Entre el delirio individual y la estupidez colectiva

Por: Miguel Posani

Se debate mucho sobre la decadencia de Estados Unidos, pero no cabe duda de que sigue siendo en cierta forma el epicentro simbólico del mundo. Y es en este epicentro dónde dos tendencias diametralmente opuestas han emergido con fuerza: el movimiento “woke” y el fenómeno representado por Trump, esparciéndose después por todo el planeta y tratando de resetear la historia. Inicialmente parecen estar en extremos opuestos, pero un análisis más profundo revela un denominador común: ambas tendencias son delirantes. 

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El delirio, entendido como una alteración grave que produce ideas infundadas o inconsistentes y desconectadas de la realidad, es el eje que define a estas dos corrientes. Ambas intentan reinterpretar y moldear la realidad según sus propios esquemas alucinatorios extremos, proyectando sobre el mundo narrativas que recuerdan una suerte de nueva edad media pero ahora digital, repleta de cruzadas virtuales, linchamientos sociales en medio de bailes de “village people”, quema de brujas mediática y el surgimiento de una nueva “religión”: la inteligencia artificial como salvadora del mundo.

Podríamos afirmar que estas tendencias son intentos colectivos de dar sentido a una realidad en constante crisis y transformación. Su carácter delirante radica en su incapacidad para validar sus discursos fuera de su propia lógica interna, reaccionando generalmente de una forma histérica e histriónica dando un lugar importante al espectáculo, no importa de que tipo. 

El concepto “woke” inicialmente se refería a cuestiones raciales, ampliándose luego a preocupaciones de género y sexualidad. En la actualidad, se ha convertido en sinónimo de tendencias de izquierda y progresistas. Lo que ha hecho el movimiento “woke” es diluir las grandes luchas ideológicas y sociales del pasado, reemplazándolas por un activismo atomizado y simbólico.

Se ha pasado de hablar de cambios estructurales y transformación económica a acciones reivindicativas que se reducen a gestos como separar la basura, no usar plástico o evitar el masculino genérico como protesta contra la explotación femenina. Este minimalismo defensivo, que roza la obsesión por los detalles y la paranoia interpretativa y semántica, impide la generación de una visión crítica o autocrítica que permita una alternativa efectiva a la crisis epocal que vivimos.

Lejos de promover un cambio estructural, esta corriente ha caído en un nominalismo y minimalismo extremos, donde las palabras y los gestos simbólicos sustituyen la acción concreta. Es un discurso ensimismado que busca redefinir los derechos humanos desde una perspectiva hiperindividualista y descontextualizada, perdiendo de vista los problemas estructurales que dieron origen a estas luchas. 

En el otro extremo, está el movimiento trumpista que propone un regreso al pasado bajo el disfraz de una “batalla cultural”. Esto refleja una visión retardataria que busca un regreso a un pasado idealizado, desconectado de las realidades y los retos del siglo XXI, como el cambio climático, las desigualdades globales y la interdependencia económica.

El trumpismo busca reconfigurar el panorama interpretativo actual, cuestionando la realidad misma, y con una carga emocional que raya en el fanatismo. Cualquier crítica a su postura es rechazada con etiquetas descalificativas, mostrando una aversión absoluta al diálogo y a la autocrítica. 

Un ejemplo, Musk hace el saludo fascista con ánimo y entusiasmo, y lo repite dos veces, pero cuando llegan las críticas de que es un saludo fascista, aparece una respuesta: “esa es tu interpretación sesgada, yo no lo hice con ese sentido, estas haciendo violencia interpretativa sobre mi acto efusivo y entusiasta.” Una respuesta pasivo agresiva. ¿Qué hubiese pasado si el primer ministro alemán hace ese mismo gesto?

Bien, además a pesar de sus diferencias aparentemente extremas ambas tendencias comparten otra característica fundamental: son manifestaciones de una profunda estupidez colectiva.

La estupidez, entendida no solamente como superficialidad, sino como la incapacidad persistente de aprender de la experiencia y adaptarse a nuevas situaciones, no es solo un rasgo individual; es un síntoma cultural. 

