Por: Marcelo Colussi
El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte tiene un sangriento pasado
colonial. Se llena la boca hablando de democracia presentándose como un país
moderno, mientras mantiene una parasitaria monarquía hereditaria (legado de una
milenaria historia feudal) que cuesta a sus súbditos alrededor de 120 millones de
dólares al año (300.000 dólares diarios) -incluso cada uno de los lectores de este
texto, al cargar combustibles Shell, indirectamente la está subvencionando-, al par
que, en pleno siglo XXI, sigue manteniendo impresentables y bochornosas
colonias.
Durante su época dorada como centro imperial (todo el siglo XIX hasta entrado el
XX, con la Primera Guerra Mundial), tuvo posesiones en los cinco continentes,
abarcando cerca de una cuarta parte de la población y de la superficie terrestre del
planeta. Su brutalidad, racismo y supremacismo es proverbial (¿cómo es que
todavía se permite hablar de democracia y pamplinas por el estilo?) Entre algunas
de esas colonias figura el archipiélago de las Falklands, o Islas Malvinas, en el
Atlántico Sur.
De hecho hoy esas islas funcionan como un territorio británico de ultramar. El
Reino Unido, luego de haberlas tomado por la fuerza en 1833 desalojando a los
residentes argentinos de ese entonces, las administra como su posesión, en tanto
que el grueso de sus habitantes -no más de 4.000 personas- se identifica
mayoritariamente como británicos con derecho a la autodeterminación, los kelpers.
Alrededor de la mitad de la población es nativa de las islas, la mayoría con raíces
británicas (ingleses, escoceses y galeses) con varias generaciones de presencia.
El otro contingente de habitantes casi no presenta argentinos (los hay chilenos y
asiáticos). La lengua hablada es el inglés, y las costumbres y tradiciones son
británicas. Desde 1983 los nacidos en el archipiélago son considerados por
Londres ciudadanos británicos de pleno derecho, y ya no ciudadano “de segunda”,
como sucedía con los kelpers.
Con este archipiélago sucede lo mismo que pasa con numerosos territorios en
distintas partes del mundo: zonas en disputa por su soberanía, declarados como
propios por dos Estados simultáneamente y, por tanto, en litigio administrativo-
legal. La Organización de Naciones Unidas -ONU- los considera, en muchos de
esos casos, territorios “pendiente de descolonización” (forma implícita de
reconocer que la lacra abominable del colonialismo todavía sigue siendo una triste
realidad). De esa suerte tenemos diversos diferendos en distintas partes del
mundo: la región de Cachemira, disputada por India y Pakistán; la Guayana
Esequiba, en disputa entre Venezuela y Guyana; el diferendo entre Guatemala y
Belice por límites históricos; la isla de Abu Musa en el Golfo Pérsico, administrada
por Irán pero reclamada por Emiratos Árabes Unidos; la ensangrentada Franja de
Gaza, territorio ocupado por Egipto en 1948 y controlado por Israel desde la
guerra de 1967, actualmente bajo colonial ocupación israelí y reclamado por el
Estado de Palestina; las Islas Kuriles en diputa entre Japón y la actual Federación
Rusa; el Peñón de Gibraltar, territorio británico de ultramar situado en el extremo
sur de la península ibérica, reclamado por el católico reino borbónico de España;
las Islas Matthew y Hunter, en el Océano Pacífico, disputadas entre la colonialista
Francia (mediante Nueva Caledonia) y Vanuatu; las Islas Salvajes, situadas en el
Atlántico septentrional, hoy día bajo control de Portugal y reclamadas por España;
la isla Mayotte, situada en el extremo norte del canal de Mozambique, reclamada
por la Unión de las Comoras y bajo jurisdicción francesa; las ciudades de Ceuta y
Melilla, ubicadas al norte de África, hoy bajo soberanía de España pero
reclamadas por Marruecos.
Como puede verse, esas disputas se dan en los más diversos territorios, teniendo
en cuenta que los mismos encierran diversas riquezas (minerales, petróleo, pesca,
ubicación geoestratégica, posicionamientos políticos), apetecidas por dos Estados
al mismo tiempo. Dichas disputas se manejan habitualmente en el terreno
diplomático, sirviendo también por los gobiernos para insuflar sentimientos
patrióticos, muchas veces con fines puramente electoreros y/o de control social. El
caso de las Islas Malvinas es, quizá, el ejemplo de ello llevado al extremo.
