Ocho de octubre: siempre en la memoria


Por: Juan Hernández Machado, Premio Nacional de Filatelia 2012

Algunas efemérides alcanzan relevancia por hechos muy positivos: la independencia de un país, una hazaña deportiva, el descubrimiento de un medicamento eficaz para curar una enfermedad y muchos otros.
Sin embargo, este que recordamos se queda para siempre por un asesinato. Sí, no hay que temer decirlo, con todas sus letras, incluyendo a los niños más pequeños porque ese día de 1967 fue asesinado el comandante Ernesto Guevara de la Serna (Che) por órdenes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) del gobierno de los Estados Unidos.

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LA SEGURIDAD GLOBAL DEL IMPERIO

Por: Antonio García

Entre abril y junio del presente año se reactivó la misión naval Southern Seas 2024, un ejercicio naval de gran impacto que articula oficiales de Chile, Argentina, Brasil, Ecuador, Perú, se trató además como hecho simbólico y mensaje a otro nivel, de la gira por toda América latina del porta-aviones de propulsión nuclear USS George Washington.

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¿Por qué el Estado de Israel sigue masacrando palestinos?

Por: Marcelo Colussi

Hamas será borrado de la faz de la tierra. Cada miembro de Hamas es un hombre muerto, pues son bárbaros y bestias”, dijo el actual mandatario israelí Benjamín Netanyahu. Vale recordar que en estos últimos meses el ejército de Israel ha masacrado a más de 40.000 palestinos en su preconizada lucha contra el terrorismo, fundamentalmente civiles no combatientes, incluyendo niños y niñas, mujeres, ancianos, bombardeando hospitales. Ahora bien: ¿quiénes, realmente, son los “bárbaros y bestias”?

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La dictadura de la vulgaridad

Por: Ana Hurtado

Ellos se han tomado la potestad de oficializar los conceptos. Dicen al mundo qué es dictatorial, qué está bien y qué está mal. Al estilo Göebbels, de tanto repetirlo por diferentes canales, la gente lo asimila sin detenerse al planteamiento de: ¿Y por qué así?

Ya desde la Guerra Fría, el país que quiso hacerle creer al mundo que había derrotado al fascismo, – no siendo así-, empezó a imponer una dictadura invisible aunque a veces no tanto, sobre qué pensar, qué hacer, cómo razonar, qué consumir y a fin de cuentas: cómo ser.

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Maldad y capitalismo

Por: Marcelo Colussi

I

Nunca en la historia se cometieron tantos hechos violentos, sanguinarios, monstruosos, como ahora con el capitalismo. Nunca se había llegado a una barbarie como la actual”, puede escucharse con un profundo aire de consternación. En consonancia con eso, el Premio Miguel de Cervantes, el colombiano Álvaro Mutis, expresó atribulado: “Después de Auschwitz, de Hiroshima, del apartheid en Sudáfrica, no tenemos ya derecho de abrigar ilusión alguna sobre la fiera que duerme en el hombre… La asoladora propagación de los medios electrónicos alimenta generosamente esa fiera”. Ahora bien: ¿no hubo otros Auschwitz a través de la historia? En realidad, siguiendo a Hegel, es sabido que “la historia de la humanidad es un altar sacrificial” -siempre anegado de sangre, agreguemos-.

No caben dudas que el sistema capitalista, y el desarrollo científico-técnico que el mismo permitió, están ahora en condiciones de destruir completamente el planeta. La violencia sangrienta del látigo de antaño se trocó ahora por “látigos electrónicos”, más eficaces a la hora de infligir dolor, y más certeros (controlan más a las masas los medios masivos de comunicación que los tanques de guerra). Es imposible decir que ahora los humanos somos más despiadados que antes: ahora hay leyes que, medianamente, protegen la vida, regulan la eutanasia, la diversidad sexual, los atropellos varios. Hasta la guerra está regulada por normas (Convención de Ginebra), y por numerosos tratados bi y multilaterales. Lo que sucede es que el grado de capacidad humana es infinitamente mayor que en tiempos pasados. Ninguna civilización del pasado, violenta, invasora, abusiva (los chinos, los persas, los mayas, los zulúes, los romanos, etc.) pudo llegar a tener el poder de terminar con toda la humanidad; el capitalismo actual, liderado por unos pocos capitales del Norte, sí.

