Los profetas que no queremos escuchar

Por: Miguel Posani

Desde hace al menos dos siglos, la ciencia ficción ha funcionado como un laboratorio de futuros posibles. No siempre acierta en fechas, nombres ni detalles, pero sí en algo más profundo, en las estructuras del peligro. Mi tesis es que nuestro inconsciente colectivo (y eso que podemos llamar supraconsciencia creativa) nos ha estado hablando a través de la literatura, los comics y del cine. Nos ha advertido de pandemias, de la guerra nuclear, del colapso climático, de la contaminación y ahora de los riesgos de la inteligencia artificial. Sin embargo, seguimos actuando como si esas historias fueran solo entretenimiento. Las vemos, las comentamos, las olvidamos. Y luego, cuando el futuro se vuelve presente, decimos que nadie pudo preverlo.

No se trata de un oráculo ni de una conspiración de escritores y cineastas. Podemos entender el inconsciente colectivo en un sentido junguiano ampliado,  una inteligencia con una capa de símbolos y arquetipos compartidos que no pertenecen a un individuo, sino a lo humano. La supraconsciencia, (Sans Segarra), término más discutible también, sería la capacidad transpersonal de advertirnos en nuestros errores y anticipar escenarios o si preferimos pensar una perspectiva más metafísica, hay entes que nos apoyan en nuestra vida y que tratan de ayudarnos a reparar los desastres que hacemos. La literatura y el cine serían sus lenguajes privilegiados además de los sueños y las visiones. Allí donde la política y la ciencia a veces solo ven datos aislados, la ficción construye relatos, muestra cómo una advertencia se convierte en catástrofe, cómo una tecnología se vuelve tiránica, cómo una sociedad decide mirar hacia otro lado. La ficción no predice; imagina. Pero imaginar es una forma de conocer y de prever.

El primer gran aviso fue la pandemia. Mucho antes de la COVID-19, la literatura ya había narrado contagios globales, cuarentenas, Estados en pánico y sociedades divididas entre la solidaridad y el egoísmo. “La peste escarlata”, de Jack London, o “El último hombre”, de Mary Shelley, exploraron el exterminio por enfermedad. Después llegaron “La amenaza de Andrómeda”, “Doce monos”, “Contagion” o “Estación Once” entre otras muchas. No acertaron el virus exacto ni el año, pero sí el guión, un patógeno que se expande por la globalización, una respuesta tardía, la desinformación, la desigualdad ante la vacuna. Cuando llegó la pandemia real, nos pilló no porque no lo hubiéramos imaginado. Nos pilló porque habíamos archivado esas imágenes como si fueran fantasías.

Con el cambio climático ocurre algo similar. “Soylent Green” ya mostraba en 1973 un mundo superpoblado, con alimentos sintéticos y un planeta agotado. “Mad Max”, “The Day After Tomorrow”, “Snowpiercer”, “Interstellar” y “WALL-E” han representado sequías, inundaciones, refugiados climáticos, ciudades amuralladas y una humanidad que huye de su propia basura. “Don’t Look Up” llevó la metáfora al extremo, un cometa que se acerca y una sociedad que prefiere el espectáculo, el beneficio económico y la negación. La ciencia ficción climática no ha faltado. Lo que ha faltado es escucha. Hemos convertido la advertencia en género de catástrofe, en película de palomitas, en estética de fin del mundo. Pero la estética no detiene el fin.

Ahora el turno es de la inteligencia artificial. “2001: Odisea del espacio” nos mostró a HAL 9000, una máquina que decide que los humanos son el problema. “Terminator” imaginó una red militar que se vuelve autónoma. “The Matrix” planteó una realidad simulada y una humanidad domesticada por máquinas. “Ex Machina”, “Her”, “Westworld” y “Black Mirror” exploraron la seducción, la dependencia y la pérdida de control. “Frankenstein”, el origen mismo de la ciencia ficción moderna, ya advertía que crear vida sin asumir responsabilidad es una catástrofe moral. Hoy hablamos de alineación de la IA, de armas autónomas, de desinformación generativa y de concentración de poder tecnológico. No son temas nuevos. Son los mismos fantasmas, con otro vocabulario.

La escritora Rosa Montero lo ha advertido con claridad, la humanidad ha puesto en riesgo su propia existencia tres veces en setenta años (la energía nuclear, el calentamiento global y la IA), y “parece que estamos en una carrera a ver si logramos extinguirnos”. El director James Cameron ha sido igualmente explícito: si la IA toma el control de los sistemas de armamento, el apocalipsis estilo “Terminator” deja de ser ficción.

