Por: Marcelo Colussi
Hablar desde fuera de un país en el que no se hace vida es difícil. Pero en este momento
es imprescindible hablar de Venezuela, por el significado histórico de lo que allí se juega.
Si somos consecuentes con la idea de que la clase trabajadora, el pobrerío en términos
amplios, no tiene patria, pues hablo como ciudadano del mundo preocupado y dolido por
lo que sucede hoy en ese país caribeño. El planeta Tierra es la patria de la humanidad, y
duele cualquier injusticia en cualquier parte del mundo. Y Venezuela duele.
Soy un común latinoamericano de a pie, y aunque no nací ni me crié en la patria de
Bolívar, sino que viví un corto período de tiempo circunstancial allí, Venezuela duele.
Duele mucho, como si fuera mi hogar, mi tierra, mi lugar querido. En realidad, en un
sentido, es un lugar muy querido, pues es la tierra de todas y todos aquellos que
seguimos anhelando un mundo libre de injusticias y que apoyamos la Revolución
Bolivariana en su momento, un mundo de equidades, sin esas monstruosas asimetrías
que ya se nos hicieron normales.
Desde la llegada de Hugo Chávez a la presidencia en 1999, Venezuela comenzó a
construir un intento de sociedad más justa y solidaria. No fue, en sentido estricto, una
revolución socialista “clásica”, con patrones “ortodoxos” de marxismo. De todos modos,
resultó un fenomenal grito de protesta, grito de resistencia luego de las sangrientas
dictaduras que barrieron todo el territorio latinoamericano, a partir de las cuales se
implementaron luego los infames planes neoliberales que empobrecieron más aún a los
ya eternamente empobrecidos. Grito de guerra clamando justicia que se escuchó en todo
el planeta. Con su llegada, después de lo que parecía condenado al olvido, se volvió a
hablar y trabajar en pos del socialismo, del antiimperialismo, de la Patria Grande de
Latinoamérica con una integración desde abajo, popular. Venezuela y la Revolución
Bolivariana insuflaron esperanzas.
Fue por ello, y a partir del manejo nacionalista que hizo el proceso bolivariano de sus
ingentes reservas de petróleo, que el gobierno de Estados Unidos comenzó a torpedearlo.
Chávez en el poder y la movilización popular que ello implicaba, impedían a Washington
disponer a sus anchas de ese oro negro, tal como estaba en sus planes geoestratégicos.
Por eso hizo lo imposible por terminar con la Revolución Bolivariana. Intentó de todo:
golpes de Estado, paro patronal, movilizaciones callejeras, sabotajes, infiltraciones,
interminables sanciones económicas, desprestigio mediático, hasta que el comandante
enfermó de cáncer. Quedó siempre la duda sobre qué pasó allí; ciertas hipótesis ven en
esa dolencia, que lo llevó a la muerte en el 2013, la mano criminal del imperialismo.
Muerto Hugo Chávez, el proceso siguió adelante, pero ya bastante golpeado. Un conjunto
de factores, entre los cuales la terrible agresión de Estados Unidos es la principal, fueron
minando el original proyecto transformador. Y esa desaceleración de los cambios terminó
el 3 de enero del presente año con el secuestro del presidente Nicolás Maduro.
¿Qué pasó ahí? Algunas voces indican que los invasores norteamericanos usaron una
tecnología de super avanzada, un arma que ensordecía a las tropas venezolanas y
bloqueaba los gatillos de los fusiles. ¿Lo podremos creer? Suena un poco a ciencia-
ficción peliculesca. El representante de la Federación Rusa ante la Organización de las
Naciones Unidas, Vasili Nebenzia, indicó que en esa operación hubo una entrega: “En
Venezuela ha habido una traición, sin duda alguna, lo reconocen abiertamente. Una parte
de los altos cargos ha traicionado, de hecho, al presidente Nicolás Maduro.” Agregando
que eso no podría pasar en Cuba, porque allí hay otra historia y una revolución más
solidificada.
El ministro de Economía y Planificación de Cuba, Joaquín Alonso, teniendo en cuenta que
en esos hechos murieron 32 cubanos que estaban custodiando el bunker de Maduro,
indicó sin cortapisas que “traición es traición”, y ello no admite otro término. Es curioso
que, hasta ahora, el gobierno de Caracas no ha dado una explicación oficial del asunto.
Lo cierto es que después de esa operación, la historia de Venezuela cambió radicalmente.
De aquel histórico “aquí huele a azufre” de Chávez en su alocución en la ONU en el 2006
refiriéndose al presidente estadounidense, en ese entonces George Bush hijo, ahora se
llegó, por parte de la actual mandataria venezolana, a un agradecimiento al actual
presidente de la Casa Blanca, Donald Trump, el mismo que invadió hace unos meses
atrás. Mientras el invasor, muy dominante y con gesto amenazador dice en su agresivo
discurso en la Asamblea General de la ONU que “el vencedor se lleva el botín”, la
representante del país agredido, en pose genuflexa, le agradece “por su disposición a
retomar el camino de las relaciones diplomáticas y de cooperación con Venezuela”.
¿Chávez se estará revolcando en la tumba?
