La cualidad de lo simple

Por: Miguel Posani

En el vasto territorio del conocimiento humano, estamos acostumbrados a descomponer las cosas para entenderlas. Un «automóvil» se explica por su motor, sus ruedas, su chasis y muchas otras características; una mesa puede ser explicada también, un plano generalmente cuadrado y horizontal de determinadas dimensiones que se sostiene sobre cuatro columnas; la «felicidad» se analiza a través de la neuroquímica, la psicología y las circunstancias sociales. Este es el reino de lo complejo. Pero, ¿qué ocurre cuando nos topamos con un concepto que no tiene partes? ¿Cuándo intentamos definir algo que es, en esencia, irreducible? El filósofo británico G. E. Moore, en su obra “Principia Ethica” (1903), se enfrentó a este mismo problema con el concepto de «bien». A través de su lógica, nos presentó la noción de las «cualidades absolutas simples», ideas como «bien» o «Dios» que no pueden ser definidas sin caer en una falacia, (que es un vicio o un error en el razonamiento que hace que una conclusión parezca válida o convincente), y que, sin embargo, es la base para comprender todo lo demás.

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La ladilla del neuroreduccionismo

Por: Miguel Posani

Este mundo lleno de incertidumbre lleva al hombre a agarrarse a la primera aparente certeza que consiga y nadie escapa a eso. Lo observamos en el área de las ciencias sociales en donde cada actor busca un marco lógico al que ahorcarse y rendirle pleitesía buscando así redimirse de sus inseguridades diarias en su praxis profesional o terapéutica. Constantemente constato a psicólogos y psiquiatras que como niños con un juguete nuevo tratan de hacer entrar la complejidad de la vida humana por el aro estrecho e interpretativo de su juguete teórico explicativo, y este es el caso del prefijo “neuro” que ahora se lo ponen a cualquier cosa, es como un reggaetón epistemológico que inunda toda posibilidad de comprensión más amplia.

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El bucle mortal que devora a Israel e Irán

Por: Miguel Posani

Me asombró el nivel de desarrollo de Teherán, una ciudad más grande que Caracas pero coronada por una montaña que me evocaba el Ávila. Cuando estás ante algo diferente buscas similitudes. El clima era frío, la comida, exquisita, y sus habitantes, notablemente amables y considerados. Sin embargo, más allá de estas impresiones iniciales, me embargó una profunda sensación de extrañeza, de “alienidad’”. Como en otras culturas radicalmente distintas, tuve la vívida impresión de hallarme en otro planeta. Es una paradoja fascinante, aunque todos compartimos una misma humanidad, ciertas culturas nos confrontan con una diferencia tan marcada como curiosamente reveladora. Es como cuando viajamos por autopista a Quom y ves a tu izquierda una inmensa masa de algo que cubre todo el horizonte y te dicen que no es lluvia sino una tormenta de arena. O cuando observas de cerca una inmensa piedra negra escrita toda en cuneiforme hace miles de años. Ya transportaban información en el tiempo.

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La viscosidad cotidiana que te envuelve

Por: Miguel Posani

No nos damos cuenta de nuestro afán cotidiano, que muchas veces no logramos reflexionar sobre nuestra vida sino solamente en una perspectiva instrumental y funcional. No logramos distanciarnos de ella, notar lo absurdo, lo inútil, lo inhumano porque el traficar cotidiano nos come. Y cuando no en alguna parte del planeta están poniendo en peligro todas nuestras vidas como hoy en Irán, manteniéndote así en vilo entre la incertidumbre y el miedo.