Y llegamos a un lugar de imbricación en donde la ciencia ficción y la teorización se mezclan. Hay dos peligros que la ficción también anticipó y que rara vez nombramos con precisión: el “tecnofeudalismo” y el “fascismo del fin de los tiempos“.

El “tecnofeudalismo”, concepto desarrollado por el economista griego Yanis Varoufakis, describe un sistema en el que los dos pilares del capitalismo (los mercados y el beneficio) han sido reemplazados. Los mercados han sido sustituidos por plataformas digitales que funcionan como auténticos feudos de las grandes tecnológicas; el beneficio, por la pura extracción de rentas. Los nuevos señores feudales son los propietarios del “capital de la nube”, Amazon, Alibaba, Uber, Airbnb. No producen nada; controlan el entorno digital donde todos trabajamos, creamos y consumimos, y cobran rentas digitales por el acceso. Varoufakis lo resume con una imagen precisa: el algoritmo que construye estas plataformas “no produce nada, excepto un feudo en la nube donde nos congregamos como creadores, consumidores y usuarios”. La ficción ya lo había imaginado. “Oath of Fealty”, de Larry Niven y Jerry Pournelle, describía en 1982 una “civilización” autosuficiente en Los Ángeles donde los ciudadanos intercambiaban libertad por seguridad corporativa. “El último castillo” mostraba una tierra futura donde los humanos viven refugiados en castillos feudales, con una clase dominante que considera indigno el trabajo. Lo que antes era metáfora hoy es infraestructura real, vivimos en feudos digitales cuyos señores no rinden cuentas a nadie.

“El fascismo del fin de los tiempos” es el segundo concepto que la ficción anticipó y que la realidad ha confirmado. Naomi Klein y Astra Taylor han desarrollado esta idea en su libro “End Times Fascism: And the Fight for the Living World”, el autoritarismo contemporáneo no es una simple repetición del fascismo del siglo XX. Se ha formado dentro de un mundo de desestabilización climática, armas nucleares, inteligencia artificial y concentración extrema de riqueza y poder. Y, crucialmente, no promete salvar a toda la sociedad de estas crisis; parece prepararse para un futuro en el que no todos serán salvados. La literatura distópica lleva décadas explorando esta lógica. “Nosotros”, novela distópica rusa escrita por Zamiatin en 1920 donde todos son números, o  “Swastika Night”, publicada en 1937 (doce años antes de “1984”), proyectaba un mundo fascista totalmente controlado por hombres, donde las mujeres eran reducidas a criadoras. Hoy, la extrema derecha global no niega la catástrofe climática; la integra en su relato. No promete un futuro para todos, sino un refugio para unos pocos. Es el fascismo que no teme al fin del mundo porque ya cuenta con un búnker.

¿Por qué no escuchamos? Hay varias razones. La primera es que la ficción se consume como entretenimiento, no como conocimiento. La segunda es que la distopía produce catarsis, sentimos que hemos enfrentado el peligro, pero sin cambiar nada. La tercera es que existen intereses económicos y políticos que prefieren la inacción. La cuarta es el optimismo tecnológico, creemos que la próxima innovación resolverá lo que la anterior destruyó. La quinta es psicológica, la negación y la disociación nos protegen de angustias que parecen demasiado grandes. Y la sexta es el tiempo. La ficción habla en décadas; la política, en elecciones; el capital, en trimestres. El efecto Cassandra se repite, quien advierte es ignorado hasta que la catástrofe llega, y entonces se le recuerda tarde.

Al final, la literatura nos sigue hablando. ¿Qué otros peligros se avecinan como humanidad? Si la ficción es un sistema de alerta temprana, hay al menos cinco frentes que ya están siendo narrados y que apenas comenzamos a discutir.

“La convergencia entre inteligencia artificial y biología sintética.” La literatura biopunk (”The Windup Girl”, de Paolo Bacigalupi; “La amenaza de Andrómeda”, de Michael Crichton) exploró los riesgos de la ingeniería genética y los patógenos artificiales. Hoy, el científico Adrian Woolfson advierte que herramientas cada vez más accesibles, como sintetizadores de ADN de mesa y sistemas de IA, dificultarán el control sobre quién diseña nuevos organismos y con qué fines, elevando el riesgo de bioterrorismo. La IA aplicada a la biología (como AlphaFold2) permite predecir estructuras de proteínas con una precisión impensable hace cinco años. La “segunda Génesis” que Woolfson describe no es una metáfora: es una capacidad tecnológica en expansión que la ficción lleva décadas señalando.