Schopenhauer describía la estupidez como una fuerza ciega e irracional que impulsa a las personas a actuar de manera destructiva. Esta fuerza se glorifica en nuestra cultura contemporánea, donde la rapidez y la apariencia son más valoradas que la profundidad y la reflexión. 

La estupidez colectiva diluye la inteligencia individual y da lugar a creencias irracionales, como el negacionismo climático, los movimientos antivacunas o la proliferación de teorías conspirativas reptilianas. En estos contextos, las redes sociales amplifican las ideas prefabricadas, dificultando el diálogo y perpetuando la ignorancia. 

En el contexto de las sociedades contemporáneas, la estupidez ha dejado de ser entendida como un simple atributo personal para convertirse en un síntoma cultural profundamente arraigado. Este fenómeno se observa en la glorificación de lo superficial, donde las redes sociales y los medios de comunicación masiva favorecen contenidos banales y efímeros, eclipsando un posible pensamiento crítico y una reflexión más profunda.

La cultura de la inmediatez refuerza este proceso, incentivando respuestas rápidas y emocionales en lugar de análisis meditados. La estupidez cultural no se limita a la ignorancia, sino que se refleja en la incapacidad colectiva para discernir entre lo esencial y lo trivial, alimentando una dependencia hacia simulacros que no representan la realidad, sino su versión más vacía y distorsionada.

La estupidez cultural, en este sentido, actúa como un freno al desarrollo humano al promover una apatía intelectual que dificulta la solución de problemas estructurales. Más allá de una cuestión individual, este síntoma revela una crisis de valores en la que la búsqueda de sentido profundo se sustituye por el consumo desenfrenado de distracciones, perpetuando un estado de alienación colectiva.

En un mundo dominado por el cambio constante, las tendencias “woke” y trumpista no son más que reflejos extremos de nuestra incapacidad colectiva para adaptarnos de manera constructiva. Ambas tendencias intentan dar sentido a una realidad compleja, pero lo hacen desde conceptualizaciones extremas, cerradas y dogmáticas. 

Lo preocupante no es solo la existencia de estas tendencias, sino su capacidad para perpetuar la estupidez funcional: una desconexión entre acción y consecuencia alimentada por la falta de introspección y la resistencia al cambio. 

Quizás el mayor desafío que enfrentamos no es la polarización en sí, sino la necesidad de superar esta estupidez colectiva que impide el diálogo, el aprendizaje y la construcción de un futuro común. Si queremos avanzar, debemos empezar por reconocer la peligrosidad de estos discursos cerrados y apostar por una inteligencia colectiva que valore la crítica, la reflexión y la apertura al cambio. 

Donald Trump: “Perforar, nené, perforar”

Por: Werther Sandoval

La reiterada intención manifestada por Donald Trump de prescindir del petróleo venezolano deberá sortear, para decirlo musicalmente, algunos bemoles, cada uno empaquetado en megadatos con los cuales sus asesores esperan alguna decisión de inteligencia artificial.

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Pero por mucho que la inteligencia artificial sea muy inteligente e intente parangonar al personaje borgiano del cuento Funes el memorioso, tomar decisiones basadas en megadatos arroja el riesgo de tomar acciones desfasadas del contexto inmediato, el mismo que repleto de sentimientos y percepciones solo es tributo y virtud de los humanos.

Tanto es así, que si tomamos en cuenta una de sus frases más preferidas: “Todas las opciones están sobre la mesa”, es probable que Trump permita a Chevron seguir extrayendo, por ahora, los 212.900 barriles diarios de los crudos pesados venezolano Boscán y tipo Merey 16 de producción operada, según cifras del 16 de enero pasado.

Como buen burgués que se respeta, su razón existencial es ganar dinero, acumular capital lo más rápido posible con la menor o sin inversión, tesis filosófica corporativa que, mecánicamente, ha hecho extensiva a su gran empresa estado nación EEUU, donde la premura lo agobia pues apenas dispone de cuatro años en la Casa Blanca para hacer que EEUU “gane dinero” y sea la otrora todopoderosa primera potencia del planeta.

