¿Quién le teme a Steve Bannon? Guerra cognitiva y deyecciones ideológicas imperiales

Por: Fernando Buen Abad

Esta pregunta no concierne únicamente a un individuo, a su trayectoria política ni a las operaciones ideológicas que lo han convertido en una figura emblemática de la extrema derecha estadunidense. Interroga, en realidad, una zona más profunda de la conciencia contemporánea: ¿qué sucede con una sociedad cuando la degradación del lenguaje se convierte en método de intervención política, cuando la obscenidad adquiere estatuto de franqueza, cuando la crueldad pretende hacerse pasar por lucidez y cuando la demolición de los vínculos humanos se publicita como una forma superior de libertad?

Steve Bannon representa, en ese horizonte, algo más significativo que una personalidad polémica: encarna una modalidad de combate semiótico que emplea la provocación, la polarización, el resentimiento y la fabricación sistemática de antagonismos para disputar la organización simbólica de la vida colectiva.

“Los demócratas no importan. La verdadera oposición son los medios. Y la forma de lidiar con ellos es inundar la zona de mierda”.

No se trata de atribuirle poderes sobrenaturales ni de convertirlo en protagonista de una mitología invertida, sino de examinar críticamente las condiciones materiales, mediáticas y culturales que permiten a semejantes estrategias encontrar interlocutores, amplificadores y beneficiarios.

El problema no es solamente Bannon; es también la estructura de recepción que hace posible presentar la barbarización del discurso como emancipación, anunciar la vulgaridad como autenticidad y vender el deterioro de la inteligencia pública como rebelión contra las élites. ¿Quién le teme, entonces?

Le temen quienes comprenden que la política no se disputa exclusivamente mediante leyes, presupuestos, instituciones o correlaciones de fuerza, sino también a través de signos, afectos, imaginarios y hábitos perceptivos. Le temen quienes saben que una sociedad puede ser desposeída de su capacidad crítica mucho antes de que se le arrebaten formalmente sus derechos; quienes reconocen que la deshumanización comienza cuando ciertas personas dejan de aparecer ante nosotros como sujetos de dignidad y empiezan a ser representadas como desechos, invasores, parásitos, enemigos absolutos o material prescindible.

En ese desplazamiento semántico se juega una de las operaciones más peligrosas del poder contemporáneo: transformar al adversario en una entidad moralmente expulsable, despojada de la complejidad que permitiría comprender sus circunstancias, discutir sus ideas o combatir sus intereses sin renunciar a los principios de humanidad que justifican la propia lucha.

Nuestra semiótica crítica debe penetrar en esa maquinaria sin dejarse fascinar por su estridencia. Ha de estudiar cómo se producen los significados, quién controla sus circuitos de circulación, qué intereses materiales se ocultan detrás de determinadas representaciones y de qué manera se articulan los signos aparentemente espontáneos para construir hegemonía.

Desde una perspectiva marxista, semejante análisis exige vincular la superficie discursiva con las relaciones sociales de producción, las disputas por el poder y las contradicciones de una sociedad atravesada por la mercantilización de la experiencia. El escándalo no es una sustancia inocente: puede convertirse en mercancía, la indignación en combustible publicitario y la atención pública en una fuente extraordinaria de rentabilidad política.

Allí donde la industria mediática premia el estruendo por encima de la argumentación, la mentira puede adquirir una ventaja competitiva; allí donde los algoritmos privilegian la reacción inmediata, el odio encuentra condiciones propicias para reproducirse; allí donde el sufrimiento ajeno se transforma en espectáculo, la sensibilidad colectiva corre el riesgo de atrofiarse hasta confundir la exposición reiterada a la violencia con una comprensión más profunda del mundo.

No basta, por tanto, con denunciar la inmundicia discursiva: hay que comprender la economía política que la produce, la tecnología que la amplifica y la cultura que la normaliza. Ese examen exige, además, preguntarse qué concepción de la humanidad está implícita en tales procedimientos. La idea de enmierdarlo todo, entendida como principio de intervención simbólica, no consiste simplemente en emplear palabras groseras o transgredir convenciones de cortesía.

