Flor de pito

Por: Ilka Oliva Corado

Buscando sus helados de café y vainilla en el área de productos congelados, Baudilia descubrió un nacimiento, fue como haberse reencontrado su cinco favorito, su tira, después de haberlo buscando en el chiquero de los coches, abajo del tapesco1 de las gallinas, en la esquina donde duermen las cabras, en el nido de plumas de las coquechas 2 y hasta por debajo de las piedras de los dos metros de piedrín que sobraron de la construcción del tapial de la casa. Su tira3 favorita que siempre le dio suerte para ganar al triángulo, a los hoyitos y la tortuga.

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Fresco de rosa Jamaica

Por: Ilka Oliva-Corado

En otros tiempos las guayabas las hubiera comprado en la aldea a diez len[1] cada una, guayabonas galanas del tamaño de su mano, pero en cambio esas guayabas churucas[2] dan más lástima que gusto, carísimas como todo, hoy en día hasta el aire que se respira sale caro, reflexiona Toña, viendo cómo ajusta su salario estirando los centavos.  

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Licuando Frutas

Por: Ilka Oliva Corado

Tanita siempre anheló un licuado de frutas, un sueño inalcanzable en su infancia. Las licuadoras eran voladas de las que hablaban en los anuncios de radio cuando sintonizaban a Porfirio Cadena “El ojo de vidrio”. Qué emoción, recuerda Tanita, cuando llovía en la radio, escuchar los truenos que sacudían la lámina de la casa, el sonido de las manitas de los caballos caminando sobre el adoquín: taca, taca, taca, ta…  

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Melaza de granada

Por: Ilka Oliva Corado

Despierta, observa el reloj, son las cuatro y veintidós de la madrugada.  Abraza las sábanas y se estira en la cama, se levanta y pone a hervir el agua para el café. Se cepilla los dientes y mientras el agua hierve Cecilio se asoma a la ventana, del otro lado una oscurana espesa que pronto dará paso al amanecer le recuerda que son los últimos días del verano. 

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Un día de sol

Begoña se envuelve en una frazada que agarra del sillón de la sala y baja las gradas del edificio, vive en el tercer nivel.  Enciende el carro y vuelve a su apartamento, echa cuatro cucharadas de café en la cafetera y dos tazas de agua, en lo que está listo el café se va a bañar con agua fría para terminar de despertarse, el reloj marca las tres y cuarto de la madrugada. Es sábado, comienzos de primavera, en el restaurante la esperan a las cuatro en punto.  

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La sombra del palo de achiote

Ilka Oliva-Corado.

A los 7 años Cándido emigró a la capital con cinco primos más, un tío se los llevó para que empezaran a trabajar y ayudaran en los gastos de la casa, en las madrugadas lo ayudan con su venta de jugos de naranja, atol y panes con frijoles que pone cerca de la pasarela de la avenida Bolívar; durante el día trabajan en un lava carros y en las noches le ayudan con la venta de elotes y güisquiles cocidos que venden en canastos cerca de la pasarela del Aguilar Batres y el periférico, para aprovechar cuando salen los alumnos de la Universidad de San Carlos.

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Las sandalias de Tana

Ilka Oliva-Corado

Observa las yemas de sus dedos agrietados por el uso de tanto químico, sus manos que trabajaron la tierra limpian desde hace 24 años restaurantes y centros comerciales, originaria de Camotán, Chiquimula, Guatemala, Tana dejó su indumentaria indígena, de la etnia maya ch’orti’ y se puso un pantalón de lona, una playera, unos zapatos tenis y emigró junto a otras 15 muchachas de su comunidad. Su pueblo, corredor seco, dejó de ser desde hace décadas la tierra fértil que alimentaba las raíces de los sembradíos; sin agua y sin comida tanto Tana como cientos de pobladores se han visto obligados a emigrar, unos hacia la capital, otros para Honduras y los más decididos agarran camino hacia Estados Unidos; unos con ayuda económica de familiares que ya están en el país y otros solamente con lo del pasaje para la capital y  con la fe de que el Señor de Esquipulas  les abrirá el camino.

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El retorno de Yeyo y los nietos de Papayo

Yeyo creció viendo cómo a su padre se le astillaba la espalda de tanto cargar sobre los hombros racimos de bananos tiernos en los días infernales del trópico en Chiapas y; a su madre llenarse de quemaduras los brazos haciendo dobladas de papa para vender a las afueras de la finca. Trabajadores de mil oficios, hicieron malabares para lograr sobrevivir como indocumentados en Tapachula, México; siempre en trabajos precarios, de mala paga y sin prestaciones, recorrieron el estado revés y derecho y siempre fue el mismo trato y pago.

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El eco del canto de los gallos

Ilka Oliva-Corado

Agarra a su hijo Yeyo, lo envuelve en el perraje y se lo pone en la espalda. Sobre la mesa coloca dos mudas de ropa, su peineta, los talcos del niño, un bote de crema para la cara, un par de zapatos con las suelas rotas -que piensa que las puede mandar a arreglar cuando llegue- un sobre con fotografías y unos pedazos de playeras que hizo pañales.

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El anhelo de Catalino Sixto

Ilka Oliva-Corado

Son las 11 de la noche, llevan 16 horas entre la basura, montañas y montañas de basura, buscando cobre, vidrio, cartón y plástico. Cuando tienen suerte encuentran galletas y golosinas empaquetadas, se las comen de un bocado, aunque muchas veces se han intoxicado pero la necesidad puede más, es la vida de los recolectores de basura, piensa Catalino Sixto que también le ha escuchado decir lo mismo a sus papás y a los vecinos de la colonia donde viven.

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