Entre algunas de las estrategias que intentó el imperialismo para derrotar a la Revolución
Bolivariana se encuentran oscuros y cuestionables personajes, con más oscuras y
cuestionables -repugnantes, deleznables- maniobras, como Juan Guaidó, nombrado por
Washington “presidente encargado”, payasada que no trajo ninguna consecuencia. O
María Corina Machado, la principal opositora al chavismo, miembro de una de las familias
más ricas de la oligarquía venezolana, que a gritos pedía la intervención militar
estadounidense, y terminó realizando un atroz acto de genuflexión, otorgando la medalla
de su cuestionado Premio Nobel de la Paz al presidente Trump. Ninguno de ellos llegó a
servir finalmente como ariete para derrocar al proceso bolivariano. Pero sí la actual
presidenta a cargo que, se supone, es del círculo de confianza del chavismo. Difícil de
entender ¿verdad?
Comentan venezolanos que tienen buena información (yo no soy venezolano de origen ni
tengo buena información) que en octubre de 2025 en Qatar se negociaron las cosas que
ocurrieron ese fatídico 3 de enero del 2026, y las que siguieron después. ¿Y qué siguió?
El país, tan distinto a ese “aquí huele a azufre” de Chávez de hace unos años, pasó a ser
un virtual protectorado del imperio. La Ley de Hidrocarburos, aprobada a velocidad de
rayo, abrió las puertas a un saqueo inmisericorde. El “contrato” petrolero suscrito luego
entre Washington y Caracas no es un contrato: es la certificación legalizada de un saqueo
monumental. El petróleo que Estados Unidos no pudo robar en Irán lo consigue ahora en
su patio trasero, y prácticamente sin disparar un solo tiro. Los neofascistas funcionarios
de la Casa Blanca se sienten “muy contentos, muy complacidos” con el sumiso actuar de
la actual administración venezolana, que públicamente, en la ONU, agradece a Trump el
haber retomado tan buenas relaciones con el país caribeño. Algo no termina de encajar.
¿Esa era la propuesta de Chávez? Según dijera el comandante, al igual que Fidel en
Cuba, si llegara la invasión, hay que estar en la primera fila defendiendo a muerte la
patria. No parece que esté pasando eso ahora en suelo venezolano. ¿Inteligente
estrategia de la cúpula gobernante para preservar la paz social? ¿Lo podremos creer?
Lo que ahora está ocurriendo en el país, según afirma un observador crítico y con
conciencia social como Manuel Medina, venezolano que acompañó al chavismo histórico,
“Está escribiendo las peores páginas de nuestra historia, a pesar de sus costosas prendas
de vestir y forzadas poses y sonrisas de triunfo, propias de la sabiondez de los ‘expertos’
en el mercadeo de la politiquería. ¿A quiénes pretende engañar, una y otra y otra vez?
(…) Se acabó el engaño. Ustedes [refiriéndose a las actuales autoridades de Miraflores],
cipayos coaligados, son las dos caras de la tragedia histórica de robo, traición al pueblo,
empobrecimiento social y pérdida de la Independencia Nacional. No se vistan, que no
van. El pueblo venezolano está clarito, los conoce bien y continúa en su búsqueda
exigente del camino ético y moral para la reconstrucción integral de Venezuela, Patria de
Libertadores (no de cipayos vendepatrias).” Es altamente demostrativo de esto lo
declarado por el actual presidente de la Asamblea Legislativa, Jorge Rodríguez, unos días
después del secuestro de Maduro y su esposa en un programa televisivo de Estados
Unidos, afirmando que la idea socialista quedó atrás, encaminándose Venezuela entonces
hacia una abierta “economía de mercado”. ¿Adiós al socialismo del silgo XXI?
Cuesta creer -y eso es lo que duele como latinoamericano, como persona que apuesta
por una sociedad de equidades, como alguien que, quizá con criterio crítico, pero que
siempre vio en la Revolución Bolivariana una posible luz de esperanza- lo que ahora
Miraflores aprueba alegremente, sin chistar, con una pistola yanki apuntándole en la
cabeza, aceptándolo con resignación: la autorización para la presencia militar del
Comando Sur en suelo patrio, el restablecimiento de relaciones con los organismos
crediticios de Breton Woods (FMI, BM y BID: los siniestros chupasangres de
Latinoamérica y del mundo), la ley de amnistía que libera a los golpistas
contrarrevolucionarios, el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Israel. ¿Se
vuelve a la Venezuela saudita orgullosa de tener muchas Miss Universo y comprar en
Miami?
Groenlandia: protectorado de Estados Unidos en territorio europeo; Venezuela:
protectorado de Estados Unidos en territorio latinoamericano. ¿Por qué la gente en la
patria de Bolívar no reacciona? Complejo. De hecho, hay protesta, pero referida casi
exclusivamente a la terrible situación económica que se padece. ¿Se acepta alegremente
la presencia de tropas norteamericanas en suelo venezolano como parte de la “ayuda
humanitaria” luego de los fatídicos terremotos de junio pasado -provocados, según
algunas hipótesis- y la soberbia altanera de Marco Rubio, virtual procónsul, manejando el
petróleo? No, pero parece que la savia revolucionaria se ha apagado. ¿Será hora de
reaccionar? Entiendo que decirlo desde fuera del país es fácil…. ¡pero hay que decirlo!
Insisto: Venezuela duele, ¡y duele mucho! Pero no duele solo la altanería bravucona del
invasor, sino que duele, y quizá más, la actitud de la misma gente -¡alguna gente!, no
toda, aclaremos- del país que se arrodilla ante el amo.