Y para echar para atrás la historia de EEUU se ha propuesto obtener energía abundante y barata, con la cual busca aminorar la inflación y bajar los costos para el funcionamiento, creación e instalación de industrias en tierras estadounidenses.

Es decir, Trump necesita petróleo al menor costo para convertir a la nación del norte en un atractivo para los inversionistas y con ello revertir la corriente globalizadora propiciada por la gobernanza del expresidente Bill Clinton, la cual estimuló la especulación financiera global y el traslado de las industrias hacia países como China, donde hallaron menores cargas impositivas y mano de obra barata.

En síntesis: su obsesión es conseguir ya energía abundante y barata para reducir costos y bajar la inflación. Nada de energías alternativas eólicas y eléctricas, más cuando cree que hay petróleo en abundancia en el subsuelo de EEUU y de los países acoplados a la política exterior de ese país, en otras palabras, en los acólitos a sus intereses.

Sobre ese norte, apenas entró en la oficina oval declaró una emergencia energética nacional, prometiendo llenar las reservas estratégicas de petróleo; dijo que EEUU pondría fin al arrendamiento de parques eólicos y revocaría lo que ha llamado una “imposición” de vehículos eléctricos.

Por ello, tras asumir el cargo de inquilino en la Casa Blanca, poco le importó que EEUU sea el segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo y firmó una orden ejecutiva para retirarse del acuerdo climático de Paris, con lo cual inyectará a la atmósfera 4.000 millones de toneladas equivalentes de CO2 de aquí al 2030, según Philippe Waechte, en su artículo Trump y el clima, publicado en el diario Expansión.

“Me retiro inmediatamente de la injusta y unilateral estafa climática de París”, dijo el nuevo presidente al firmar la orden en Washington. “Estados Unidos no saboteará nuestras propias industrias mientras China contamina impunemente”.

Un Informe sobre el Cambio Climático de la Agencia Internacional de Energía señala que el sistema energético mundial es la base de las economías y sociedades modernas, pero la producción y el consumo de energía también son responsables de 75% de las emisiones de gases de efecto invernadero, lo que lo convierte en el principal impulsor del cambio climático.

“Mientras las temperaturas en todo el mundo siguen batiendo records, nunca ha habido más razones para transformar rápidamente el sistema energético global. La Hoja de Ruta Net Zero de la Agencia Internacional de Energía establece un camino para que el sector energético mundial alcance emisiones netas cero a mediados de siglo, limitando el calentamiento global a 1,5 °C, como lo exige el Acuerdo de París, para evitar los peores efectos del cambio climático”.

No obstante, Trump, por el contrario, de inmediato redobló su promesa de “perforar, nené, perforar” para extraer más combustibles fósiles estadounidenses, diciendo que EEUU tiene las reservas de petróleo y gas “más grandes” del mundo, y que tiene la intención de utilizarlas.

Es tanta su ansiedad de energía barata para hacer de EEUU grande de nuevo que solicita a la Opep bajar los precios, elevar la oferta de petróleo, para detener la guerra en Ucrania entablada por la Organización del Tratado del Atlántico Norte contra Rusia.

“La Opep debe dejar de ganar dinero y bajar los precios del petróleo porque los tienen bien alto y si tiene los precios altos la guerra en Ucrania no se va a detener”, dijo.

Una lectura de tales palabras es que los precios altos del petróleo favorecen a Rusia, con la implícita paradoja de que una de las causas de los altos precios son las sanciones impuestas por EEUU y la Unión Europea al sector energético ruso, que incluye a 183 buques que transportan el crudo.

Y para bajar los precios del petróleo, aminorar los costos de la energía, la fórmula de mercado es subir la oferta de petróleo, tesis que choca con la petulante frase de que “probablemente vamos a dejar de comprar petróleo a Venezuela. No lo necesitamos. EEUU tiene petróleo más que suficiente”.

Una de las variables de menor ponderación que iría en contra de “dejar de comprar petróleo a Venezuela”, es que aun cuando EEUU ha reducido las importaciones de crudo pesado, siempre necesitará de refinerías que produzcan derivados “oscuros”, a lo cual se añaden los altos costos de construir o reconvertir refinerías de crudos pesados en livianos.