No debemos dejar de considerar que la violencia no es un cuerpo extraño que nos invade, algo explicable desde lo psicopatológico: está en la constitución misma del fenómeno humano. Se la encuentra atravesando toda la cotidianeidad. Va indisolublemente de la mano de los conceptos de conflicto y poder. El parapeto que puede minimizar su presencia es la ley; es decir: un código consensuado que establece normas de convivencia. La ley, que no siempre y necesariamente es justa (“La ley es lo que conviene al más fuerte”, decían los griegos de la antigüedad), ordena el mundo. Las leyes, en tanto instituciones que norman la vida, cambian a través del tiempo; no hay leyes inmutables, eternas. Lo que sí, es imprescindible que existan para inaugurar la dimensión humana. Su ausencia es el primado absoluto de la violencia; en la guerra se permite -y se premia- matar, pero en épocas de paz, está prohibido. En la actualidad, si bien se avanzó mucho en materia de legislaciones que regulan el comportamiento humano, la violencia sigue estando siempre presente, a través de distintas manifestaciones y con efectos en todos los casos nocivos. El mundo es infinitamente más complejo que “buenos” (no-violentos) y “malos” (violentos), grosero maniqueísmo al que nos habituó Hollywood. Hay que entender la violencia en el marco de la conflictividad que marca todo el fenómeno humano, con el poder como un eje dominante.

La realidad humana, en términos histórico-sociales, no puede abordarse desde el concepto biológico de homeostasis (equilibrio). Nuestra condición en este campo está marcada por el conflicto, por la lucha, por la desavenencia. Ello es producto de la manera en que esa cría ingresa en el orden simbólico que la constituye como un ser humano, a partir de una tensión originaria que siempre podrá hacer ver al otro -además de compañero- como posible rival. En otros términos, no podemos considerar a la violencia como un elemento “maligno” en sí mismo, casi como una “esencia”, sino en una dialéctica y compleja relación con los otros elementos de la tríada: el conflicto y el poder, distintivos de lo humano.

II

El individualismo y la noción de poder ligado a la tenencia de bienes materiales lleva existiendo muchas generaciones, digamos desde hace algunos milenios, desde que existen las sociedades de clase, cuando empieza a haber acumulación. Del primer faraón hasta el más encumbrado empresario capitalista actual, el que más tiene cosas materiales, más vale. Lo contrario a eso, el esperado “hombre nuevo” (“hombre” como sinónimo de humanidad, ¿no se filtra allí un prejuicio machista-patriarcal, por tanto violento?), es una agenda pendiente, muy balbuceante aún, que dio unos primeros tímidos pasos, pero a la que se le pusieron muchos obstáculos para que siguiera avanzando. Entonces: ¿somos “malos” por naturaleza, o la sociedad nos hace “malos”? Así planteada, la cuestión no pasa de una precaria visión ingenua, el mito del “buen salvaje” de Rousseau. Hay una intrincada relación entre el sujeto y la sociedad. Algo así como la aporía del huevo y la gallina: ¿qué es primero?

El sistema capitalista está absolutamente basado en la violencia, al igual que todas las sociedades clasistas. Es tan violenta, sanguinaria y autoritaria la época esclavista como la actual “democracia de mercado” (cada una a su modo, obviamente), el señor feudal europeo como un mandarían chino, el sumo sacerdote de alguna gran civilización americana prehispánica como el Zar ruso, la sociedad capitalista de un “país bananero” o la de una potencia industrializada del Norte próspero. La violencia recorre la historia, desde los sacrificios humanos a la antropofagia, desde cualquier método de tortura que se haya utilizado a través del tiempo al derecho de pernada, de Heinrich Himmler (líder de las SS alemanas) a Lavrenti Beria (jefe de la policía soviética), pasando por Idi Amín (que comía el hígado de sus derrotados contrincantes políticos) o por el adelantado Pedro de Alvarado, invasor español de buena parte de la actual Centroamérica y de Cuba, quien ganó la nada honrosa reputación de ser uno de los conquistadores más despiadados y crueles.

