Por Fernando Alexis Jiménez
Lo que muchos colombianos guardan en el baúl de los recuerdos, es la imagen de Juan Carlos Lecompte cuando se tatuó en un brazo la efigie de Ingrid Betancur. La amaba. Soñaba repetidamente con verla libre, tras el secuestro de seis años en manos de las FARC. Uno de los “males buscados”, como dicen los abuelos en Colombia. La segunda postal, color sepia, es la sucesión de plantones que protagonizaba con una fotografía de la política. Como buen publicista, Lecompte quería tocar las fibras más sensibles de la ciudadanía, en procura de su solidaridad.
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