De allí que aún sigue requiriendo los crudos venezolanos Boscán y el tipo Merey 16 extraídos por Chevron de los campos de Boscán en el Zulia y de Monagas. La empresa no desea irse pues se aprovecha de refinar y revender estos petróleos, debido a sus menores costos de transporte y ganancias generadas.

Chevron comenzó en Venezuela actividades de exploración en 1923 y descubrió el campo Boscán en 1946. Una muestra del interés por quedarse es que la empresa ofreció el año pasado a los trabajadores de Petropiar, donde posee 40% de las acciones y Pdvsa 60%, un bono de 300 dólares si lograban cerrar el año con los índices deseados de producción, confiabilidad y seguridad operacional.

Además, a finales del año pasado contrató a un lobista de DC cercano a varios republicanos de Florida que ocuparán puestos claves en seguridad nacional en la administración del presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, informó el periodista estadounidense de la AP, Joshua Goodman.

La nota informa que “Chevron en el pasado presionó fuertemente para obtener una licencia del Tesoro para seguir operando en Venezuela”.

Otra variable para sopesar es que Trump también prometió reducir el precio de la gasolina por debajo de 2 dólares el galón, para lo cual requiere petróleo más barato. Y, según CNN, de aplicar aranceles sobre el petróleo canadiense y mexicano podrían elevarse los precios al consumidor estadounidense de la gasolina, el gasóleo y otros productos derivados, especialmente en las regiones más dependientes del crudo canadiense.

Canadá es la mayor fuente de petróleo extranjero de Estados Unidos. Canadá y México suministraron 71% de las importaciones estadounidenses de petróleo en 2023, según un nuevo análisis sobre las propuestas arancelarias de Trump realizado por el Servicio de Investigación del Congreso.

El primer ministro saliente de Canadá, Justin Trudeau, advirtió a Trump que, de aplicar aranceles a los productos canadienses, EEUU se verá impulsado a buscar recursos energéticos en Rusia, China y Venezuela, hipótesis que aun cuando suena a chantaje político, incluye al petróleo venezolano como variable a sopesar antes de decidir prescindir del crudo bolivariano.

Por los momentos, la oferta domina el mercado petrolero. El tipo Merey 16 venezolano cerró el viernes pasado en 65,15 dólares contra 67,40 marcado la semana anterior.
El crudo aceleró su baja tras las declaraciones de Trump durante un discurso en remoto en el Foro de Davos (Suiza), donde dijo que va a pedir Arabia Saudí y a la Opep que bajen el precio del petróleo.

“Tienen que reducirlo, lo cual, francamente, me sorprende que no hicieran antes de las elecciones. No demostraron mucho cariño. Me sorprendió un poco eso”, dijo
Arabia Saudita, Rusia y otros seis miembros de la Opep+ han estado reteniendo 2,2 millones de barriles diarios en el mercado mundial para evitar que los precios caigan en exceso.

Además, la organización decidió en diciembre prorrogar esos recortes de producción al menos hasta marzo de 2025, antes de eliminarlos gradualmente en el transcurso de un año.

La Opep se encuentra bajo presión, ya que la abundante producción de petróleo en Estados Unidos y la ralentización de la demanda en China están bajando los precios

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A confesión de parte…

Por: Luis Britto Garcìa

Oh, sorpresa, difunden los medios la más fulminante diatriba sobre la destrucción de un país por el neoliberalismo, y quien la formula no es un alucinado Woke, un Black Lives Matter ni un izquierdista trasnochado, sino el padrino de todos los padrinos, el presidente electo de Estados Unidos en su discurso de toma de posesión del 20 de enero de 2025.

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Cunde entre los progresistas un insistente rumor sobre el declive de la potencia norteña. Oigamos a su Primer Magistrado:

A partir de este día, nuestro país prosperará y será respetado de nuevo en todo el mundo.

¿Escuchamos bien? Si un país “prosperará y será respetado de nuevo”, es porque no es próspero ni respetado.