Aunque hoy las llamadas “democracias de mercado” se llenan la boca hablando de paz, libertad y derechos humanos, la realidad es muy otra. Como acertadamente dice Sergio Tischler: “La verdad del genocidio [de Gaza] en particular y la violencia moderna en general, es que están en el corazón mismo del sistema, constituyen el verdadero “espíritu” del capitalismo. Max Weber trató de sublimar el tema de los orígenes del capitalismo en la teoría de una ética del trabajo y de la salvación individualista en su famoso ensayo “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Hizo abstracción de la violencia. El liberalismo como narrativa dominante reproduce esta construcción ideológica. Las palabras clave que nombran el sistema (progreso, civilización, modernidad, democracia, etcétera) omiten, evaden o subliman, esa dimensión ominosa de la dominación. Lejos de derivar la violencia de las relaciones sociales antagónicas que constituyen el sistema, la misma se presenta en el discurso dominante como parte del llamado proceso civilizatorio. (…) La violencia y el genocidio son parte de su lógica identitaria: rechaza y, llegado el caso, aniquila lo que no se subsume en ella. Ese es el verdadero espíritu del capitalismo.

La élite planetaria (capitalista) que maneja a buena parte de la humanidad después de estos largos siglos de acumulación, desde el Renacimiento europeo en adelante -“El 0,000001% aparece en nuestras listas. El resto nos lee. Revista Forbes”, dice una repulsiva publicidad donde no se esconde esa injusta, terriblemente asimétrica arquitectura global- ha atesorado enorme poder, riqueza y dominio en esta historia de desarrollo de los capitales. Definitivamente está dispuesta a hacer cualquier cosa para no perder ese sitial. Incluso la guerra nuclear limitada -locura extravagante- es una de sus estrategias, tal como se filtró de la agenda que trataría el Grupo Bilderberg en el 2022, reunido en Washington en esa ocasión, poniendo la “gobernabilidad post guerra nuclear” como un escenario posible. La violencia, en muy buena medida, es producto y está potenciada por las sociedades de clase, donde el “tener” es fundamental: “Tanto tienes, tanto vales”, como dijo el andaluz Rafael de León.

Nadie que detente una cuota de poder la desea perder, y hará lo imposible por mantenerla. La posibilidad de la agresividad contra el otro está en la base misma de la humanización; el otro puede ser objeto de amor, modelo a seguir, compañero solidario, o también -es de lo más frecuente- enemigo, ser hostil al que se puede/debe atacar. “Basta decirle a alguien que no tiene razón, que no es quien cree, mostrarle un punto donde se limita la aseveración de sí [en otros términos: indicarle que no es la cosita más linda del mundo, porque no hay tal cosita máxima, salvo para su madre] para que surja la agresividad”, afirma al respecto Norberto Bleichmar, desde una visión psicoanalítica, totalmente superadora de esa romántica e ingenua -y por eso mismo peligrosamente racista- del “buen salvaje”: nacemos buenos y la sociedad nos pervierte.

III

La violencia atraviesa de cabo a rabo la experiencia humana. Se ha dicho que el primer producto humano, el del Homo habilis de hace dos millones y medio de años cuando en la zona de los Grandes Lagos de África bajó de los árboles, empezó a caminar erguido y perdió la cola, es nada más y nada menos que una piedra afilada, un arma. De ahí a los misiles balísticos intercontinentales con cargas nucleares actuales -con capacidad de destruir el planeta completo-, un paso. ¿Será posible terminar con esa fuerza agresiva que pareciera dominar las relaciones humanas? Freud habló de una pulsión de muerte, un constante impulso hacia a la destrucción del otro y la autodestrucción. Para pensarlo, ¿verdad?

