En este mundo ya marcado por crisis interconectadas –climática, pandémica, geopolítica— no asistimos a un ajuste de la arquitectura internacional pos-Guerra Fría, sino a su desmontaje acelerado. El regreso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos no es un mero acontecimiento electoral: es la materialización de un proyecto político que exalta como una virtud la ruptura con el multilateralismo. Pero este fenómeno no surge en el vacío: está amplificado y, y en cierta medida, normalizado, por un discurso mediático que, al adoptar eufemismos y marcos explicativos parciales acaba por justificar acciones imperialistas con nuevos rótulos.
La razón principal de mi felicidad reside en dos factores: amistades conquistadas a lo largo de la vida y el sentido que le imprimo a mi existencia. Las amistades me despiertan amor y me hacen sentir amado. Es un privilegio saber que puedo tocar a la puerta de amigos y amigas a las tres de la madrugada en ciudades de Brasil y del extranjero, sin aviso previo, con la certeza de ser bien recibido.
No participo en apuestas y conozco bien los bastidores de la Iglesia Católica. Este es el sexto cónclave que sigo. Casi nunca se confirman las predicciones predominantes. Excepto en la elección de Benedicto XVI en 2005, porque el cardenal Ratzinger era el teólogo preferido de Juan Pablo II y desempeñaba importantes responsabilidades en el Vaticano. Bergoglio, el cardenal de Buenos Aires, fue el segundo más votado en 2005, me dijo confidencialmente un cardenal. Aunque su elección al papado tras la renuncia de Benedicto XVI haya sorprendido al mundo, el colegio cardenalicio la preveía.
La América Latina experimentó profundas transformaciones en las dos últimas décadas del siglo XX. Uno de los fenómenos más notables fue el significativo crecimiento de las Iglesias evangélicas, especialmente las de orientación pentecostal y neopentecostal. Aunque diversos factores internos –crisis sociales, vaciamiento de la Iglesia Católica y la búsqueda de experiencias religiosas más personales— contribuyeron con ese proceso, también tuvo influencias externas, políticas y estratégicas que desempeñaron un papel crucial.
No me refiero aquí al célebre filme (1991) dirigido por Jonathan Demme y protagonizado por Jodie Foster y Anthony Hopkins. Me refiero a todos los que, dotados de conciencia crítica, no sabemos cómo actuar ante el vertiginoso ascenso de la política de derecha, el agravamiento de la destrucción ambiental (incendios en todo Brasil y desertificación en la Amazonia y el Cerrado), el genocidio del pueblo palestino por el gobierno de Israel, la connivencia de políticos electos por los votos de la izquierda con las fullerías de la derecha.
En esta fecha de recordación de Fidel tendría muchas cosas que contar de la amistad que nos unió durante 46 años (1980-2016).
Tuve el privilegio de visitarlo en su casa por última vez el 13 de agosto de 2016, cuando cumplió 90. Aparte de la familia había allí solo dos personas: Homero Acosta, diputado cubano, y yo.
Soy blanco, pero tengo ADN negro e indígena. Y tengo dudas de si mi inveterado optimismo, reforzado por el factor de resurrección de mi fe –de que la vida prevalecerá sobre la muerte- resistirá a los indicios de barbarie que identifico en la actual coyuntura mundial.
Pocos ignoran mi solidaridad con la Revolución cubana. Durante 40 años he visitado con frecuencia la isla por compromisos de trabajo e invitaciones a eventos. Durante un largo período, medié en la reanudación del diálogo entre los obispos católicos y el gobierno cubano, como se describe en mis libros ‘Fidel y la religión’ (Fontanar/Companhia das Letras) y ‘Paraíso perdido – Viajes al mundo socialista’ (Rocco).
-¿Qué reflexiones abre para usted este mundo en pandemia?
-Creo que la pandemia es una venganza de la naturaleza, que resulta de años de dominación y devastación por parte del ser humano. Absolutamente todo lo que venimos haciendo en los últimos 200 años, la búsqueda de ganancias y la explotación máxima de los recursos de la naturaleza sin ningún cuidado de preservación ambiental, resulta en un descontrol de la cadena de la naturaleza, que está completamente desarticulada por la intervención humana. Muchos hablan de “antropoceno”, es decir, la era de la intervención total del ser humano en la naturaleza; pero yo prefiero llamar a esta situación “capitaloceno”. Es decir, la hegemonía total del capital, de la búsqueda de lucro, de ganancia; todo esto que provoca un desequilibrio total del ambiente natural.
