¿Plan Cóndor global?

Por: Marcelo Collus

“Ante Dios y el mundo, el más fuerte tiene el derecho de hacer prevalecer su voluntad”.
Adolf Hitler

En noviembre de 1975 formalmente se puso en marcha el tenebroso Plan Cóndor. Fue esa
una maniobra del gobierno de Estados Unidos, que impulsó un sistema secreto de
coordinación represiva entre dictaduras militares del Cono Sur de América, operando entre
1975 y los años 80 del pasado siglo, con el objeto de perseguir y eliminar a oponentes
políticos enrolados en las izquierdas, incluso más allá de sus propias fronteras.
Prácticamente todos los países de Sudamérica participaron de la operación, con un saldo de
80.000 muertes y más de 400.000 encarcelamientos, mientras en Centroamérica las fuerzas
armadas -siempre tuteladas por Washington- también perseguían sanguinariamente a
cualquier disidencia política. En el marco de la Guerra Fría (fría, naturalmente, para las dos
potencias implicadas: Estados Unidos y la Unión Soviética, que no disparaban sus misiles
nucleares, pero abrasadora y en total ebullición para los pueblos latinoamericanos, así como
los de África y Medio Oriente), amparados en la Doctrina de Seguridad Nacional y
combate al enemigo interno, las derechas silenciaron toda protesta, con muertes, torturas,
cementerios clandestinos y desaparición forzada de personas. Sobre las montañas de
cadáveres se erigieron los planes neoliberales, vigentes aún hoy, postrando a la clase
trabajadora y privatizando el Estado mientras se entronizaba la “mano invisible” del
mercado.


El Plan Cóndor tenía por objetivo terminar con el “peligro comunista”. Sin embargo hoy,
más de cuatro décadas después, parece que ese peligro no se ha extinguido: “Son esos
comunistas ateos (…) la amenaza más seria para la existencia de Estados Unidos y
Occidente”, declaró el presidente Donald Trump. En ese marco, en ese clima de visceral
anticomunismo, el pasado 16 de julio tuvo lugar en Washington la Reunión Ministerial
sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político, propiciada por la Casa Blanca, y
coordinada por el Secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, Marco Rubio. La
agenda, que reunió a más de 60 países afines a estas posiciones de ultraderecha, es un
llamado a movilizarse contra este presunto ataque civilizatorio de la “izquierda radical”
dada por un maremágnum de posiciones, donde entran marxistas, comunistas, socialistas,
anarquistas, anticapitalistas, antimperialistas, antifascistas, demócratas centristas, quienes
reivindican la igualdad de género, están por el aborto, adversan la homo y transfobia,
defienden el medio ambiente, saludan todo tipo de diversidad, condenan el racismo y el
supremacismo y tienen una visión progresista de las sociedades.