La aparición del VIH en África fue denunciada por la ecologista keniana Wangari Muta Maathai, Premio Nobel de la Paz 2001, como un arma bacteriológica desarrollada por las potencias occidentales para despoblar el continente africano -y quedarse con sus recursos naturales-. Aunque suene difícil de creer, los manejos que hace el gran capital para seguir manteniendo su tasa de ganancia autorizan a concebir barbaridades de ese tenor. Del mismo modo se ha denunciado que en el Río Grande, o Río Bravo -que forma frontera entre México y Estados Unidos- la guardia fronteriza de este último país echó cocodrilos al agua, para atemorizar y evitar así el paso de migrantes. Parece que la caridad cristiana, aquello de poner la otra mejilla si nos pegaron en la primera, queda solo para el show religioso. Los sacerdotes católicos, preconizando el tal amor al prójimo, parece que aman demasiado a los niños, porque continuamente hay casos de paidofilia.

Es como con los misiles nucleares: los de Estados Unidos o los de las potencias capitalistas son “buenos”; los de Corea del Norte, o los que está desarrollando Irán, son “atentados a la libertad”. El capitalismo, además de explotador y chupasangre en lo económico-social, es sádico en su faceta ideológico-cultural, mentiroso, arrogante, psicópata. Otro ejemplo más de esta psicopática hipocresía: la reunificación de las dos Alemanias luego de la caída del Muro de Berlín fue un acto de “libertad”. La reunificación de las dos Chinas que pide Pekín -la República Popular, continental, y su “provincia rebelde”, la isla de Taiwán- es una muestra de “autoritarismo guerrerista”, una “invasión injustificable”.

El sujeto actual es -producto del modo de humanización que existe- bastante egoísta. Sobran los ejemplos que lo evidencian; todo lo anterior lo deja en claro. Podrían darse interminables, pero con uno más parece que ya queda claro lo que está en juego: en la pasada epidemia de COVID-19 algunas potencias capitalistas llegaron a almacenar hasta cinco veces más de la cantidad necesaria de vacunas contra el virus, mientras que en el Sur global mucha gente apenas recibió una dosis. Más allá del canto de sirena de la “ayuda” y la cacareada solidaridad de la cooperación internacional (“estrategia contrainsurgente no armada”), la descarnada realidad nos muestra que aún rige el homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre).

Un ladrón puede matar a una persona a sangre fría para robarle la billetera o un anillo; un matón a sueldo puede asesinar por encargo y luego cobrar tranquilo su paga. Un estratega militar puede decidir arrojar bombas atómicas sobre población civil desarmada y no combatiente, un esquirol o rompehuelgas puede infiltrarse entre los trabajadores para sabotear una medida de lucha; un torturador duerme tranquilo por la noche y juega dulcemente con sus adorados hijos luego de haber molido a palos a su víctima. El CEO de una gran compañía multinacional puede, con total tranquilidad, despedir a miles o cientos de miles de trabajadores para no bajar las ganancias empresariales. O también estar de acuerdo con exterminios masivos: “Los ganadores son los países donde la población disminuye. Pensábamos que el crecimiento negativo de la población era un problema. Pero si hay xenofobia y no se deja entrar a nadie, ahí se desarrollará la robótica, la inteligencia artificial y una gran tecnología. Eso aumentará la productividad, y por tanto, el nivel de vida. Sustituir a los humanos por máquinas será más fácil en los países donde su población disminuye”, como dijo el acaudalado Larry Fink, presidente de uno de los fondos de inversión más grandes del mundo. También un “macho de verdad” puede moler a palos a su pareja para mostrar “quien manda”. En otros términos: la violencia está siempre presente. Ahora bien, retomando la pregunta que nos hacíamos más arriba: ¿Será posible terminar con esa fuerza agresiva que pareciera dominar las relaciones humanas?