Escritor brasileño y fraile dominico, conocido internacionalmente como teólogo de la liberación, Frei Betto es autor de 60 libros de diversos géneros literarios –novela, ensayo, policíaco, memorias, textos infantiles y juveniles y de tema religioso. En dos ocasiones, 1985 y 2005, mereció el premio Jabuti, el reconocimiento literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores.
En A nova aliança (La nueva alianza, Brasilia, UNB, 1997), Illya Prigogine e Isabelle Stengers plantean que la ciencia, y la física en particular, han desencantado el mundo. El Universo mítico, otrora blanco de la contemplación, se ha convertido en un objeto que es posible conocer. Lo que antes resplandecía a nuestros ojos, ahora es desmenuzado por nuestra razón y nuestras manos (y nuestros pies, al posarlos sobre la luna).
Hemos comido la manzana del Paraíso. Nos hemos apoderado del árbol del conocimiento y, libres de las amarras divinas, hemos violado el Jardín del Edén. Ahora suponemos que sabemos lo que es el bien y el mal, y no es raro que confundamos el uno con el otro. El pecado original no fue comer el fruto prohibido. Prohibido fue querer poseer el árbol y juzgarse dueño de sus frutos. El pecado original consistió en apropiarse de lo que era común. Apropiarse de la libertad e ignorar a los demás.
No obstante, ese desencanto no privó al mundo de su aura divina. Las religiones y los mitos crecen en todo el mundo. Se afirman como fuerzas políticas. Quieren volver a unir lo que la ciencia desunió. Y muchas veces extrapolan sus esferas y niegan avances de la ciencia, como hacen la moda creacionista en los Estados Unidos y la tesis, rotundamente errónea, de que la Tierra es plana, también en boga en Brasil. Aquí, la homofobia se transparenta en la censura a la diversidad de géneros sexuales, mientras que concepciones esdrújulas rigen nuestra política exterior.
El mundo solo puede ser reencantado por la mirada mítica, pero sin menospreciar la ciencia. El análisis frío de la ciencia puede develarlo, jamás explicarlo. Sabemos que el cerebro humano pesa 1,5 kg y posee 86 mil millones de neuronas, cada una de las cuales tiene 10 000 conexiones. Pero, ¿por qué surgen de esa masa encefálica sentimientos tan opuestos como la alegría y la rabia, y la percepción del yo? ¿Qué había antes de la explosión del Big Bang?
Nada más enfadoso que buscar respuestas para todos los misterios de la naturaleza. La ciencia enseña que no hay color fuera de nosotros. La deslumbrante policromía que vemos al contemplar el amanecer o la puesta del sol no es más que el efecto de la radiación electromagnética, cuyas combinaciones de longitudes de onda se transforman en colores en nuestras cabezas. Aun así, prefiero creer en la magia del arcoíris y quién sabe si me atreva a buscar el oro al final de él…
Las ciencias responden a los porqués. Las religiones, por su parte, no preguntan por qué en el día alternan la claridad y la oscuridad, sino cuál es la razón de que atravesemos ese breve período de tiempo que llamamos vida. El mito nada indaga, se limita a contemplar. Y, en la duda, él mismo encuentra la respuesta. El mito es autoexplicativo, extrapola la razón y confunde las verdades de fe. Por eso todo amor es mítico. Y nada reencanta más una vida o el mundo que el amor.
Puede ser que en el futuro los algoritmos hagan que las computadoras elijan alcaldes, gobernadores y presidentes con más eficiencia y corrupción cero. Pero, ¿podrán amar las computadoras? ¿Conversar durante el almuerzo? ¿Orar por la mañana?
No hay duda de que la respuesta es negativa. Pero, ¿por qué deben los humanos jactarse de su inteligencia si disponemos de tecnologías tan avanzadas y, sin embargo, para la mayoría de nosotros la vida es, aún hoy, sufrimiento, incertidumbre y angustia?