En términos estrictamente geográficos, el archipiélago está dentro de la plataforma
epicontinental que corresponde a la Argentina, separado de tierra firme por el Mar
Argentino. La Comisión del Límite Exterior de la Plataforma Continental -CLPC-,
de Naciones Unidas, ratificó en 2016 que las islas se encuentran dentro de los
límites de la plataforma continental, separada del continente -la Patagonia para el
caso- por un mar poco profundo (200 metros), demostrando que las islas están
unidas físicamente a la masa continental a través del lecho y subsuelo marino. Por
todo ello, geográficamente pertenecen a la soberanía argentina. No habría nada
que discutir entonces. Sin embargo, sí se discute. Y mucho. A tal punto que ello
llevó a una guerra en 1982.
Pero en realidad, no fue una guerra antiimperialista, motivada por un especial
espíritu patriótico para expulsar al vil invasor colonialista. Fue una repugnante
maniobra de la más feroz dictadura que asoló suelo argentino -la que introdujo los
actuales planes neoliberales que la empobrecieron a un grado sumo-, intentando
jugarla como distractor social. En otros términos: una artera e infame manipulación
de genuinos sentimientos nacionalistas de la población. La reacción de la gente
fue algo confusa: en sí misma la medida tenía mucho de progresista, pero en las
circunstancias en que se dio, como simple cortina de humo de un gobierno que
El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte tiene un sangriento pasado
colonial. Se llena la boca hablando de democracia presentándose como un país
moderno, mientras mantiene una parasitaria monarquía hereditaria (legado de una
milenaria historia feudal) que cuesta a sus súbditos alrededor de 120 millones de
dólares al año (300.000 dólares diarios) -incluso cada uno de los lectores de este
texto, al cargar combustibles Shell, indirectamente la está subvencionando-, al par
que, en pleno siglo XXI, sigue manteniendo impresentables y bochornosas
colonias.
Durante su época dorada como centro imperial (todo el siglo XIX hasta entrado el
XX, con la Primera Guerra Mundial), tuvo posesiones en los cinco continentes,
abarcando cerca de una cuarta parte de la población y de la superficie terrestre del
planeta. Su brutalidad, racismo y supremacismo es proverbial (¿cómo es que
todavía se permite hablar de democracia y pamplinas por el estilo?) Entre algunas
de esas colonias figura el archipiélago de las Falklands, o Islas Malvinas, en el
Atlántico Sur.
De hecho hoy esas islas funcionan como un territorio británico de ultramar. El
Reino Unido, luego de haberlas tomado por la fuerza en 1833 desalojando a los
residentes argentinos de ese entonces, las administra como su posesión, en tanto
que el grueso de sus habitantes -no más de 4.000 personas- se identifica
mayoritariamente como británicos con derecho a la autodeterminación, los kelpers.
Alrededor de la mitad de la población es nativa de las islas, la mayoría con raíces
británicas (ingleses, escoceses y galeses) con varias generaciones de presencia.
El otro contingente de habitantes casi no presenta argentinos (los hay chilenos y
asiáticos). La lengua hablada es el inglés, y las costumbres y tradiciones son
británicas. Desde 1983 los nacidos en el archipiélago son considerados por
Londres ciudadanos británicos de pleno derecho, y ya no ciudadano “de segunda”,
como sucedía con los kelpers.
