El triunfo del intelicidio, o “cabeza de meme”. ¿Volver a lo presencial?

Por: Marcelo Colussi

¿Qué es un “meme”? Según la inteligencia artificial “es una idea, comportamiento
o estilo que se transmite de una persona a otra dentro de una cultura. El término
fue acuñado por el biólogo Richard Dawkins en 1976 en su libro «El gen egoísta»,
como una analogía al gen: una unidad de información cultural que se replica y
evoluciona. La expresión peyorativa «cabeza de meme» hace referencia a una
persona cuyas ideas, opiniones y visión del mundo se basan únicamente en
memes, modas de internet o consignas repetitivas en lugar de un análisis propio o
crítico”.


En forma creciente, juventud y niñez de todo el mundo, incluidas las de los países
con menos recursos -hasta en los rincones más recónditos se repite el fenómeno,
con menor intensidad quizá, pero con la misma perspectiva, sea en barrios
empobrecidos de las ciudades o en alejadas aldeas del área rural-, hacen parte de
lo que se conoce como “generación alfa” o, también: “nativos digitales”. Es decir,
seres humanos nacidos a principios de este siglo (la generación más numerosa de
la historia), criados cada vez más en entornos digitales, donde pasaron a ser parte
fundamental de su día a día la conexión obligada con internet, el uso masivo de
dispositivos móviles y la gran familiaridad con el ámbito informático, donde tiene
una relevancia cada vez mayor la inteligencia artificial.
En esos olvidados y empobrecidos lugares se puede llegar al extremo -por cierto,
muy sorprendente- de ver que no se invierte en mejor dieta alimentaria, pero sí,
por ejemplo, en un teléfono móvil inteligente, que no es barato. Esta tendencia
generalizada, esta corriente que ya se ha establecido y no se ve posible de hacer
desaparecer, influye en forma determinante en la manera de aprender, socializar,
consumir, ver y relacionarse con el mundo y con otros congéneres,
acostumbrados al -y naturalizando el- consumismo imparable de las modas,
habituados como algo natural a la super velocidad y la multitarea, empapados de
contenido rápido, fugaz, fundamentalmente audiovisual, donde la lectura crítico-
conceptual prácticamente va desapareciendo.
A propósito, en la reciente medición realizada por la OCDE con las pruebas PISA
(sigla en inglés: Programme for International Student Assessment, traducida al
español como Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes), en las
que se evalúa el rendimiento académico y las habilidades en tres áreas clave

como compresión lectora, matemáticas y ciencias, suministrada a 760.000 jóvenes
de 15 años de edad, en el 2025 -informándose de ello este 2026-, realizada en 91
países, quedó claro que hay un marcado descenso en todo ello (el país que
encabeza el mejor rendimiento educativo es la República Popular China, la China
comunista; Estados Unidos desciende y no se ubica entre los diez primeros
lugares, quedando en el puesto 14). La explicación de esa baja se vincula con el
uso creciente del mundo digital que, en vez de mejorar la calidad de vida, nos
embrutece. De ahí que el referido término “cabeza de meme” cobra especial
significación, articulándose con la expresión acuñada por el pensador
guatemalteco Mario Roberto Morales de “intelicidio”: asesinato de la inteligencia.
Si lo vemos desde el punto de vista del avance hacia una sociedad global más
equitativa y solidaria, es decir: lo que históricamente planteó el socialismo,
estamos sumamente mal. Esta generación será la que dirigirá el mundo en unas
pocas décadas, y allí parecen haberse esfumado las ideas de transformación
revolucionaria del capitalismo. Surge de inmediato la pregunta: ¿alguien se
beneficia de todo esto, de esa cultura digital creciente, de ese “intelicidio”? La gran
masa, inmensa, monumental masa de usuarios, sin dudas no. Obviamente sí, los
grandes capitales que promueven este mundo digital (léase Silicon Valley: Apple,
Alphabet, Meta, Nvidia, Microsoft, Amazon). Y, por extensión, el sistema capitalista
en su conjunto. Su efecto: “cabeza de meme”, es lo más significativo en términos
sociales. Algo así como “no piense y repita acríticamente lo que le dicen”.
Muy elocuente esa expresión, definitivamente. Es decir: una visión super
simplificada del mundo, de las cosas, donde todo se reduce a pequeñas fórmulas,
donde no hay espacio para la reflexión, donde lo más importante están dejando de
ser “educadores” para darle paso a “influencers”. Las redes sociales, que cada vez
se hacen más y más populares inundando todo los aspectos sociales, ideológicos
y culturales, no son un simple pasatiempo: ¡están pasando a ser el cimiento
básico donde se está construyendo el edificio social! Según estudios consistentes,
en la prácticamente totalidad de países del planeta, el 90% de personas entre 14 y
26 años utiliza alguna red social a diario, teniendo un tiempo de conexión de entre
3 y 6 horas al día (promedio: cuatro horas y media).
De modo concluyente, sin la más mínima duda al respecto, se prefiere un
pequeño video banal a la lectura de algo, así sea mínimo. Definitivamente estas
redes construyen identidades, siendo un factor determinante para la socialización,
la obtención de noticias, la diversión, el contacto con el otro, para lograr moldear
de puntos de vista, perspectivas y valores que vertebran la interrelación social de
quienes las utilizan. Es decir: nos moldean la cabeza. Si desde el campo popular
con criterio de análisis crítico -y, por supuesto, voluntad de transformación político-
social- queremos enfrentarnos a esa parafernalia, la batalla es tremendamente
desigual. Está claro que los poderes dominantes, que son quienes fijan la
ideología dominante y se benefician de ello, en este momento le han sacado una
enorme delantera a las fuerzas que buscamos un cambio. No está terminada la
historia, pero está claro que, contra las redes sociales, es muy difícil combatir. En

