Por: Fernando Buen Abad
Desde su triunfo el 1° de enero de 1959, la Revolución Cubana se propuso no sólo transformar las estructuras políticas y económicas del país, sino refundar desde la raíz la cultura nacional. Lejos de concebir la cultura como ornamento o lujo elitista, el proceso revolucionario cubano la entendió como campo de batalla identitario, como territorio decisivo en la disputa por el sentido, la conciencia y la emancipación. Asumieron “ser cultos para ser libres”, y no fue sólo una proclama porque condensó una estrategia ética de emancipadora. Nos ha educado con su perspectiva semiótica crítica, como aporte de la Cuba Revolucionaria a la cultura, entendida no como “adorno” del espíritu erudito, sino como fuerza material de transformación de corazones y cabezas.
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