Esta reunión muestra el estado actual del mundo: las ultraderechas están ganando un
espacio aceleradísimo, incluso llegando al poder formal de los Estados con voto popular.
Las grandes mayorías, cada vez más empobrecidas con un capitalismo neoliberal que no
ceja, y distraídas hasta el hartazgo con las más sofisticadas -y embrutecedoras- técnicas de
comunicación social, terminan aceptando mansamente a sus verdugos. El epígrafe de Hitler
pasa a ser consentido y bendecido alegremente.
¿Vamos hacia un Plan Cóndor global? No se puede afirmar que estemos ante un nuevo
Yalta (los humildes mortales de a pie como quien escribe esto no tenemos acceso a
información reservada, por tanto, esto es una pura especulación: ¿territorios del planeta ya
repartidos?). Pero sí es más que evidente que Estados Unidos está haciendo de
Latinoamérica su coto de caza, su Doctrina Monroe corregida y aumentada, llevada a su
punto máximo. Los otros grandes poderes, China y Rusia, no se meten, miran para otro
lado. Venezuela pasó a ser un protectorado invadido y Cuba está siendo mortalmente
asfixiada, con lo que pareciera que es en un todo cierto esta frase de Trump cuando afirma,
exultante, que “este es nuestro hemisferio”.
Las derechas crecen, el supremacismo, el racismo, la xenofobia, la misoginia y los valores
de la Guerra Fría con un visceral anticomunismo crecen, los pueblos estamos paralizados,
estupefactos, las izquierdas no reaccionamos….
¿Qué hacer ante este avance?
Los tiempos actuales no son favorables al cambio social. Por el contrario, son épocas de
conservadurismo extremo. Los ideales socialistas de solidaridad y confraternidad, de
momento han sido sacados de escena. Más precisamente aún: las actuales son épocas de un
fomentado y manipulado odio, de mucho odio contra la idea de cambio, contra cualquier
cosa que se muestre como novedosa y alternativa. Las juventudes fueron llevadas a estar
más atentas -queriendo imitar- a influencers que a propuestas de cambio social (¿el auge
monumental de las drogas tendrá que ver con esto? Todo ello permite que un joven
argentino, preguntado sobre por qué votó a Milei, diga sin empacho: “Porque es cool ser
fascista, che”). Los únicos cambios posibles son los que el sistema permite y puede
absorber sin que cuestione sus raíces. En otros términos: gatopardismo.
Sin quitarle el más mínimo valor a cualquier lucha, sabemos que la fragmentación de la
protesta social en pequeñas parcelas (lucha contra el patriarcado por un lado, contra la
discriminación étnica por otro, por la diversidad sexual por allá, por el ecologismo más acá,
todas separadas y sin perspectiva clasista -“El ecologismo sin lucha de clases es
jardinería”, dijo Chico Mendes-) sirve al poder, al mantenimiento del sistema. La tendencia
actual es, a lo sumo, permitir pequeñas válvulas de escape, en muchos casos alentadas y
financiadas por lo grandes poderes, dando la sensación de cambio, pero impidiendo
realmente cualquier modificación profunda (grandes fundaciones filantrópicas -Soros,
Gates, Ford, Rockefeller, Susan Buffet- pagando por los progresismos…: como mínimo
suena sospechoso). Hoy, con este fenomenal avance de las derecha religiosa y
fundamentalista, hasta eso se cuestiona. ¡El feminismo y el antirracismo son peligrosos
ataques comunistas!

Hoy vivimos un momento de oscurantismo, de represión ideológico-cultural mayor que
durante la Guerra Fría. En vez de marchar hacia el comunismo científico y una sociedad sin
clases sociales, volvemos hacia las oscuridades medievales, a las hogueras de la Inquisición
y hacia el esclavismo primitivo. Los látigos ahora son electrónicos, regidos por inteligencia
artificial y difundidos -y aceptados alegremente- por las redes sociales. Varios autores
(Cédric Durand, Shoshana Zuboff, Yanis Varoufakis) han estudiado pormenorizadamente
las nuevas formas del capitalismo, llegándose en algún caso a hablar de “tecnofeudalismo”,
una modalidad que remeda las estructuras feudales del medioevo europeo, donde las big
tech (las megaempresas de tecnología digital de Silicon Valley) harían el papel de señores
feudales, con un poder de dominio omnímodo sobre los usuarios -los siervos de la gleba-,
dependientes totalmente de las plataformas digitales, ofreciendo gratuitamente cantidades
astronómicas de sus datos personales, que sirven para seguir promocionando el consumo (y
para el control poblacional con visos de inteligencia militar). No pareciera que el mundo,
tal como van las cosas, marche hacia el comunismo sino ¡hacia el feudalismo! Se va
perdiendo la jornada laboral de ocho horas -conseguida con heroicas luchas- y ahora se pide
-¡se exige!- la “milla extra”.
Este discurso de la ultraderecha no tiene piedad; por el contrario, muestra abiertamente para
qué está: para seguir beneficiando a una minúscula élite y evitar cualquier intento de
cambio por parte de las grandes mayorías. Lo patético es que se ha metido tanto en la
gente que muchas personas -sin más propiedad que su fuerza de trabajo- han sido tan
hábilmente manejadas que vitorean alegres este corrimiento al neofascismo, sin saber bien
qué está apoyando. Piénsese en el joven argentino de marras, por ejemplo. Dirá Miguel
Mazzeo:
“A diferencia de la lengua de la derecha tradicional, la lengua de la ultraderecha no busca
construir una retórica que no se exhiba como tal. No quiere disimular nada aberrante,
nada escabroso, nada absurdo. La lengua de la ultraderecha pone de manifiesto su
perversa aspiración al “mal común” y a la disolución comunitaria, mientras celebra
abiertamente la codicia, la injusticia y la crueldad en todas sus formas.” (Mazzeo: 2024).
La llegada de Donald Trump a la presidencia del país capitalista más poderoso del mundo
alimenta muy groseramente esta tendencia ultraconservadora que ya se viene gestando
desde hace años, así como la actitud transgresora apologizando la impunidad. De hecho, el
mandatario es, técnicamente, un reo convicto, juzgado y sentenciado por más de 20 ilícitos,
incluyendo dos delitos federales muy graves: intento de golpe de Estado en 2021 y manejo
ilegal de documentos oficiales secretos de seguridad nacional. Además de ello, que no es
poco, tiene denuncias de pedofilia a partir de sus vínculos con el “suicidado” Epstein. De
todos modos, saltándose las leyes y en una demostración absoluta de desprecio por la
“democracia” que dice defender, asumió la primera magistratura en enero de 2025. Agnès
Callamard, Secretaria General de Amnistía Internacional, manifestó los terribles peligros
del “efecto Trump” al presentar el Informe “La situación de los derechos humanos en el
mundo: abril de 2025” de dicha organización:
“Transcurridos 100 días de su segundo mandato, el presidente Trump sólo ha mostrado un
total desprecio hacia los derechos humanos universales. Su gobierno ha atacado con

