La gran derrota de los estadounidenses.

Por Henry Pacheco: La máquina de guerra más sofisticada del planeta sucumbió a la determinación de guerrilleros en pantuflas.

Una instantánea del 30 de abril de 1975 –una procesión de figuras humanas subiendo por una escalera inestable hacia las puertas de un helicóptero– sella la caída de Saigón, la capital de Vietnam del Sur. Al año siguiente se produjo la unificación formal de Vietnam. Para los vietnamitas, este acontecimiento representó la culminación de una prolongada lucha por la liberación: del yugo colonial francés, del interludio ocupacional japonés y, finalmente, de la guerra imperialista estadounidense.

PARA ESTADOS UNIDOS, la pérdida adquirió los contornos de una paradoja histórica: una derrota infligida por un país y un pueblo cuya existencia misma escapó a la conciencia de la mayoría de los ciudadanos estadounidenses en los albores del conflicto. Sin embargo, esta guerra se convirtió en un catalizador de fermento social y cultural: los campus universitarios se convirtieron en el epicentro de un movimiento pacifista que germinó en una producción artística, desde baladas populares hasta narrativas cinematográficas, tejidas con sentimientos antimilitaristas que marcarían la imaginación y los valores políticos de generaciones enteras. En Estados Unidos, pero no sólo. La máquina de guerra más sofisticada del mundo se vio sucumbiendo a la determinación de guerrilleros en pantuflas guiados por una ideología marxista-leninista, pero sobre todo impulsados ​​por un deseo irreductible de autodeterminación nacional.

Sin embargo, el desembarco del 30 de abril de 1975 fue el resultado de una secuencia de acontecimientos cruciales. La derrota francesa en Dien Bien Phu en 1954 marcó el final de un conflicto colonial y sancionó la división de Vietnam a lo largo del paralelo 17.

El conflicto fue un catalizador de la agitación social y cultural: en los campus universitarios nació un movimiento pacifista que influyó en las narrativas musicales y cinematográficas durante generaciones.

En noviembre de 1963 se produjo una doble cesura: primero la deposición violenta de Diem, el líder de Saigón inicialmente apoyado y luego abandonado por los estadounidenses, y luego, el 22 de noviembre, el asesinato de Kennedy. Un presidente plagado de crecientes dudas sobre la intervención militar en Vietnam que él mismo defendía. La “Resolución Tonkin” de 1964, aprobada por el Congreso de Estados Unidos en respuesta a un supuesto (y aún envuelto en misterio) ataque naval, proporcionó la base legal para una escalada militar progresiva. La decisión estadounidense, tomada en julio de 1965 tras un complejo y controvertido proceso deliberativo, de desplegar 170.000 tropas en suelo vietnamita representaba un punto de no retorno.

LA GRAN OFENSIVA DEL TET en enero de 1968 fue un punto de inflexión: las fuerzas norvietnamitas y las guerrillas del Vietcong lanzaron una serie de ataques contra importantes ciudades del sur, revelando la falacia de las tranquilizadoras proyecciones de guerra de los líderes militares y políticos estadounidenses y señalando la imposibilidad de una victoria en un contexto de creciente disenso en la opinión pública estadounidense. El balance final de esa larga temporada de violencia enumera cifras de un registro brutal: al menos 58.000 soldados estadounidenses muertos (repatriado en bolsas negras), un número no especificado de aliados muertos en el conflicto, 270.000 vidas aniquiladas en las filas de Saigón, un millón de historias individuales devoradas por los frentes norvietnamitas y del Vietcong, y una multitud incalculable de vidas civiles truncadas en las atormentadas geografías de Vietnam, Laos y Camboya. Los acuerdos firmados en París en enero de 1973, negociados en una coreografía de retiradas progresivas, marcaron el fin de una ilusión estadounidense. La caída de Saigón en 1975 representó el acto final, un preludio de la unificación de un país cuya lucha, aunque múltiple en sus orígenes, encontró una personificación singular en la figura de Ho Chi Minh, cuya muerte en 1969 no disminuyó su significado simbólico. Fue él quien articuló las palabras de la independencia vietnamita en un discurso de 1945, injertando en la estructura de su declaración un eco distante, una cita estadounidense de 1776: «Todos los hombres son creados iguales«. Su biografía, marcada por la experiencia viva de la discriminación y la opresión bajo el manto colonial francés, forjó una visión política que percibía al imperialismo como un sistema de redes, una máquina global para extraer riqueza de las periferias para beneficio de los centros de poder occidentales. Su liderazgo en la tenaz oposición a los franceses y luego a los estadounidenses lo elevó a la categoría de emblema mundial de la resistencia anticolonial.

MÁS ALLÁ DEL INCUMPLIMIENTO estadounidense a la hora de descifrar las aspiraciones de liberación nacional encarnadas por Ho Chi Minh –un malentendido que involucró a figuras como Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt–, es notable cómo incluso una parte significativa de la izquierda europea, enredada en sus propias categorías ideológicas, fue incapaz o no quiso comprender y apoyar las demandas anticolonialistas y antiimperialistas que Ho Chi Minh representaba antes de la escalada del conflicto estadounidense.El secretario de Defensa, Robert S. McNamara, con la amarga claridad de quien ha mirado al abismo, advirtió sobre el imperativo de continuar analizando la «tragedia y las lecciones de Vietnam«. Cincuenta años después de aquel acontecimiento que tiene contornos de paradigma histórico, deberíamos interrogarnos sobre los errores de perspectiva que, con inquietante regularidad, vician la política exterior: la fragilidad de las certezas ideológicas frente a la fluidez de la realidad, la dificultad intrínseca para definir los esquivos contornos del adversario y para penetrar sus motivaciones ocultas. Además, el asunto vietnamita arroja luz sobre la red sutil y a menudo manipuladora que conecta las agendas de política exterior con la dinámica política interna, el papel cambiante y decisivo de la opinión pública, el peso de las instituciones parlamentarias, la influencia de las élites intelectuales y la prominencia silenciosa de los intereses económicos e industriales.