Su dimensión más corrosiva aparece cuando se procura ensuciar la percepción misma de lo humano, contaminar la conversación pública con sospechas indiscriminadas y envilecer la deliberación hasta volverla irreconocible. Se busca que ninguna afirmación de verdad, justicia o solidaridad conserve suficiente credibilidad para orientar la acción colectiva.

Es una política de la saturación: inundar el espacio común con tal cantidad de ruido, desprecio y contradicción que distinguir entre hechos y falsedades parezca una tarea inútil y la ciudadanía termine refugiándose en identidades cerradas, adhesiones emocionales o lealtades carentes de examen crítico.

Cuando todo parece corrupto, la corrupción deja de escandalizar; cuando todos son presentados como enemigos, la enemistad pierde su carácter excepcional y se convierte en atmósfera; cuando el engaño se multiplica hasta el agotamiento, lo verdadero corre el peligro de ser percibido como otra opinión intercambiable.

Esta degradación no debe confundirse con una victoria definitiva de quienes la promueven. El nihilismo puede paralizar, aunque también es posible desenmascararlo; la provocación desorganiza la conciencia, pero a la vez revela las fragilidades de un orden que ha permitido instrumentalizar la desesperación social en nombre de una grandeza imaginaria.

Precisamente por eso, la respuesta democrática no puede limitarse a reproducir, con signo ideológico contrario, los procedimientos que pretende combatir. Si la extrema derecha envilece el lenguaje, no se la derrota haciendo de la vulgaridad una virtud; si transforma la política en espectáculo de humillación, no se la supera multiplicando los agravios; si fabrica enemigos para administrar el resentimiento, no se construye emancipación inventando nuevas categorías de seres humanos indignos.

La imitación táctica puede parecer eficaz a corto plazo, pero entraña una derrota estratégica: quien adopta la gramática del adversario termina aceptando, incluso sin advertirlo, parte de su concepción del mundo.

La crítica semiótica debe ser, por ello, una práctica capaz de desarticular las asociaciones fraudulentas entre fuerza y crueldad, sinceridad y brutalidad, libertad y desprecio. A la vez, ha de reconstruir las condiciones culturales para argumentar la verdad, comprender la justicia y experimentar la solidaridad como una potencia material, no como un ornamento sentimental.

Dignificar a la humanidad es mejor que ensuciarla porque la dignidad no constituye una concesión retórica, sino una condición histórica indispensable para cualquier proyecto auténticamente emancipador. Esto no significa ocultar los conflictos, absolver a los poderosos ni sustituir la lucha política por una moralina conciliadora.

Implica comprender que la crítica rigurosa puede ser implacable sin ser deshumanizadora, que la denuncia documentada posee mayor fuerza que la injuria indiscriminada y que la transformación de las estructuras injustas exige ampliar la inteligencia colectiva, no reducirla a una sucesión de reflejos biliosos.

Supone restituir a las personas su condición de sujetos históricos, capaces de comprender las determinaciones que las atraviesan, cuestionar las instituciones que las subordinan y participar en la creación de relaciones sociales menos alienantes.

Esa tarea exige combatir la explotación, la desigualdad y la manipulación sin convertir a quienes padecen sus consecuencias en objetos de desprecio. No se realiza mediante una idealización abstracta de los comportamientos humanos, sino a través de cambios concretos en las condiciones que producen humillación, ignorancia, precariedad y dependencia.

Aquí reside una diferencia fundamental entre el humanismo emancipador y la retórica vacía: el primero investiga las causas, organiza capacidades y transforma relaciones; la segunda se limita a pronunciar palabras edificantes mientras deja intactos los mecanismos de la degradación.

¿Quién le teme a Steve Bannon? Le temen quienes reconocen la potencia de una política capaz de convertir el resentimiento en identidad y la confusión en instrumento de gobierno. También deberían temerle quienes, al combatirlo, se muestran dispuestos a sacrificar sus propios principios en el altar de la eficacia inmediata.

