La implosión de lo público y lo privado en la era digital

Miguel Posani

La modernidad clásica edificó su orden social sobre la separación nítida entre el espacio público (el ágora política, lo visible y colectivo) y el espacio privado (el hogar, el refugio de la intimidad). Sin embargo, la revolución digital y la omnipresencia de las redes sociales han actuado como un disolvente de estas fronteras, generando una nueva topografía híbrida donde ambas esferas se imbrican y reconfiguran mutuamente. En este momento detente y piensa: ¿Qué es lo íntimo para ti? Entre todo lo que puede ser es ese lugar en donde eres lo más libre posible contrariamente a cuando están debajo del ojo social que sucede cuando estás en lo público.


Como señala Byung-Chul Han, la esencia de lo público clásico residía en el respeto, que etimológicamente significa «mantener la distancia». Esa distancia permitía “el decoro” y protegía la intimidad. La comunicación digital, por el contrario, destruye esa distancia mediante la inmediatez absoluta. Donde antes había un ciudadano que participaba en lo público preservando su interioridad, hoy emerge un individuo que se exhibe permanentemente. La intimidad deja de ser “intimidad”, un tesoro que proteger para convertirse en una mercancía que exponer.


Este mecanismo se ancla en un ansia inconsciente no sólo de exhibirse, si no de decir “estoy aquí, existo” y además necesidad de aprobación. Se ha dado una transferencia simbólica desde nuestra existencia hacia el objeto celular, él ahora nos valida y modula y nuestra vida es contenido mercadeable por las grandes prestadoras de servicio.
Esta mezcla no es accidental, sino el núcleo del modelo de negocio de las plataformas. Bajo el seductor discurso de la autenticidad («sé tú mismo y muéstraselo al mundo»), se activa lo que Shoshana Zuboff denomina capitalismo de la vigilancia, nuestras experiencias y emociones se convierten en materia prima para moldear nuestra conducta y hábitos de consumo. A más exposición, más datos; a más datos, más capacidad de predicción y control.


Paralelamente, asistimos a una redefinición de lo personal y lo mercantil. Por un lado, la «marca personal» convierte nuestra vida cotidiana en un “activo laboral”, un producto con un precio. El capital convierte todo a su imagen y semejanza y no escapa nuestro imaginario, nuestra identidad, imaginación y deseos.  Por otra parte, las corporaciones adoptan códigos para parecer cercanas y auténticas a las vivencias del usuario cautivo. Vivimos así en un bucle donde lo personal alimenta la exhibición y su mercantilización y la mercantilización coloniza lo personal y desdibuja cualquier frontera clara. “Todo puede ser vendible”.


La política, el espacio público por excelencia, es el ámbito que más sufre esta reconfiguración. Han distingue entre la masa del siglo XX, que tenía un alma y dirección colectiva, y el enjambre digital actual, compuesto por individuos aislados que hacen ruido, pero no desarrollan un «nosotros» coherente ni un proyecto común. Sujetos carentes pero adiestrados y aislados, hipertrofiados y vacíos. Caldo de cultivo perfecto.


La opinión pública tradicional, filtrada y contrastada, se fragmenta en opiniones individuales amplificadas por algoritmos opacos, imposibilitando una verdadera deliberación colectiva.
Paradójicamente, la red que prometía transparencia total se convierte en terreno fértil para la desinformación, mientras nuestros datos más íntimos son procesados por algoritmos cuya lógica desconocemos.


Esta imbricación también transforma el mundo laboral y la intimidad. El teletrabajo introdujo la esfera laboral en el corazón del hogar, terminando de desconfigurar el “hogar”. Hoy lo que existen cada vez más son espacios que contienen subjetividades aisladas entre sí y que se comunican solo instrumentalmente.


La crisis de lo público y lo privado no es un colapso, sino una mutación. Ya no es posible restaurar la vieja muralla que separaba la intimidad del hogar del bullicio de la plaza pública. El desafío es aprender a habitar estas fronteras difusas y confusas.


Actualmente privacidad se entiende por nuestra relación con el cel., (Que representa mi relación con el mundo, con el todo) y luego hay “intercambios comunicacionales” con personas a nivel presencial, amigos o familiares que se ajustan a una realidad instrumental cotidiana. Privado e íntimo es el celular ahora, es una extensión tuya, a esto se ha reducido lo privado. Todo lo demás se exhibe en las redes como democratización. Solo circo.


Ya no se trata solo de defender la privacidad como bien jurídico, sino de comprender que nuestras subjetividades se construyen en esta intersección, somos a la vez ciudadanos y consumidores, seres de carne y hueso y perfiles de datos. La tarea colectiva será diseñar herramientas políticas, éticas y educativas que nos permitan navegar este nuevo territorio sin renunciar ni a la conexión con los demás ni a la necesaria soledad de la que brotan los descubrimientos del espíritu. Habitar la imbricación significa aceptar la complejidad y aprender a poner límites conscientes en un mundo que se ha desdibujado.
“Virtudes públicas, defectos privados” Ciceron.

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