Por: Miguel Posani
Podemos definir que la moral es el conjunto de normas, valores, creencias y costumbres que guían la conducta de una persona dentro de un contexto social o grupal. Es una brújula interna que nos permite diferenciar entre lo que se considera bueno o malo, lo correcto e incorrecto.
No se puede negar que es histórica, social y cultural, es práctica porque se traduce en acciones y genera un juicio interno de satisfacción o culpa y remordimiento. Pero esta definición queda incompleta si no añadimos un complemento metafórico.
Jonathan Haidt, psicólogo social, plantea en su libro “La mente de los justos”, que los seres humanos somos «abejas» que necesitan pertenecer a una colmena, pero esa misma necesidad nos convierte en jueces implacables de quienes pertenecen a otras colmenas. Esta «moralidad tribal», la tendencia a dividir el mundo entre «nosotros» (los buenos) y «ellos» (los malos), es el motor oculto de toda la vida y no escapa la polarización política.
No somos criaturas racionales que toman decisiones morales mediante el pensamiento lógico, eso es un mito.
Utilizando una metáfora poderosa, podemos con Haidt comparar nuestra psicología moral con un jinete (la razón y la consciencia) montado sobre un elefante (la intuición y las emociones). El elefante es enorme, poderoso y siempre actúa primero; el jinete es pequeño, lento y su función principal no es dirigir, sino justificar los movimientos del elefante.
«Las intuiciones ocurren primero, y el razonamiento estratégico viene después» Jonathan Haidt.
No somos jueces imparciales que evalúan los hechos; somos abogados que defienden las pseudo intuiciones de nuestro elefante. Y el elefante, como veremos, está profundamente influenciado por el equipo al que pertenece.
Cada cultura e ideología política «cocina» su moral dándole diferente peso a cada fundamento. El deber, la santidad, la justicia, la libertad, el cuidado, la lealtad, el amor, la autoridad, la sobrevivencia, etc.
Cuando un grupo se identifica fuertemente con un conjunto de fundamentos morales, tiende a considerar inmorales a quienes priorizan otros fundamentos. No es que uno sea más racional que el otro; es que sus elefantes están sintonizados con estaciones de radio diferentes.
Haidt propone una segunda metáfora fundamental, los humanos somos 90% chimpancés y 10% abejas. Como chimpancés, somos egoístas, competimos por recursos y buscamos nuestro propio beneficio. Pero como abejas, tenemos una capacidad extraordinaria para trascender nuestro interés individual y fundirnos en un colectivo.
Esta «colmenidad» es lo que nos permite construir civilizaciones, cooperar en grupos grandes y sacrificarnos por ideales que trascienden nuestra vida individual. Pero tiene un precio, la misma fuerza que nos une a nuestra colmena nos ciega ante las virtudes de otras colmenas.
Haidt sugiere que los humanos tenemos un «interruptor» que, en ciertas circunstancias, nos hace perder el sentido del yo y experimentar una profunda unidad con el grupo. Esto ocurre en ciertas situaciones.
Rituales religiosos: Danzas, cánticos y ceremonias que sincronizan cuerpos y mentes.
Eventos deportivos: La euforia colectiva de un gol o la desesperación compartida de una derrota.
Fervor patriótico: Las banderas, los himnos y los discursos que nos hacen sentir parte de algo más grande.
Movimientos políticos: Las concentraciones, las consignas y la sensación de estar «construyendo un país nuevo».
En todos estos casos, el individuo se disuelve en el grupo. La moralidad deja de ser una cuestión personal y se convierte en una cuestión tribal: «lo que es bueno para mi grupo es bueno, y lo que lo amenaza es malo».
Haidt argumenta que la religión y la política no son simplemente sistemas de creencias; son «deportes de equipo» que han evolucionado para cohesionar a las comunidades.
Al igual que los fanáticos de fútbol, los creyentes y los militantes hacen lo siguiente:
Comparten símbolos sagrados que refuerzan su identidad de grupo.
Participan en rituales colectivos que activan su «interruptor de colmena».
Se sienten moralmente superiores a quienes no pertenecen a su equipo.
Están dispuestos a sacrificarse por el bien del grupo.
El problema es que, cuando dos equipos morales chocan, cada uno está convencido de que su causa es justa y sagrada, y que el otro equipo es no sólo un adversario, sino un enemigo moral que merece ser derrotado.
Quizás el síntoma más trágico de esta polarización tribal es que el simple hecho de intentar dialogar con el otro bando se considera un acto inmoral. No se trata solo de intereses en conflicto; se trata de identidades morales en conflicto. Ceder no es una concesión política; es una traición a los valores sagrados de la colmena.
La teoría de Haidt no es pesimista; es realista. Nos muestra que la moralidad tribal es parte de nuestra naturaleza, no un defecto que pueda eliminarse. Pero también nos muestra que podemos aprender a gestionarla.
La clave está en reconocer tres verdades incómodas:
Todos somos tribales. No hay nadie completamente objetivo o neutral. Todos pertenecemos a una colmena que nos une y nos ciega.
Los demás no son inmorales, solo diferentes. Quien piensa distinto no es un monstruo; tiene un elefante con otros fundamentos morales.
El diálogo no es traición; es supervivencia. En sociedades plurales, la única alternativa al conflicto perpetuo es el aprendizaje mutuo.
Si queremos realmente influir en alguien que piensa diferente, no podemos limitarnos a atacar sus argumentos. Los argumentos son solo la cola del perro; el elefante es el que decide. Para cambiar la mente de alguien, debemos:
Conectar con sus intuiciones: Usar historias, metáforas y ejemplos que resuenen con sus fundamentos morales.
Mostrar respeto y empatía: La confrontación directa solo activa el modo de combate.
Buscar puntos en común. Encontrar fundamentos morales que ambos compartan (todos valoramos el cuidado, la justicia, o la libertad) y construir desde ahí.
Esto no significa estar de acuerdo; significa comprender. Y la comprensión es el primer paso para desactivar la dinámica tribal.
A este punto pareciera que se necesitan idealmente sujetos con las siguientes características o capacidades:
Reconocer la legitimidad moral de los valores del otro bando.
Encontrar soluciones que respeten múltiples fundamentos (protegiendo a los vulnerables sin destruir las tradiciones; garantizando la libertad sin sacrificar el orden).
Construir narrativas inclusivas que permitan a todos sentirse parte de la misma colmena, sin que nadie sea demonizado.
Ahora esta es una simple esperanza idealista, una ilusoria conclusión posible para que el lector no se entristezca aún si la realidad es más cruda y sencilla, y se asemeja a los finales infelices de las series de tv.
