Por: Marcelo Colussi
“Los imperios nacen con cohesión y mueren con lujo y fragmentación.”
Ibh Khaldun
Todos los imperios, todos absolutamente, caen. Es un ciclo fijo, que se cumple siempre de
forma inexorable: van surgiendo a partir de una acumulación de fuerza basada en la
conquista, llegan a su apogeo viviendo su momento de gloria, y luego caen. Lo hacen por
una suma de motivos; raramente es por una estrepitosa derrota militar. Ese fue el caso,
por ejemplo, del otrora glorioso imperio persa, derrotado por Alejandro Magno y su
ejército, monarca del reino de Macedonia, en la antigua Grecia.
Otros imperios, derrotados militarmente como sucedió con el de Roma a mano de los
bárbaros, en realidad precipitan su caída por esa acción bélica cuando la dinámica interna
ya los tiene derrotados. En general se van extinguiendo por una compleja sumatoria de
fuerzas endógenas: expansión desmedida difícil de mantener, agotamiento económico en
su crecimiento, corrupción de las élites, soberbia que lleva a la lujuria y aleja la fuerza
creativa, pérdida de competitividad en relación a otros imperios nacientes.
En otros términos: los imperios caen cuando los costos de mantener la dominación
superan los beneficios que aporta la misma, cuando las élites dejan de invertir en el
sistema y cuando los desafíos internos y externos superan la capacidad de adaptación
institucional, rebasándolos. Algo de todo eso, o una combinación de estas posibles
causas, es lo que le está sucediendo ahora a Estados Unidos, el actual imperio
dominante.
No hay ninguna duda que ese país, construido sobre una monumental violencia de base:
exterminio de los pueblos originarios, extensiva mano de obra esclava de personas
llevadas forzadamente desde África, robo desvergonzado de tierras a su vecino México,
creció en forma sorprendente con un capitalismo vigoroso, pasando a ser en pocos años,
de unas cuantas colonias de inmigrantes precarios a una formidable potencia económica
que comenzó a disputarle el cetro de la dominación global a Europa.
El siglo XIX lo vio crecer en forma fabulosa para llegar a ser, ya entrado el siglo XX, la
principal potencia mundial. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, sin
discusión, se constituyó en el país más poderoso del orbe. Su rebosante economía
constituía el 35% del PBI mundial, su nivel de desarrollo científico-técnico era el más alto
(alrededor de 200 premios Nobel en Física, Química y Medicina durante todo el siglo), su
mensaje ideológico-cultural a través de los medios masivos de comunicación era
apabullante, habiéndose universalizado el american way of life que transmitían. En lo
militar, el único escollo a la vista lo representaba la Unión Soviética, con una paridad en
misiles nucleares estratégicos, lo que los ponía en equivalencia en caso de una guerra
entre sí; pero descartada esa posibilidad -por la destrucción mutua asegurada- sus
fuerzas armadas se consolidaron como el virtual gendarme mundial, la obligada policía
planetaria, con 800 bases militares alrededor del planeta, y un gasto bélico sideral, por
encima de cualquier otro potencial rival.
Fueron décadas de total dominio, con una moneda que impuso a la fuerza como divisa
universal, con lo que se constituyó en el principal actor financiero global. Tanto, y a tal
punto, que el adjetivo “americano”, borrando al resto del continente, pasó a ser, sin más,
sinónimo de Estados Unidos de América.
Pero como todo imperio, fuerzas internas comenzaron a aparecer, y esa hegemonía
indiscutible empezó a ceder. Lo que no había conseguido la Unión Soviética como
archienemigo político-militar, lo comenzó a conseguir China, con su descollante economía
de “socialismo de mercado”. Podría decirse, con una expresión popular, que Estados
Unidos “se durmió en sus laureles”. La pujanza indiscutible de décadas atrás fue dando
lugar a una cultura que podría denominarse “del hedonismo”.