ese ámbito, el poder que tiene la mentira organizada que allí se juega, es enorme,
descomunal. La desinformación sistemáticamente presentada, la hipnosis y la
simplificación maniquea de las cosas van ganando esta vuelta de la pelea. Pero
sigamos pensando que la realidad es algo más que la realidad virtual. Es allí
donde debemos seguir poniendo el acento y, quizá, promover el retorno a la
presencialidad.
El sistema capitalista, por largas décadas, prácticamente todo el siglo XX, se
encargó muy puntillosamente de llevar adelante una feroz, visceral lucha
ideológica anticomunista: “los comunistas se comen a los niños”, “a la fuerza te
instalan una familia desconocida a vivir en tu casa”, “te secuestran a los hijos para
llevárselos a Cuba a formarlos como guerrilleros”, y patrañas por el estilo.
Definitivamente, salió ganadora de esa lucha, y aunque parezca no creíble, todo
ese bombardeo hizo mella. Hoy hablar de “comunismo” en el que se considera el
“mundo libre” es una blasfemia, asusta, está hondamente anatematizado. En toda
la primera mitad del siglo XX, hasta la década de los 70, no obstante esa prédica,
ese ideario, esa esperanza de cambio, estaba presente en el ambiente, era, al
menos para mucha gente, un referente. La lucha ideológica y la caída de la Unión
Soviética ayudaron a que esa propuesta política fuera saliendo de circulación.
Por supuesto, no cayeron las causas que la originan, pero sí el discurso que busca
implementarla en la práctica social. ¿Quiénes levantan hoy esa narrativa? No los
jóvenes. Se mantiene un discurso de izquierda básicamente en población que, en
promedio, supera los 40 o 50 años. O más. La juventud ha sido separada de estos
ideales. El incansable trabajo de la corporación mediática capitalista, hoy
potenciada en grado sumo por el mundo digital, ha llevado esa desconexión al
extremo. Las y los jóvenes, como constante en todo el mundo y más allá de
diferencias económico-sociales, son crecientemente preparados para no
interesarse en estos temas “aburridos”. La pregunta entonces, para un trabajo
político apuntando al cambio revolucionario, es cómo incorporar a esa enorme
masa juvenil, tal como fue décadas atrás, a la lucha anticapitalista. Hay ahí un
enorme reto para las izquierdas actuales respecto a cómo incidir en un sector de
población hoy día ganado por el discurso del desinterés. ¿Volver a la
presencialidad entonces?

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