La respuesta es incierta, y nos habla, ante todo, de un razonamiento especulativo, de una hipótesis, imposible de comprobar aún (y jamás demostrable en laboratorio). Esa “fiera” a la que, con desconsuelo, se refería Mutis, es un producto histórico. El hecho de “tener”, de poseer cosas materiales (valgo más que el otro porque tengo más cosas: el emperador tiene más que el esclavo, el industrial tiene más que el obrero, el que posee un título universitario tiene más que un analfabeto), demuestra que la posesión conlleva una importancia capital en el proceso de humanización. La idea de propiedad privada (recuérdese aquello dicho por Trasímaco de Calcedonia en la Grecia clásica: “La ley es lo que conviene al más fuerte”) viene marcando la civilización desde hace varios milenios. Eso, sin dudas, ha calado muy hondo en la humanización, y si es cierto que puede cambiar, tal transformación implicará siglos. El trabajo es sumamente arduo.

Entonces, una vez más la pregunta que está en juego: esa “maldad” que encontramos en toda sociedad asentada en la noción de propiedad privada no está dicho que sea nuestro ineluctable destino como especie. En las sociedades neolíticas pre-industriales que aún hoy existen -y sin con esto querer abonar el mito del buen salvaje- esa presunta “esencia maligna” no se manifiesta. Al menos eso nos informa la antropología. Así como tampoco la encontramos en muchas de las experiencias comunitarias de base en las balbuceantes experiencias socialistas, donde se aspira a que nadie tenga más que nadie.

Insistamos con esto: es ingenuo, anticientífico incluso, quedarse con la idea de “bondad” y “maldad”. Lo que sí queda claro es que la defensa de “lo propio” (¡eso es la propiedad privada!) lleva a desatar esa “fiera”, propiciando la interminable cantidad de actos sanguinarios que pueblan la vida humana. También el machismo patriarcal se inscribe en esa lógica, donde la mujer es “propiedad” del varón -la señora “de” Fulano-. Si desaparece la propiedad privada ¿podrá al menos amortiguarse esa barbarie? La opción está abierta.

LA CRUDA REALIDAD

Por: Antonio García

Estamos en una realidad cruda, y como tal hay que hablar sin pretender que lo que digamos pueda cambiar dicha realidad.

Si bien estamos en la era donde las comunicaciones inciden de una manera desproporcionada en las opiniones de la gente, puede ser pretencioso aspirar que una organización armada rebelde como el ELN cambie su manera de pensar o de actuar, o que se aspire que la matriz mediática de los círculos de poder puedan ser de gran presión para que el ELN les acepte sus lógicas unilaterales.

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Entre la victoria y el desastre

Por: Henry Pacheco

“La Operación especial contra Ucrania tiene que terminar. Necesitamos una paz justa y sostenible, con garantías de seguridad para una Ucrania libre e independiente”, afirmó en su teatralmente exagerada intervención en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas Annalena Baerbock, ciñéndose estrictamente a las líneas del discurso ucraniano: referirse al final de la guerra, a la paz y a la justicia añadiendo siempre las coletillas de la libertad e independencia y, sobre todo, las garantías de seguridad que, en la jerga actual, implican la adhesión a la OTAN. Miembro del ala dura del Gobierno alemán, que parece más cercana a la desescalada por la vía de la escalada, como Israel define su actuación en el Líbano que, a la relativa prudencia de su canciller, Baerbock no perdió la ocasión de añadir que “esto no puede significar que nos quedemos quietos y miremos mientras no hay final de esta guerra, mientras Putin no se ha sentado en la mesa de negociación”.

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Es difícilpermanecer impasibles

Por: Juan Hernández Machado

Como reflejan las noticias, es lógico que el conflicto provocado por el régimen racista de Israel, primero en Gaza, luego incursionando en Cisjordania, con agresiones esporádicas a Siria y ahora con varios días de acciones incrementadas contra el Líbano, opaquen el funcionamiento normal de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

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QUÉ ES LA GUERRA TOTAL?