La unidad nacional en suconjunto entró en una vorágine consumista donde el consumo supera con creces lo producido. Valgan palabras de Bruce Barton en 1925, presidente de la agencia publicitaria estadounidense BBDO: “Lo que hace grande a este país es la creación de necesidades y deseos, la creación de la insatisfacción por lo viejo y fuera de moda”. En otros términos: consumir sin límites (derrochadores automóviles de 12 cilindros como ícono de ese
disparate, comprar todo por docena, buscar sin sentido la novedad solo por la novedad).
Ese hiperconsumo desmedido pasó factura. Todo se compra al crédito, y al día de hoy, ya
entrado el siglo XXI, el Estado tiene un déficit fiscal impagable (equivalente al 120% de su
PBI), mientras que cada familia tiene, en promedio, una deuda de alrededor de100.000
dólares (hipotecas, tarjetas de crédito, créditos universitarios). Esa burbuja ilusoria no se
puede mantener eternamente; en algún momento estalla. Eso es lo que está ocurriendo
en el país desde hace algunos años. Todo ello deja ver un imperio que ya muestra
señales de agotamiento.
Ello puede apreciarse en distintos niveles:
En lo interno:
El bienestar de su población va en descenso. Según datos oficiales de los organismos
crediticios internacionales, su tasa de pobreza (que no es igual que la pobreza en el
Sur Global) roza el 13%.
Hay un millón de personas viviendo en las calles (homeless).
La diferencia entre ricos (ultra ricos, con fortunas incalculables) y asalariados es
enfermizamente enorme, todo lo cual se convierte en una bomba de tiempo social.
La polarización política y el racismo alcanza niveles inéditos, pudiendo producir
estallidos sociales.
Los servicios básicos, a diferencia de otros países capitalistas desarrollados,
empeoran, haciendo más precaria la calidad de vida de las amplias mayorías.
La educación va en retroceso, lo cual se pudo apreciar en las recientes pruebas PISA,
que dejan al país en el puesto número 14 (mientras China está en el primero).
La crisis social lleva a un consumo alocado de evasivos (drogas ilegales), que en este
momento se ha convertido en una epidemia de muertes por sobredosis: 210 personas
diarias, básicamente jóvenes.
En el plano internacional:
Pérdida de competitividad en su industria en comparación con otras potencias, dado el
rezago que va teniendo en el ámbito de la investigación científico-técnica. China ya lo
ha superado holgadamente (50% de las patentes industriales en el mundo pertenece
al gigante asiático, con una calidad técnica que está por arriba de la estadounidense).
Pérdida de hegemonía en lo militar, pues ya comienza a evidenciar grietas en su super
poder bélico (en Medio Oriente recibió un enorme castigo en la guerra contra Irán,
estimándose las pérdidas en infraestructuras en sus bases en no menos de 5,000
millones de dólares -quizá mucho más-, lo que no incluye las pérdidas de equipos
militares como aeronaves -al menos 50- y municiones). Las muertes de sus soldados
quedaron ocultas; el Pentágono reconoció 22, pero otras fuentes hablaron de hasta
700.
Atraso en su programa de misiles hipersónicos, siendo que Rusia y China lo han
aventajado, tomando una distancia en ese campo de, al menos, dos años.
En Brasil sufrió un revés político, no pudiendo instalar a su alfil designado, el
ultraderechista Flavio Bolsonaro, lo que rompió su esquema de dominio total sobre el
subcontinente latinoamericano.
En Israel no pudo garantizar la continuidad de la línea ultra dura del criminal de guerra
Benjamín Netanyahu, quien quedó debilitado políticamente en las últimas elecciones.
Pérdida de confianza de algunos de sus aliados tradiciones, pues con medidas a
veces erráticas y agresivas, está rompiendo alianzas haciendo que muchos de esos
países ya no vean a Estados Unidos como confiable.
No es inminente la caída del gigante, pero todo indica que en lo que resta del siglo XXI,
Estados Unidos no necesariamente será el líder indiscutido. Todo esto, para el campo
popular, es una buena noticia: deja en evidencia que no todo es eterno, y que, si una
potencia desorbitante como fue este país puede caer, también puede caer el sistema
capitalista en su conjunto./Foto: tomada de Prensa Bolivariana
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