rapidez e intencionalidad esenciales iniciativas e instituciones estadounidenses e
internacionales que se crearon para hacer de nuestro mundo un lugar más seguro y más
justo. Su ataque sin cuartel a los conceptos mismos de multilateralismo, asilo, justicia
racial y de género, salud global y acción climática necesaria para salvar vidas está
agravando el considerable daño que ya han sufrido esos principios e instituciones, y
animando aún más a otros dirigentes y movimientos contrarios al reconocimiento de
derechos a unirse a su embestida” (Callamard: 2025).
Hoy toda la parafernalia mediática del sistema no entroniza al “bueno” de la película, sino
que, contrariamente, fomenta la picardía, la salida más rápida que dé dinero, fama y poder,
el “todo vale”. En otros términos: la impunidad. Valga esta glosa marginal: en los países
socialistas sí hay corrupción… ¡pero no hay impunidad! En China fusilan sin atenuantes a
los dirigentes corruptos, y recordemos el trato dado por Cuba a un traidor a la patria como
el general Ochoa: fue condenado a muerte por sus vínculos con el narcotráfico y se
procedió en consecuencia. En el capitalismo, y más aún con esta vuelta al neofascismo que
hoy padecemos, se aplaude y entroniza la impunidad. ¿Cómo es que un delincuente sexual
pueda gobernar un país sin que nadie le moleste?
Esa ideología -ahí están los millones de memes y videos cortos que inundan el espacio
digital, los “estúpidos entretenimientos”, como piden ideólogos de la derecha para
mantener tranquila a la “chusma” (y ahí está el fútbol profesional)- va moldeando en forma
creciente la opinión pública, por lo que se piensa -o nos hacen pensar, más correctamente
dicho- más en el ilusorio “éxito” individual a cualquier costo que en la salida solidaria y
comunitaria. El dicho: “La sociedad no existe, solo hay hombres y mujeres y hay familias”
de la ex mandataria británica Margaret Thatcher, parece corporizarse en forma abrumadora.
Como fuerzas que buscamos la igualdad, como izquierdas, como campo popular, como
seres humanos que seguimos creyendo que nadie vale más que nadie, debemos resistir este
aluvión, y denunciar la infame injusticia en juego. Pero no solo resistir denunciando:
debemos combatir por todos los medios esta avalancha. Hoy existe una terrible guerra
ideológica en curso, que se puede transformar -o ya se está transformando- en un nuevo
Plan Cóndor de carácter global. Hay que darla entonces. El ideológico-cultural es uno de
los frentes posibles. Los medios masivos de comunicación -con un mundo digital que no
cesa de crecer inundando todo- contribuyen más que generosamente a esta avalancha. No
hay dudas que hoy, ya entrado el siglo XXI y envueltos en un ámbito comunicacional del
que no podemos prescindir (donde el internet juega un papel preponderante), el campo
popular y las izquierdas tenemos mucho que trabajar allí.
No puede dejar de mencionarse que en la capital de la República Bolivariana de Venezuela,
Caracas, entre el 10 y el 11 de septiembre de 2024 se realizó el “Congreso Mundial contra
el Fascismo, Neofascismo y Expresiones Similares” -antípoda del reciente encuentro
dirigido por Marco Rubio-, reuniendo alrededor de 1.000 representantes de 95 países. A
partir de ese encuentro se creó una “Internacional Antifascista”, con sede en ese país, con el
propósito de “librar batallas presentes y futuras por un mundo diferente y hacer frente a la
violencia que la extrema derecha está generando en la nación sudamericana y en muchos
otros países del mundo.” Quizá eso no alcance para frenar el aluvión neofascista en que
vivimos -la invasión del 3 de enero, y la posterior ocupación post terremotos lo evidencian-,