¿Se tratará de una cita fuera de contexto? Sigamos:

Ahora tenemos un gobierno que no puede gestionar ni siquiera una crisis simple en casa, mientras al mismo tiempo tropieza con un continuo catálogo de eventos catastróficos en el extranjero.

Diagnosticar a un gobierno como incapaz de “gestionar ni siquiera una crisis simple en casa”, es terrible examen del pasado. ¿Y sobre el futuro?: Dist, venimus. Maximus sitiae prae ommolup taspero dolo ma qui inullam fugia eum alitat.

Se recuperará nuestra soberanía. Se restaurará nuestra seguridad. (…)Y nuestra máxima prioridad será crear una nación orgullosa, próspera y libre.

Si alguien promete recuperar soberanía y restaurar seguridad, es porque ambas andaban perdidas. Si es prioritario “crear” una nación orgullosa, próspera y libre, es porque la actual no es lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario.

Doloroso es tratar así a una potencia puesta como ejemplo por todos los neoliberales del mundo. Sobre todo, una cuyas invasiones bienhechoras son paradigma de todos los unipolares del planeta. Pero ahora su portavoz principal nos informa:

Tenemos un gobierno que ha brindado financiamiento ilimitado para la defensa de fronteras extranjeras, pero se niega a defender las fronteras estadounidenses, o más importante, a su propia gente. Nuestro país ya no puede brindar servicios básicos en tiempos de emergencia.

Siempre escuchamos que la sistemática destrucción de países tiene por objeto obligarlos a adoptar el modo de vida estadounidense. Pero jamás creímos que este último fuera inútil incluso para solucionar los problemas primordiales de su propia gente, como lo resalta el intemperante multimillonario:

Tenemos un sistema de salud pública que no responde en tiempos de desastre, sin embargo, se gasta más dinero en él que en cualquier otro país en el mundo. Y tenemos un sistema educativo que enseña a nuestros niños a avergonzarse de sí mismos en muchos casos, a odiar a nuestro país a pesar del amor que intentamos tan desesperadamente transmitirles.

Quizá dopado con el suero de la verdad, el enérgico dueño de empresas sistemáticamente quebradas ofrece:

…devolverle al pueblo su fe, su riqueza, su democracia y, ciertamente, su libertad. A partir de este momento, el declive de Estados Unidos se ha terminado.

Traducción: los asesores, políticos, diputados y demás saboteadores neoliberales comprometidos en la tarea de dar cristiana sepultura a los gobiernos donde se infiltran, arrebataron al pueblo “su fe, su riqueza, su democracia y, ciertamente, su libertad” y empujaron a la que fuera primera potencia del mundo al declive.

¿Oímos mal? Pues no, de inmediato Trump vuelve a la carga:

Nos moveremos con propósito y rapidez para devolver la esperanza, prosperidad, seguridad y paz a ciudadanos de todas las razas, religiones, colores y credos.

Demoledora noticia para quienes creían que Estados Unidos era la esperanza, la prosperidad, la seguridad y la paz. Ahora resulta que nada de aquello. Si hay que devolverlos, es porque se los habían quitado.

¿Queda siquiera el consuelo de que el dólar sea la moneda de reserva del mundo y garantía de estabilidad de los precios? Pues no. Oigamos una vez más al temperamental especulador:

A continuación, instruiré a todos los miembros de mi gabinete a movilizar los vastos poderes a su disposición para derrotar lo que fue una inflación récord y reducir rápida y drásticamente los costos y los precios.

Sí, leyó usted bien. En el País de las Maravillas del Consenso de Washington hay “inflación récord” y “crisis inflacionaria”. Entonces, los “paquetes económicos” que impone a las demás naciones no sirven de nada.

El remedio sería romper la dictadura de los grandes capitales sobre la administración y la producción armamentista. Para comenzar, se debería cobrar impuestos al mismo Trump, cuya fortuna según Forbes asciende a 6,2 billones de dólares, o a su gabinete, que en conjunto posee más de 450 billones (para los anglosajones, un billón es mil millones) (Randy Alonso Falcon: America Plutocracy, Cubadebate https://resumen-english.org/2025/01/american-plutocracy).