Una democracia puede sobrevivir a una personalidad autoritaria y, sin embargo, quedar profundamente dañada si incorpora como hábitos permanentes el desprecio, la mentira y la deshumanización.

El verdadero desafío consiste en impedir que la excepción grotesca se transforme en norma cultural, que el lenguaje público pierda su capacidad de nombrar la realidad y que la ciudadanía termine considerando inevitable aquello que debiera combatir.

Frente a esa amenaza, hace falta una superioridad intelectual, ética y política capaz de explicar sus mecanismos, exponer sus intereses y organizar alternativas verificables. La tarea consiste en conquistar una coherencia entre el lenguaje de la emancipación y las prácticas que pretenden realizarla.

Allí donde el desprecio procura reducir al ser humano a una caricatura, la crítica debe devolverle su espesor histórico; allí donde la manipulación fragmenta la experiencia común, la organización colectiva ha de reconstruir vínculos; allí donde la mentira pretende clausurar la posibilidad de una verdad compartida, el conocimiento debe recuperar su función pública. La dignidad no es debilidad, del mismo modo que la crueldad no es fortaleza y la estridencia no equivale a inteligencia.

La cuestión decisiva, por consiguiente, no es si debemos temer a Bannon como individuo, sino si seremos capaces de comprender y enfrentar el sistema de significaciones que convierte la degradación en espectáculo, el odio en mercancía y la desesperanza en obediencia. La respuesta exige lucidez teórica, organización democrática, educación crítica y una voluntad inquebrantable de transformar las condiciones materiales de la existencia.

Frente a la tentación de enmierdarlo todo, dignificar a la humanidad es una decisión filosófica, una posición política y una responsabilidad histórica. No porque sea inocente, perfecta o ajena a sus contradicciones, sino porque únicamente al reconocerse en su complejidad podrá superar las formas de dominación que la mutilan.

La inmundicia puede conquistar titulares, ocupar pantallas y producir adhesiones fugaces; la dignidad, cuando se convierte en conciencia organizada y práctica transformadora, puede modificar el curso de la historia. Y esa es, en última instancia, la diferencia entre administrar el envilecimiento del mundo y trabajar para hacerlo humanamente habitable.

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Guerra por el sentido

Por: Fernando Buen Abad

Es crucial que el siglo XXI se entienda como el siglo de las guerras por el sentido, porque la disputa decisiva no ocurre únicamente sobre territorios, mano de obra, recursos, tecnologías o instituciones; ocurre sobre la capacidad de nombrar, clasificar, jerarquizar y volver inteligible el mundo. Entendemos aquí que la filosofía de la semiosis tiene hoy una tarea que rebasa la interpretación sobre los medios, modos y relaciones de producción de sentido, que debe investigar y transformar el cómo se fabrica socialmente aquello que una época aprende a considerar verdadero, natural, deseable o inevitable. Quien consigue imponer el significado de “libertad”, “democracia”, “seguridad”, “progreso”, “mérito”, “naturaleza”, “trabajo” o “verdad” no ha conquistado todavía la realidad, pero ha avanzado sobre el territorio donde la realidad comienza a ser percibida.

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Granjas de bots, guerra semiótica y delincuencia ideológica tecnificada Granjas de bots, guerra semiótica y delincuencia ideológica tecnificada

Por: Fernando Buen Abad

Una granja de bots no produce únicamente mensajes falsos: produce la evidencia de nuestra incapacidad para intervenir en la guerra cognitiva que se despliega por todo el mundo, sin leyes; sin organización social activa, crítico-científica; sin acción gubernamental decisiva. Se produce una realidad social degradada y degradante, una atmósfera ideológica de las ultraderechas, en la que lo repetido adquiere apariencia de verdad, lo emocional suplanta a lo demostrable y la multitud parece hablar cuando, detrás de miles de perfiles, apenas respiran unos cuantos operadores mercenarios, algoritmos y centros de decisión distorsionante.