Por: Henry Pacheco

La GUERRA TOTAL es el compendio de la Guerra Integral o Híbrida -multidimensional, multidireccional, multifactorial…-, en cuanto que guerra permanente librada a escala planetaria, contra un enemigo difuso y a menudo no declarado que puede ser cualquiera que no se subordine a los dictados de EE.UU., y a veces aun si se subordina y el Imperio puede sacar cualquier beneficio a su agresión.

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La izquierda en América Latina. Tendencias y perspectivas (I)

Por: Sergio Rodriguez Gelfeinstein
Hacer una valoración sobre el papel de las fuerzas de izquierda en la América Latina
después de las elecciones en Venezuela, entraña un verdadero reto que obliga a
realizar una revisión conceptual del término “izquierda” toda vez que, desde mi
perspectiva, es una definición caduca y descontextualizada que no refleja la realidad
actual por lo cual conduce a errores que no permiten llegar a conclusiones acertadas.


Debe recordarse que el moderno término “izquierda” proviene de la revolución
francesa cuando se relacionó con opciones políticas que propugnaban un cambio
político y social, mientras que el término «derecha» quedó asociado a las que se oponían
a dichos cambios. El lugar donde se sentaban los diputados que apoyaban o no, leyes a
favor o en contra de la monarquía en las sesiones de la Asamblea Nacional de Francia
en tiempos de la revolución de 1789, marcaron para el futuro una concepción que
respondía a las condiciones del debate que se producía en esa época revolucionaria,
pero que no tienen vigencia alguna en el mundo de hoy cuando tras 230 años se han
producido profundas transformaciones económicas, políticas y sociales en el planeta
que han significado mutaciones en el devenir de la acción y el pensamiento político.
En este ámbito, se debe considerar que el basamento fundamental sobre el que se
sustentaba el pensamiento revolucionario de aquella época eran las ideas republicanas
y la democracia por oposición a la monarquía y el absolutismo. La burguesía naciente
encarnaba las ideas de progreso, libertad, igualdad y fraternidad, algunas de las
cuales también están caducas, no porque hayan perdido validez, sino que, por haberlas
despojado de su contenido transformador, resultan vacuas y excluyentes.
El término fue evolucionando con el tiempo, comenzó a vincularse con el liberalismo y
posteriormente con el socialismo democrático y el laborismo hasta llegar al socialismo
científico de Marx y Engels. Así mismo, a la izquierda se le comenzó a asociar con las
luchas sociales de los obreros en favor de mejores condiciones de vida y trabajo. En
los siglos XIX y XX las ideas de izquierda se asociaron a la de revolución y  la lucha de
clases contra toda explotación y alienación de los trabajadores y los pueblos, pero
también, a las de reformismo en un debate inacabado que aún hoy tiene presencia y no
solución.
De la misma manera, el paradigma de progreso y el progresismo como su consecuencia
-tan en boga en la actualidad- tuvo su origen en la Europa occidental también en el

