“El continente nos ha sido asignado por la Divina Providencia para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno.” No, no lo dijo el dictador Donald Trump; lo expresó y dejó escrito John Cotton, líder de la secta puritana, una de las dos que comenzaron a poblar con anglosajones lo que más tarde sería Estados Unidos. Por “mandato divino”, esos invasores fueron apropiándose de las tierras de los pueblos nativos.
En 1978, en la ciudad de Alma-Ata, capital de Kazajistán, en ese entonces república socialista parte de la Unión Soviética, tuvo un encuentro internacional patrocinado por la Organización Mundial de la Salud -OMS- y UNICEF (agencias de Naciones Unidas), del que surgió un documento histórico, donde se estableció que la Atención Primaria en Salud -APS- es la estrategia clave para lograr la “salud para toda la población”.
Tras esta farsa represiva se esconde un pacto perverso entre Nayib Bukele, el autócrata milenial de El Salvador, y Donald Trump, el mercenario de la política xenófoba estadounidense.
En un intercambio cínico que explota la dignidad humana, Bukele se prostituye como carcelero de Washington: acepta a cientos de deportados —etiquetados como «criminales» por la maquinaria racista del ICE— a cambio de 20.000 dólares anuales por cada cuerpo encarcelado.
Así, el régimen de Bukele no solo consolida un modelo de negocio carcelario, sino que también inaugura un mercado de carne humana donde los cuerpos de los migrantes son moneda de cambio en la geopolítica imperial.
Este no es un acuerdo simple: es la colonialidad del poder en su máxima expresión. Estados Unidos externaliza su apartheid migratorio, convirtiendo a El Salvador en un patio trasero para su desecho social, mientras que Bukele convierte las celdas en un «banco-prisión» que financia su proyecto autoritario.
¿Rehabilitación? ¿Justicia? No. Es la privatización de la miseria, un experimento neoliberal donde los pobres son presas rentables y los derechos humanos se valoran en dólares.
Aquí no hay ganadores, salvo las élites que trafican con el sufrimiento. El deporte, ya criminalizado simplemente por existir en la mira del imperio, será sepultado en un sistema penitenciario diseñado para el castigo, no para la reinserción.
Mientras tanto, Bukele y Trump —dos caras del mismo fascismo posmoderno— celebran su alianza tóxica, lavándose las manos con billetes manchados de exclusión y muerte.
Este es el capitalismo carcelario al desnudo, un negocio que convierte la desgracia en dividendos y a los Estados en sicarios de un sistema que devora a sus propios hijos. ¡Basta de romantizar a los líderes! Aquí solo hay opresores calculadores y personas convertidas en mercancías. La resistencia anticolonial no es una opción: es urgente.
Konuko Colectivo de Resistencia y Rebelión. Sergio Rodríguez, Frente Nacional de Colectivos Revolucionarios 💛💙❤️
Hace más de 150 años, Estados Unidos se estrenó como potencia imperial en Centroamérica. Hoy la región concentra todas las contradicciones de un imperio a la deriva.
A lo largo del siglo XX, Centroamérica fue percibida como un «laboratorio del imperio», La premisa de este enfoque es que, entre la guerra contra México, el descubrimiento de oro en California y la presencia de filibusteros como William Walker en Nicaragua, la región sufrió en primera persona el impacto del expansionismo estadounidense. Con la aceleración de la industrialización tras el final de la Guerra de Secesión (1861-1865), Estados Unidos se incorporó al mundo imperial. La intervención en Cuba, disfrazada de guerra hispano-estadounidense (1898), seguida de la escisión en Panamá, que fue el origen del canal (1903-1904), presagiaron continuas intervenciones en la región: el «gran garrote» había llegado para quedarse.
En esta primera parte en lo que tiene que ver con la política pública y en ella la “política pública migratoria”, en el caso de la región latinoamericana, como se había mencionado anterior mente no solo se puede percibir con su dirección, composición y número, si no que esta va acompañada de los actores estatales y no estatales en esta enunciación. De todas maneras, a nivel general de los países de la región, se muestra que en su formulación esta siempre va ligada a una institucionalidad fragmentada, por un lado, va el poder ejecutivo y por el otro el poder legislativo, en donde casi siempre el ejecutivo actúa como un salvavidas en los momentos de crisis, mientras que el legislativo legisla o sanciona leyes a posteriori de los hechos.