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La guerra cognitiva es un caballo de Troya cibernético

Por Fernando Buen Abad

Eso que se llama “guerra cognitiva” se configura hoy como una de las formas más sofisticadas de intervención sobre la vida social, no ya mediante la ocupación territorial clásica ni exclusivamente a través de la coerción económica directa, sino mediante la colonización sistemática de los procesos de producción de sentido.

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Solidaridad con Cuba no es filantropía, es futuro

Por: Fernando Buen Abad

Solidarizarse con Cuba no es un gesto accesorio ni una concesión sentimental en la retórica de la beneficencia; es, en su sentido más profundo, una afirmación histórica del porvenir. No se trata de un acto moral aislado, sino de una práctica consciente que interpela la estructura misma de las relaciones sociales contra el capitalismo contemporáneo.

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Solidaridad humanitaria manoseada.

Por: Fernando Buen Abad

Es inaceptable el manoseo imperial contra la solidaridad humanitaria. Reinan los chantajes en una escena de atropellos donde el poder imperial obstaculiza, ayuda y convierte la necesidad en moneda de odio. No es una metáfora ligera ni una hipérbole retórica, es una estructura semiótica concreta en la que el signo “solidaridad” ha sido vaciado de su contenido ético para ser rellenado con la lógica coercitiva del mercado y la geopolítica imperial.

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¿Qué hay de nuevo, Davos?

Por: Fernando Buen Abad

Davos es un ritual anual de apareamiento simbólico (y no sólo) entre capitales, Estados y corporaciones. Davos, y su reunión de jerarcas del Foro Económico Mundial (WEF), del 19 al 23 de enero de 2026, no empieza con sus discursos, sino con su escenografía, un valle alpino pulcro, blindado, nevado, donde el frío funciona como metáfora de la distancia social y moral entre quienes deciden y quienes padecen. Davos es un signo antes que ser un evento. Un signo que se repite cada año para reafirmar una idea central del capitalismo tardío: el mundo está en crisis, pero la crisis se administra mejor desde salones calefaccionados, con credenciales colgadas al cuello y un lenguaje que simula preocupación mientras protege intereses. Hablar de Davos es leer un texto cargado de símbolos hegemónicos, silencios y gestos calculados, donde el significado nunca coincide del todo con lo que se dice. El lema de este año es “A spirit of dialogue” (Un espíritu de diálogo) y su plan es fomentar cooperación y conversaciones francas en un mundo cada vez más dividido.

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Semiótica del reloj

Por: Fernando Buen Abad

Ilusión de lo nuevo

Ese sentido que le damos al tiempo no se agota en la sucesión de segundos ni en la obediencia mecánica a un calendario; es una construcción histórica, simbólica y material que organiza la vida social, las expectativas y las promesas. El año nuevo significa tanto para tantas personas porque condensa, entre fenómenos múltiples, un umbral arbitrario pero poderoso, la ilusión de recomenzar, de limpiar cuentas con el pasado y de renegociar el vínculo entre lo que somos y lo que deseamos ser. Y es una línea de fuga histórica.

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Semiótica de una verdad mercantil en tiempos de Navidad

Por: Fernando Buen Abad

Sobre el pesebre de la “verdad mercantil”, en tiempos de Navidad, los mercenarios de las necesidades afectivas y las industrias del festín consumista acurrucan un plan comercial muy rentable, que millones de seres humanos celebran religiosamente con sus salarios.

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Fetichismo del dólar

Por: Fernando Buen Abad

Mr. Trump nos deja ver que el dólar no es sólo papel moneda. No es sólo un número. No es una cifra flotante. No es un símbolo inocente. El dólar es, en la trama de la semiosis hegemónica del capital, una de las armas más letales de la guerra económica global. Su potencia destructiva no reside sólo en su función cambiaria o en sus efectos financieros; radica en el fetichismo que lo recubre.

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