siglo XIX. Se le asoció indistintamente con revolucionarios y reformistas en tanto
unos propugnaban una transformación estructural de la sociedad capitalista, y otros,
solo algunas variaciones que condujeran a mejoras en el marco del sistema.
Debe decirse que toda esta terminología ha ido evolucionando en el tiempo (en
particular la relacionada a los conceptos de izquierda, revolución, reforma, y progreso)
cuyo origen -como se dijo- se remonta al siglo XIX. En ese período, la revolución
industrial, la consolidación del capitalismo como sociedad de clases triunfante y su
victoria frente al feudalismo en la llamada guerra civil de Estados Unidos a mediados
de esa centuria conduciendo a su transformación en primera potencia mundial (antes
de que finalizara ese siglo), devinieron en el arraigo de la burguesía como clase
dominante que se ubicaba ahora a la derecha del espectro político.
A. partir de la oleada revolucionaria en Europa en 1848 que definió con claridad a la
oposición de izquierda desde la perspectiva de la defensa de los intereses del
movimiento obrero, el progresismo dejó de ser revolucionario para orientarse
claramente hacia el reformismo.
En esta medida, el modelo de democracia liberal de carácter representativo se impuso
como instrumento de lucha de la burguesía mientras fue revolucionaria en su lucha
contra la monarquía y el absolutismo. Doscientos años después, sigue siendo lo mismo:
una herramienta del poder burgués. Eso no ha cambiado, solo que ahora se utiliza
contra el pueblo y los trabajadores y, en general a favor de mantener la exclusión y la
utilización del Estado en beneficio de una minoría. La lucha por la democracia y la
soberanía popular y por la democratización permanente de la sociedad obliga a ampliar
el concepto. No basta con que la democracia sea solo representativa, debe ser además
participativa, consultiva y debe garantizar el protagonismo y el ejercicio del
poder popular.
Este debate, colocado en el mundo del siglo XXI y específicamente en América Latina,
supera lo estrictamente conceptual, toda vez que obliga a países, gobiernos,
parlamentos, partidos y movimientos sociales a definiciones concretas respecto del
devenir de los hechos que conforman el escenario político actual.
Se podría establecer el análisis a partir de los acontecimientos revolucionarios más
trascendentes desde el fin de la segunda guerra mundial en la región: son ellos la
revolución cubana en 1959, la victoria de salvador Allende en Chile en 1970 iniciando
un proceso pacífico de transformación de la sociedad, la revolución sandinista en 1979
y la bolivariana iniciada en 1999. El posicionamiento de las izquierdas en cada una de

ellas respondió a las circunstancias propias del momento y a la situación histórico-
concreta de la época. 
La revolución cubana y el proceso de la Unidad Popular en Chile se produjeron en el
momento más álgido de la guerra fría y de la insurgencia de los movimientos de
descolonización y liberación del tercer mundo que darían nacimiento al Movimiento de
Países No Alineados (MNOAL) instalando la bipolaridad en América Latina y el Caribe
y obligando a las organizaciones políticas y sociales a definirse en el escenario que
esos hechos generaron. La revolución sandinista ocurrió en una de las situaciones de
mayor reflujo en la historia del movimiento popular latinoamericano, dando impulso a
las luchas de liberación nacional, antifascistas y antiimperialistas en todo el
continente. La revolución bolivariana dio inicio en un momento de ofensiva neoliberal
imperialista, generando un punto de inflexión para los combates en favor de la segunda
independencia y el avance hacia la integración latinoamericana y caribeña.
Las “izquierdas” -en cada caso- se fueron acomodando a las circunstancias que estos
hechos revolucionarios producían en la región. Por supuesto, también respondieron a
condiciones locales. Cada uno de estos procesos radicalmente transformadores
condujo a nuevos acomodos, algunos de ellos bastante traumáticos sobre todo porque
resultaron inesperados para las fuerzas de izquierda que se alineaban alrededor de
ideas prosoviéticas, trotskistas, maoístas, anarquistas y otras, en boga en el siglo XX.
Vale decir, por ejemplo, que la corriente de izquierda dominante en el siglo pasado,
que emanaba de la lealtad y vinculación partidista con la Unión Soviética, no apoyó y
hasta estuvo en contra de las revoluciones cubanas y sandinista que se produjeron
cuando todavía el mundo se organizaba desde una perspectiva bipolar. Los procesos
triunfantes en Cuba y Nicaragua no respondían a esa lógica, eran movimientos de
liberación nacional arraigados en ideas nacionalistas y revolucionarias propias (Martí y
Sandino) bastante desconocidos y alejados de la discusión de la izquierda tradicional
de la región.
Todas las fuerzas de izquierda, socialistas y revolucionarias, hasta los comunistas, no
sin resistencias, corrieron a incorporarse a la nueva ola revolucionaria de izquierda
que estos hechos históricos significaron. Casi unánimemente, con algunas salvedades,
sobre todo de algunos sectores trotskistas, dieron su soporte a la novedad que
emanaba de victorias populares en el “patio trasero” del imperio… y que se habían
logrado sin el patrocinio de la Unión Soviética e incluso con su oposición. Ambos
procesos en su momento, significaron fuertes impulsos a la lucha y a la unidad de la
izquierda.