pero constituye una instancia a considerar, un grano de arena más en esta larga,
interminable confrontación, en esta ya no solo lucha, sino “guerra” de clases, como dijera el
magnate Warren Buffet. Como campo popular, como izquierdas, aunque hoy estemos algo
desorientados, debemos aguzar toda la inteligencia que nos sea posible para seguir dando
este combate. La historia, por cierto, no está terminada. Crear una Internacional
Antifascista no neutraliza automáticamente al fascismo, pero sirve para comenzar a crear
antídotos.
Ante esta visión ultra individualista y avasalladora del otro, es necesario levantar un nuevo
ideario, otro sistema de valores que vuelva a poner en el centro de la escena al ser humano,
sus glorias y sus desdichas. No hay nadie mejor que otro: todas y todos somos mortales
igualmente importantes. Las estrofas de la Marcha Internacional Comunista son elocuentes
al respecto: nadie vale más que nadie. Siguiendo a Jesús Javier Urueña podemos afirmar
que:
“Frente a la desvalorización del humanismo y la destrucción de la Tierra, frente a la
exaltación del odio y el nihilismo moral, podemos volver a la Ilustración. Podemos
proponer que solamente un socialismo democrático, feminista y sinceramente ecologista es
la base para espantar a los demonios del pasado.” (Jaén Urueña: 2023).
En cualquiera de sus variantes (el supuestamente democrático, o esto que vivimos ahora:
neofascismos en el marco de elecciones democráticas), el sistema capitalista sigue siendo
siempre lo mismo: despiadado. Prefiere la guerra, que ve siempre como una salida para sus
crisis, a compartir equitativamente los beneficios del desarrollo con las mayorías. El
capitalismo no ofrece soluciones a la humanidad; solo las da, a regañadientes, a un pequeño
grupo acomodado, digamos 15% de la población mundial que consume sin mayores
problemas -capas medias y trabajadores del Norte- y a un pequeñísimo grupo que
constituye la élite dominante. Lo demás (el 85% restante) es sufrimiento, penas y magra
sobrevivencia. Sin dudas hoy, con este auge de la extrema derecha supremacista, pareciera
que no hay caminos para el cambio. Pero habrá que seguir buscándolos. Deberán inventarse
nuevas rutas, la izquierda deberá reinventarse, porque, siguiendo a Rosa Luxemburgo:
“Friedrich Engels dijo una vez: ‘La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al
socialismo o regresión a la barbarie.’ … Hemos leído y citado estas palabras con ligereza,
sin poder concebir su terrible significado. … Así nos encontramos hoy, tal como lo
profetizó Engels hace una generación, ante la terrible opción: o triunfa el imperialismo y
provoca la destrucción de toda cultura (…) o triunfa el socialismo, es decir, la lucha
consciente del proletariado internacional contra el imperialismo, sus métodos, sus
guerras”.
No caben dudas: “¡Socialismo o barbarie!”

Deja un comentario