personal, y si para
ello hay que pisarle la cabeza al otro, pues hagámoslo.
Ya que mencioné a este país, vale hacer una consideración sobre esa tan
cacareada democracia de la que allí se habla. En realidad, eso es un disparate,
una imbecilidad total. Esa democracia es solo ir a votar cada cierto tiempo, y nada
más. La población solo elige al administrador de turno; las decisiones importantes
se toman de espaldas al público, la toma un pequeño puñado de ultra ricos que
deciden todo. ¿Quién decide las guerras, o el precio del petróleo? ¿Quién decide
qué país puede tener armas nucleares y quién no? La gente con su voto, seguro
que no. Y algo tragicómico: ¿de qué democracia puede hablar un país como
Inglaterra, siendo una monarquía hereditaria, con una casa real parásita que vive
con lujos increíbles, sufragados por sus súbditos? Y además de eso, con
ultrajantes colonias en todos los continentes. ¡Qué espanto!
Después de vivir varios años en algunos de estos países que llamamos
“prósperos”, veo la mentira en juego. Hay unas pocas naciones realmente
prósperas, mientras la inmensa mayoría de países del mundo, también
capitalistas, vive en la mayor pobreza. En las que se llaman potencias, o también
metrópolis, hay abundancia, sin dudas. Aunque nunca hay que olvidar que a partir
del saqueo de otros. ¿Sabían que en Francia, por ejemplo, buena parte de la

electricidad que se consume, como un 70%, proviene de centrales nucleares que
funcionan con uranio, que saca de Nigeria a precio de regalo, mientras que en el
país africano solo el 15% de su población dispone de energía eléctrica.? Pero
también en ese llamado Primer Mundo se dan innumerables problemas: hay
pobres, siempre recluidos en barriadas marginalizadas, hay mucho consumo de
drogas, habitantes del Tercer Mundo trabajando como irregulares haciendo los
peores trabajos, siempre mal pagados y despreciados por el repugnante racismo.
Y lo peor: hay un monstruoso bombardeo de publicidad, muy bien hecha, que lleva
a que la gente solo piense en consumir, midiendo su éxito por la cantidad de
bienes materiales que tiene. No debemos olvidar nunca que para que en algunos
países, unos pocos, la gente sufra de obesidad, en muchísimos otros, la gente
pasa hambre. Esa es la desigual balanza del mundo tal como está ahora. ¿Será
ese el pregonado triunfo del capitalismo?
Luego de haber conocido ambos sistemas, me doy cuenta que el capitalismo tiene
infinitos más problemas e injusticias que el socialismo. Tengo que reconocerlo:
hipnotizado por los cantos de sirena del consumismo, por las luminarias y oropeles
que nos cautivaron durante un tiempo, salí huyendo de mi país de origen. No me
siento un desertor porque, en realidad, no lo soy; pero sí alguien que quedó
embelesado por un espejismo. Ese espejismo se mantiene a base de explotación,
de la sangre de muchos habitantes del Sur, de un supremacismo aberrante.
Estuve solo ocasionalmente en países capitalistas pobres, como turista. De esa
forma, no se conoce mucho. Pero sí lo suficiente para ver que allí las cosas son
muchísimo peor que en los llamados desarrollados. Me dejaron impresionado esas
interminables barriadas pobres, con casitas precarias, sin servicios mínimos, con
población harapienta, niños descalzos pidiendo en los semáforos, basura por
todos lados, y también policías y soldados custodiando. Sinceramente: me
espantó. En países socialistas jamás se vio una cosa así.
El socialismo que yo conocí tenía problemas, no se puede negar. Pero
definitivamente: muchísimos menos que la porquería de países capitalistas ricos
donde viví por años, hasta que me fui dando cuenta que eso de la democracia, la
libertad, los derechos humanos y la prosperidad, son solo palabras para la
publicidad.

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