Pero no: el billonario Donald declaró no haber obtenido ni un dólar de ingreso en 2023, y los super ricos en Estados Unidos tributan una tasa de apenas 22%, menor de la que pecha el ingreso de un empleado medio, y en su mayoría guardan su dinero en paraísos fiscales o fundaciones inmunes a los impuestos.

Por lo cual, el declive se solucionará sólo expulsando a los “extranjeros criminales”:
Toda entrada ilegal será detenida de inmediato y comenzaremos el proceso de devolver a millones y millones de extranjeros criminales a los lugares de donde vinieron.

Amenaza Donald Trump con expulsar 11 millones de supuestos migrantes “ilegales”. Hemos indicado ya que dicha cifra nada significa frente a los 340.110.998 habitantes que aloja en 2024 la ex potencia norteña. En cambio, mantienen funcionando con salarios de miseria la agricultura y parte de la industria de ésta, así como las groseras ganancias de los multimillonarios que los repudian.

Trump promete: “Como en 2017, nuevamente construiremos las fuerzas armadas más fuertes que el mundo haya visto”. Traducción: ni las actuales son las más fuertes, ni el mundo puede esperar otra política que la del Gran Garrote.

No necesito informar al lector que esta política consiste en bloquear con pesados aranceles las importaciones, apoderarse de nuevo del Canal de Panamá, expandirse por Canadá y Groenlandia, y quemar en provecho propio el “oro líquido” del petróleo de otros países, pues las reservas propias lo sitúan apenas en un melancólico y rápidamente agotable rango décimo global.

A confesión de parte, relevo de pruebas. Pero también, guerra declarada no mata soldados.

La evolución de la Guerra Militar a la Guerra Psicológica a través del tiempo.

Desde la prehistoria hasta la actualidad, todas las civilizaciones dominantes se valieron de las guerras para controlar y dominar:  

A) Territorios (espacio físico)      

B) Recursos naturales (espacio económico)   

C) Sociedades (espacio social)                                                                                                           

 D) Individuos (espacio mental)

Por lo tanto, la historia de la humanidad es la historia del imperialismo y de la dominación del hombre por el hombre (en distintos estadios), cuyas estrategias fueron evolucionando de lo simple a lo complejo:               

A) Guerra militar (conquista territorial) = Control político                                                           

  B) Guerra económica (conquista de recursos) = Control económico  

C) Guerra Social (conquista de las sociedades) = Control social 

  D) Guerra Psicológica (conquista de las mentes) = Control ideológico

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El poder es impune. ¿Es psicópata?

Entrevistador: Mrs. Madeleine Albright (Secretaria de Estado de Estados Unidos entre 1997 y 2001): ¿Realmente vale la pena matar a esos millones de bebés sólo para apoyar la política estadounidense contra Irak?

Mrs. Madeleine Albright: Sí, vale la pena.

Por: Marcelo Colussi

El ejercicio del poder conlleva siempre una cuota de violencia. En mayor o menor medida, siempre hay imposición, lo cual implica un mandato, una directiva. En definitiva, eso es el poder: la acción de uno sobre otro, logrando una conducta deseada, deseada por quien ejerce ese poder, sobre la voluntad doblegada de quien sufre ese ejercicio. Por tanto, es siempre lineal, autoritario, de una sola vía.

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MAGA contra MAGA

Por: Ignacio Ramonet

Abreviado en MAGA, el eslógan Make America Great Again! es el pegadizo lema político que identifica a Donald Trump y a sus seguidores. Inspirada en una consigna muy semejante de Ronald Reagan y repetida en las campañas victoriosas de 2016 y 2024, MAGA se ha popularizado como marca agresiva, en llamativas gorras de explosivo color rojo que alardean todos los fanáticos del magnate republicano.

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la guerra cognitiva en la comunicación

En la guerra cognitiva la información apela al estímulo de lo emotivo sobre lo racional es una de las características de los nuevos tiempos en época de redes sociales. Pensar en la ingenuidad de un mundo libre que nos permite vivir una realidad paralela en las distintas aplicaciones, por fuera de intereses políticos y económicos, es una de las principales vulnerabilidades de la sociedad occidental.

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