IZQUIERDA DURA PARA TIEMPOS DUROS

Por: Yezid Arteta Dávila 

La imagen del alcalde de Saint-Denis, Bally Bagayoko, con los brazos extendidos para proteger a los estudiantes franceses de las cargas policiales, evoca a una gallina que, ante la amenaza de un ave de rapiña, cobija bajo sus alas a sus polluelos y se ofrece a recibir sobre sí todo el peligro. Un momento épico, como arrancado de las páginas de «Los miserables», de Victor Hugo, o del lienzo de «La libertad guiando al pueblo»», de Eugène Delacroix. Son tiempos ásperos, tiempos que no admiten burócratas ni espectadores, sino personas dispuestas a actuar. Ante la represión, la arbitrariedad, la incompetencia, la crueldad y el cinismo que se ciernen sobre la mayoría social de Colombia, el país necesita una izquierda firme, dura e incorruptible, capaz de estar a la altura de la gravedad de su tiempo.

La izquierda dura, Viejo Topo, no puede confundirse con los provocadores, encapuchados, rompevidrios, frikis y minoristas de droga que se amontonan en los alrededores de los campus universitarios para aprovechar el caos y pescar en río revuelto. Mucho menos cabe reducir estas movilizaciones a “masas” que siguen dócilmente a un predicador. La dirigencia provisional del Pacto Histórico colombiano haría bien en comprender cómo se comunican y se organizan los jóvenes de hoy, pero, ante todo, en no menospreciar el nivel de apropiación ideológica que han alcanzado y que los ha convertido en una fuerza decisiva detrás de las grandes movilizaciones sociales. Pasó en Latinoamérica y ahora ocurre en Francia y España. Volverá a Latinoamérica. Son cientos de miles de jóvenes que tienen motivos para protestar y que han decidido expresar su descontento de forma radical, clara y sin ambigüedades.

Tú sabes, Viejo Topo, que no soy partidario de cambiar de opinión al ritmo de las redes sociales ni de acomodar la barca cada vez que cambia el viento. La mejor musculatura, ya se sabe, se forma nadando contra la corriente. Pero hay quienes hacen exactamente lo contrario: un día son petristas y al siguiente antipetristas; ayer celebraban a Iván Cepeda por llevar a Uribe a los tribunales y hoy lo encuentran aburrido. También ayer exaltaban la campaña “moderna” y “enérgica” de Lula en Brasil para descalificar por “monótona” la de la izquierda colombiana. Ahora que Lula pierde la primacía en la primera vuelta, no saben para dónde coger y se refugian en una sucesión de lugares comunes sobre la inteligencia artificial y las aspiraciones de los pobres y los jóvenes, todo sin orden ni concierto. 

A Abelardo la Presidencia le queda como un vestido prestado: demasiado largo, demasiado ancho y, sobre todo, demasiado grande para su estatura política. Quizá por eso se siente más a sus anchas en el universo de las cárceles, ordenando el traslado de condenados y sindicados de un penal a otro con la concentración de quien juega una partida de damas chinas. Allí parece encontrar su verdadera vocación: mover personas como fichas, empujándolas de un lado a otro, al estilo del Sokoban, aquel clásico videojuego japonés en el que avanzar consiste precisamente en desplazar cajas hasta encontrarles un lugar. Según los pseudoanalistas, Abelardo está ganando la partida mediante vídeos creados con IA por sus cachorros y el concurso de unos influencers expertos en fabricar mentiras.

“Cutre” es una expresión del argot español para describir algo sucio o de mal gusto. Mi madre, que era una profesora estricta, la empleaba —mientras me lanzaba una chancleta a guisa de reprensión— para referirse a mi pescuezo, atravesado por argollas de mugre después de jugar a la bola de trapo, a pie limpio y sin camisa, en las calles del barrio El Carmen de Barranquilla. Los niños y adolescentes, plenamente inmersos en un mundo digital y visual, detectan enseguida lo que consideran cutre cuando está hecho con IA. Para ellos, la tecnología no añade valor por sí sola: lo que importa es el estilo, la creatividad y la originalidad. A la propaganda cutre de Abelardo no se la derrota renunciando a la tecnología, sino haciendo algo mejor con ella: más original, más atractivo y mejor diseñado, como llevan haciendo los socialistas neoyorquinos y alemanes para desalojar a los fascistas de sus ciudades. La batalla no es contra la tecnología, sino contra su uso cutre.

La organización, la capacidad de lucha y los valores de los jóvenes que hoy llenan las calles y las plazas durante días y semanas constituyen una realidad política que no podemos ignorar. Compañero Petro, es hora de dejar atrás la concepción según la cual las direcciones políticas pueden decretar las marchas y los paros antes de que el descontento haya echado raíces en la sociedad. La movilización popular no se decreta: se construye, se organiza y madura desde abajo. Y son los jóvenes quienes, en Colombia y en muchas otras partes del mundo, están ocupando la primera línea de las luchas por el cambio. 

Jóvenes, Viejo Topo, que reclaman también su lugar en los espacios donde se decide el rumbo del Pacto Histórico. El bolígrafo y la dedocracia pertenecen a otra época y no hacen más que alimentar el desencanto de las nuevas generaciones. Los influencers y youtubers dedicados a producir basura para engordar sus bolsillos empiezan a quedar rezagados, mientras ganan terreno quienes ofrecen contenidos de calidad, pensamiento y estilo. Reivindicarse socialista, volver a Marx y Bakunin y recuperar la memoria de las grandes revoluciones sociales no es “mamertismo”, por más que algunos frikis se empeñen en etiquetarlo así. Es, por el contrario, una corriente que vuelve a crecer entre jóvenes empobrecidos por un capitalismo que concentra cada vez más riqueza y poder en una reducida minoría de oligarcas.

Colombia, Viejo Topo, necesita una izquierda dura, con carácter, capaz de desmontar la impostura de Abelardo y derrotarla en el terreno político.

Recomendación: «La bola negra», la nueva película española de Javier Ambrossi y Javier Calvo —Los Javis—, inspirada en una obra teatral inconclusa de Federico García Lorca, se perfila, a mi juicio, como la candidata española más firme para ganar un Óscar. La película combina la representación de la brutal violencia fascista durante la Guerra Civil española con una conmovedora historia de amor que sobrevive a las diferencias, las heridas y el paso del tiempo. La potencia de las escenas se ve reforzada por una fotografía de gran belleza y una banda sonora que envuelve y estremece al espectador. A ello se suma la breve, pero significativa, presencia de dos grandes figuras internacionales, Penélope Cruz y Glenn Close, que elevan aún más el resultado de una película llamada a dejar huella en el cine español.

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