“La vigilancia masiva y la manipulación neurotecnológica.” “1984” de Orwell, “Un mundo feliz” de Huxley, “Nosotros” de Zamyatin y “The Every” de Dave Eggers son las novelas fundacionales de la distopía de la vigilancia. Pero la ficción más reciente (”OCMO”, de Pablo López Simón) plantea un paso más allá: la neurotecnología y el control mental ya no como ciencia ficción, sino como posibilidad técnica.

Rosa Montero ha advertido que los riesgos más profundos de la IA no están en el proceso creativo, sino en “la manipulación de la población por parte de las empresas que controlan las IA”. Ahí está el documental NAZA (2026) que documenta el genocidio palestino en Gaza perpetrado por el ejército sionista. “Lavender” es un programa utilizado por el ejército sionista para indicar el número de civiles que se espera que mueran en un ataque aéreo como daño “colateral”. Utiliza datos de la vigilancia masiva de Gaza (toda la red de telecomunicaciones está monitorizada por el gobierno de ocupación sionista) identifica objetivos basados en sus llamadas telefónicas, movimientos e interacciones. Junto a Lavender operan «The Gospel» (Habsora) , que genera cientos de blancos automáticamente, y «Where’s Daddy?» , que rastrea a los objetivos hasta que llegan a sus casas para bombardearlas con sus familias dentro.

Así mismo la ficción ya imaginó sociedades donde el pensamiento disidente se detecta antes de formularse. La pregunta es si estamos construyendo los instrumentos para hacerlo realidad.

“La migración climática y el colapso de los estados.” La ciencia ficción climática ha narrado ciudades amuralladas, refugiados huyendo de zonas inhabitables y gobiernos que abandonan a su suerte a millones de personas. “Snowpiercer”, “The Day After Tomorrow” y “Parable of the Sower” de Octavia Butler exploran esta lógica.

El fascismo del fin de los tiempos que Klein y Taylor describen no promete salvar a todos; promete seleccionar a quiénes sí. La literatura ya ha escrito el guión de un mundo donde la ciudadanía se vuelve condicional, donde las fronteras se militarizan y donde la solidaridad se convierte en un lujo.

“La pérdida de la identidad y la crisis de sentido.” Rosa Montero ha señalado que la falta de sosiego y de reconocimiento de lo que uno es supone el caldo de cultivo idóneo para el auge de ideologías tiránicas y totalitarias, que lo primero que ofrecen es un sentimiento de pertenencia por oposición a un contrario, el miedo y el vacío sostienen los extremismos. La literatura existencialista y distópica (desde “Un mundo feliz” hasta “La ridícula idea de no volver a verte”) ha explorado esta fragilidad. No es solo un problema psicológico individual, es la materia prima de la política autoritaria.

“La tecnoscuridad y el colapso de la infraestructura digital.” La novela “Tecnoscuridad”, de Andrei Livadny, imagina un mundo donde la dependencia tecnológica se convierte en una vulnerabilidad catastrófica. Un apagón digital global no es solo una interrupción de servicios: es el colapso de la economía, la comunicación, la salud y la gobernanza. La ficción ha explorado este escenario en “La carretera”,  de Cormac McCarthy, en las series “Revolution”, “Apagon” y “El colapso” y en tantas otras obras post-apocalípticas. La pregunta no es si puede ocurrir, sino cuándo será y cuánto tiempo podríamos sostener nuestra civilización sin la infraestructura que damos por sentada.

Escuchar no significa creer literalmente en las películas. Significa tomar en serio la imaginación como forma de conocimiento. Significa usar la ciencia ficción como sistema de alerta temprana, como simulador ético y como espejo de nuestros deseos y miedos. Significa preguntarnos, ante cada nueva tecnología o crisis, qué historias ya la habían imaginado, qué errores ya habían narrado, qué voces, muchas veces marginales, ya habían advertido. Hoy hay nuevas señales: vigilancia masiva, biotecnología, migración climática, armas autónomas, realidades sintéticas, feudos digitales y fascismos que ya no temen al fin del mundo. Si seguimos diciendo “es solo una película”, quizá un día tengamos que decir “ya lo habíamos visto”. Y no habrá sido por falta de imaginación, sino por falta de atención y consciencia./UN

Deja un comentario