La revolución bolivariana se produjo en otro contexto y en otras circunstancias, tres
de ellas muy importantes: en primer lugar, ya no existía el mundo bipolar y Estados
Unidos campeaba a sus anchas en el planeta. Segundo, no emanó de una guerra
revolucionaria de liberación nacional ni de una insurrección popular armada sino que
llegó al poder por vía electoral, (tal como lo había hecho la Unidad Popular con
Salvador Allende en Chile en la década de los 70 del siglo pasado) derrotando a todo el
entramado de control imperial que por cuarenta años se había entronizado en
Venezuela. Finalmente, a diferencia de las anteriores, el proceso bolivariano no fue
conducido por organizaciones políticas ni líderes encumbrados a partir de la lucha
armada revolucionaria, sino que por una organización naciente con un líder procedente
de las fuerzas armadas del régimen imperante que salió de él para llevar al pueblo a la
victoria. 
Tal escenario, una vez más, llevó al reacomodo de las fuerzas de izquierda, pocas
fueron las que desde un primer momento confiaron en el impulso revolucionario que el
comandante Hugo Chávez le dio a las fuerzas patrióticas del país. Apegados a cierto
conservadurismo teórico, la mayoría no observaba con buenos ojos que un militar
derivado de las fuerzas armadas, pudiera desencadenar y liderar un proceso de
transformación revolucionaria y cultural de la sociedad. 
En esas condiciones se comenzó a desarrollar el proceso bolivariano. Largo sería
mencionar todos los hitos por los que debió transcurrir y no es objetivo de este
trabajo hacerlo. Solo decir que el asombro inicial, fue dando paso a la simpatía y de
esta a un apoyo que pareció tener su verificación en el hecho de que, en abril de 2002,
Estados Unidos organizó, financió y estructuró un golpe de Estado para derrocar al
Comandante Chávez.
El hecho, que determinó opiniones encontradas en lo que hasta ese momento se
denominaba izquierda latinoamericana, dio paso al estupor cuando por primera vez en
la historia de la región una alianza del pueblo con los militares dio cuenta de la
intentona y en menos de 72 horas repusieron al comandante Chávez en el poder. De
ahí en adelante, las variopintas “izquierdas” ya no sólo apoyaban, sino que buscaron
cobijo y hasta financiamiento en este poderoso país que, a diferencia de Cuba,
Nicaragua, sostenidas por el heroísmo y la resistencia de sus pueblos, contaba con la
mayor reserva de petróleo del mundo, misma que el Comandante Chávez quiso poner al
servicio de la liberación de los pueblos. 

Aparecieron “genios de la izquierda” (sobre todo intelectual), de toda la región y del
mundo, que sabían de todo pero que habían hecho poco y nada en sus países solicitando
“aportes” para los más inverosímiles proyectos a cambio de “salvar a Venezuela”.
Ofrecían sus “brillantes e “imprescindibles servicios” para hacer lo que los
venezolanos supuestamente no sabemos, que parecía que era casi todo. Contrastan con
la impecable vocación internacionalista de Cuba y de
algunos luchadores revolucionarios que de forma modesta, silenciosa y solidaria han
venido a apoyar en serio a Venezuela.
No se daban cuenta que el pueblo venezolano hizo una revolución y la ha sostenido en
las barbas del imperio, mientras que ellos se han limitado a escribir unos cuantos
libros y artículos resultando insignificantes personajes en sus propios países. Esa
“fauna” constituida por lo que podría denominarse “mercenarios de izquierda”
formaron y aún forman parte del oportunismo que es también un eslabón de este
amplio espectro que configura la llamada “izquierda” del siglo XXI. Desde el año 2000,
han saltado de proceso en proceso en América Latina , en algunos casos con gran éxito
sobre todo para sus bolsillos.
CONTINUARÁ