Cada vez es menos

Ilka Oliva-Corado

Las únicas veces que Caya de nía Chenta escuchó el sonido de los cascos de los caballos sobre los adoquines fueron las noches haciéndole compañía a la señora de la farmacia cuando sus hijos se iban de viaje a la capital, entonces pedía favor a nía Chenta para que se la prestara para que se quedara a dormir con ella mientras regresaban, así fue como Caya escuchó el sonido del agua potable recorriendo la tubería de pvc, en esa casa también vio por primera vez un inodoro, una pila y un refrigerador. Una plancha eléctrica, un televisor a control remoto y una secadora de pelo.

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En cualquier lugar del mundo

Ilka Oliva-Corado

La alarma del reloj despertador repica una y otra vez, Cheyo la voltea a ver de reojo, cansado, quiere seguir durmiendo, hace apenas tres horas llegó a su cuarto ha trabajado todo el día quiere dormir, sólo dormir, pero hace años que no duerme más de cuatro horas y no porque no quiera si no porque no puede, el ritmo de trabajo no se lo permite.

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La nostalgia de Hilarión

Ilka Oliva-Corado

Salió del segundo turno a las tres de la tarde, ha trabajado de 5 a 10 de la mañana en una mueblería cortando madera y de 11 de la mañana a las 3 de la tarde el segundo turno, limpiando oficinas.  En su camino para el tercer turno donde trabaja de ayudante de mesero en un restaurante libanés se detiene en un supermercado mexicano para enviar su remesa semanal a su familia en San Sebastián, Retalhuleu, Guatemala, es domingo en donde vive todos los días de la semana los trabaja por igual.  

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El camino de Victorina

Cuando acordó Victorina ya iba encaramada sobre un tubo de llanta cruzando las aguas del río Bravo. Los gritos de los otros migrantes la volvieron en sí. ¿Qué hora era? Tal vez la 1 o 2 de la madrugada, cómo saberlo si el cielo estaba emponchado, tal vez estaban redondeando las 3, la hora en que cantan los gallos en su natal Honduras. Ni el frío de la época ni el agua a punto de congelación le aturdieron tanto los sentidos como la conmoción de ver a tantas familias aterradas, sin saber nadar, intentando cruzar el río. Vio a muchas que llevaban como salvavidas bolsas plásticas infladas porque no alcanzaron tubo de llanta. Jamás había visto tantos niños en un río, ni siquiera en el río Choluteca que es inmenso.

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En madrugada de hielo negro

Sale del trabajo, son alrededor de las seis de la tarde, ese día limpió dos casas, la última le tomó más tiempo de lo que se hace con regularidad porque sus empleadores iraníes tuvieron celebración de navidad, una navidad atrasada que celebran el 7 de enero en el calendario Juliano, le ha explicado la dueña de la casa en innumerables ocasiones cuando a medio trapear se le ha aparece para contarle historias de su país y de sus antepasados. Tomasina siempre la deja hablar sin parar de trapear, apenas entiende inglés.

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Primero de enero, un día más

Ilka Oliva-Corado.

Compra la gallina a primera hora en la mañana, las verduras con las que acompañará el plato y las frutas para el ponche, Catalina quiere hacer tamales, pero es mucho trajín para ella sola y con lo cansada que sale del trabajo apenas tiene energía para la limpieza del apartamento en donde vive con sus dos hijos. Juan, de 12 y Guadalupe, de 5. Pero esta vez le toca llevar a lavar la ropa a la lavandería, en el edificio en donde viven no hay lavadoras, se atrasará en la preparación de la cena de fin de año.

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Nos burlamos de los empobrecidos desde nuestra comodidad

Ilka Oliva-Corado

Muchas veces en un acto de inconciencia total, creemos que, porque hemos tenido la maravillosa oportunidad de acceder a la lectura de libros, docenas a lo largo de nuestra vida, podemos burlarnos de quienes han sido empobrecidos al nivel de la miseria y cada vez que podemos les hacemos ver que jamás estarán a nuestro nivel intelectual y socioeconómico.

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Xiomara Castro, el renacer de Honduras

Mucho han dolido las humillaciones que sufren los migrantes centroamericanos indocumentados que tratan de atravesar México para llegar a Estados Unidos, buscando salvarse de la violencia institucional del narco-Estado: en el caso de Guatemala, El Salvador y Honduras. El famoso triángulo norte que tanto cargan para acá y para allá los políticos en el discurso de las empresas transnacionales que a cambio de una migaja que lanzan desde la mecedora donde se hamaquean; plácidos y jampones, se llevan las entrañas de la tierra que están secando, porque no es la suya, es la de los pueblos mancillados desde hace siglos.

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Odiar a Cuba nomás porque sí

A nosotros, la generación de la desmemoria, la manada pírrica de niños que crecieron en la post dictadura latinoamericana, no nos dejaron nada más que el bagazo. Nos quitaron los libros de texto, las clases de Formación Musical, las clases de arte, las de Educación Física, de romplón nos quitaron el patio de la escuela, nos dejaron sin escritorios, sin techos y finalmente sin escuelas; en estos países saqueados por turbas de hijos ingratos que se atrevieron a escupir las entrañas de donde salieron. Y un día nos dejaron sin casa.

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La llegada del alba

Los últimos tres años de la primaria, la hora del recreo me la pasé con orejas de burro, viendo hacia la pared en la dirección del colegio. Fue mi castigo en absolutamente todos los recreos, no hubo uno solo que pudiera disfrutar. Siempre deseé más, anhelé más a lo que mis circunstancias de vida me lo permitieron, siempre soñé con la libertad y la equidad desde muy corta edad. Entonces fui una niña tremenda que se salió de la norma, llena de energía, que se creía una cabrita más de la manada que pastoreaba, nunca llegó a rebaño. En los recreos pedía juego cuando los niños, mis compañeros de salón, se ponían a jugar fútbol, no me daban juego porque era niña, cosa que me enfurecía, entonces los retaba a las trompadas y siempre terminaba ganando.

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