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Macarrones con yogurt y curry

Por: Miguel Posani

Tratando de reproducir el exquisito sabor de una receta de macarrones con yogurt y curry, que una vez comí en Trípoli, -receta imagino fruto de la mezcla con los ocupantes  italianos- me vino a la mente el recuerdo: Entró pasando unas cortinas y se sentó en una silla de plástico blanca de esas baratas que hay por todas partes, nos miró y me pidió acercar mi silla a la suya, tenía unos lentes oscuros de esos que uno llamaría “tapa nota” y un turbante, unos anillos en las manos y vestía una túnica de colores oscuros. A mí me dio la impresión de estar frente a Mick Jagger y Bono a la vez, una mañana temprano después de tremenda rumba.

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Monotonía y esclavitud en el excitante presente perpetuo

Por: Miguel Posani

La mano, aún pesada de un sueño que nunca es reparador, busca el celular con la destreza de quien repite un ritual ya mil veces ejecutado. Así comienza, una vez más, el día. No un día cualquiera, sino una réplica casi exacta del anterior, y del que vendrá después. Esta es la estructura de la existencia para muchos en nuestro presente, una monotonía densa, que no notas pero si sientes, que se disfraza de normalidad pero que esconde bajo su manto gris una sutil y profunda forma de esclavitud moderna.

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Masturbación intelectual, cuando la erudición se vuelve vacía

Por: Miguel Posani

“Existen muchas formas de masturbarse” Charles Bukowsky

Pasó la modernidad, la postmodernidad, y aparentemente entramos en la hipermodernidad. No sabemos bien donde estamos, y esto nos lleva a atrevernos a usar palabras de un contexto en otro, -porque ahora todo se vale- a ver si se genera alguna riqueza en el análisis. Un poco para salir del aburrimiento del traficar cotidiano de las cosas, de las frases y palabras dogmas, de los discursos banales, y de las melodías tontas que se repiten en la red. Por esto el título aparentemente paradójico por no decir curioso. Y me perdonan si hago algunas referencias casi obligatorias con el sólo fin de ser lo más claro posible.

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La Civilización del Cable

Por: Miguel Posani

No nos damos cuenta todo lo que dependemos actualmente de la batería del celular y por ende del cable, de su longitud, de su potencia de carga y capacidad de transmisión.

La película “Doctor Cable” (The Cable Guy, 1996), aborda una temática que la convierten en un punto de partida para una crítica a la dependencia digital, a la obsesión mediática y la alienación tecnológica, diría Adorno mientras va enrollando el cable de su micrófono y el de su grabadora.

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El hombre apéndice: La alienación silenciosa en la era algorítmica

Por Miguel Posani

En Matrix (1999), se retrata un futuro distópico donde la humanidad vive conectada a una simulación digital, mientras su energía corporal es cosechada por máquinas que dominan el mundo real. Los humanos, sumergidos en un sueño artificial, creen ser libres, pero en realidad son baterías al servicio de un sistema que los reduce a meros recursos. Neo, el protagonista, descubre la verdad tras tomar la píldora roja: la realidad que percibe es un código diseñado para ocultar su explotación. Esta premisa no es solo ciencia ficción, sino una metáfora brutal de nuestra relación con la tecnología actual. Como señala Jean Baudrillard, «vivimos en un desierto de lo real, donde lo artificial se confunde con lo auténtico».

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La curiosidad mató al gato, pero tiene siete vidas… El arte de preguntarnos.

Una de las cosas que aprendí cuando estudiaba en la universidad es que cuantas más preguntas te hagas sobre situaciones y eventos que pasan por naturales, más curiosas se vuelven las respuestas y más ventanas se te abren. Eso aprendí de Gregory Bateson, de sus libros y del profesor de antropología que nos los hizo leer. Mi profesor nos insistía: «Las certezas son atajos prácticos, pero las preguntas incómodas son las que transforman». Y tenía razón. La sociedad nos enseña a buscar respuestas rápidas, pero ¿qué perdemos cuando dejamos de formular preguntas profundas? Me di cuenta de que las certidumbres sirven como resúmenes para tomar decisiones a corto plazo, pero las preguntas que cuestionan —como las de los niños— son las más valiosas.

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