Con este archipiélago sucede lo mismo que pasa con numerosos territorios en
distintas partes del mundo: zonas en disputa por su soberanía, declarados como
propios por dos Estados simultáneamente y, por tanto, en litigio administrativo-
legal. La Organización de Naciones Unidas -ONU- los considera, en muchos de
esos casos, territorios “pendiente de descolonización” (forma implícita de
reconocer que la lacra abominable del colonialismo todavía sigue siendo una triste
realidad). De esa suerte tenemos diversos diferendos en distintas partes del
mundo: la región de Cachemira, disputada por India y Pakistán; la Guayana
Esequiba, en disputa entre Venezuela y Guyana; el diferendo entre Guatemala y
Belice por límites históricos; la isla de Abu Musa en el Golfo Pérsico, administrada
por Irán pero reclamada por Emiratos Árabes Unidos; la ensangrentada Franja de
Gaza, territorio ocupado por Egipto en 1948 y controlado por Israel desde la
guerra de 1967, actualmente bajo colonial ocupación israelí y reclamado por el
Estado de Palestina; las Islas Kuriles en diputa entre Japón y la actual Federación
Rusa; el Peñón de Gibraltar, territorio británico de ultramar situado en el extremo
sur de la península ibérica, reclamado por el católico reino borbónico de España;
las Islas Matthew y Hunter, en el Océano Pacífico, disputadas entre la colonialista
Francia (mediante Nueva Caledonia) y Vanuatu; las Islas Salvajes, situadas en el
Atlántico septentrional, hoy día bajo control de Portugal y reclamadas por España;
la isla Mayotte, situada en el extremo norte del canal de Mozambique, reclamada
por la Unión de las Comoras y bajo jurisdicción francesa; las ciudades de Ceuta y
Melilla, ubicadas al norte de África, hoy bajo soberanía de España pero
reclamadas por Marruecos.
Como puede verse, esas disputas se dan en los más diversos territorios, teniendo
en cuenta que los mismos encierran diversas riquezas (minerales, petróleo, pesca,
ubicación geoestratégica, posicionamientos políticos), apetecidas por dos Estados
al mismo tiempo. Dichas disputas se manejan habitualmente en el terreno
diplomático, sirviendo también por los gobiernos para insuflar sentimientos
patrióticos, muchas veces con fines puramente electoreros y/o de control social. El
caso de las Islas Malvinas es, quizá, el ejemplo de ello llevado al extremo.
En términos estrictamente geográficos, el archipiélago está dentro de la plataforma
epicontinental que corresponde a la Argentina, separado de tierra firme por el Mar
Argentino. La Comisión del Límite Exterior de la Plataforma Continental -CLPC-,
de Naciones Unidas, ratificó en 2016 que las islas se encuentran dentro de los
límites de la plataforma continental, separada del continente -la Patagonia para el
caso- por un mar poco profundo (200 metros), demostrando que las islas están
unidas físicamente a la masa continental a través del lecho y subsuelo marino. Por
todo ello, geográficamente pertenecen a la soberanía argentina. No habría nada
que discutir entonces. Sin embargo, sí se discute. Y mucho. A tal punto que ello
llevó a una guerra en 1982.
Pero en realidad, no fue una guerra antiimperialista, motivada por un especial
espíritu patriótico para expulsar al vil invasor colonialista. Fue una repugnante
maniobra de la más feroz dictadura que asoló suelo argentino -la que introdujo los
actuales planes neoliberales que la empobrecieron a un grado sumo-, intentando
jugarla como distractor social. En otros términos: una artera e infame manipulación
de genuinos sentimientos nacionalistas de la población. La reacción de la gente
fue algo confusa: en sí misma la medida tenía mucho de progresista, pero en las
circunstancias en que se dio, como simple cortina de humo de un gobierno que
había desaparecido 30.000 personas, organizando un Mundial de Fútbol para
tapar sus tropelías (comprando vergonzosamente un partido contra la selección de
Perú), arrojando a los disidentes políticos vivos y drogados en los tristemente
célebres “vuelos de la muerte”, y hambreado a toda su población, destruyendo
sindicatos y conquistas laborales históricas, no fue vivida como una auténtica
medida popular. Aunque el entonces presidente Galtieri, militar golpista, en estado
de ebriedad, salió al balcón de la Casa Rosada saludando al estilo Juan Domingo
Perón (alzando los brazos en gesto populista) llamando a “que vengan los
ingleses”, nadie vio eso como un triunfo antiimperialista. Porque, en realidad, no lo
fue. Solo una asquerosa y repugnante maniobra para burlarse de la gente, para
intentar frenar el descontento que crecía.
La guerra, como cualquier contienda, se desarrolló según la lógica bélica del caso,
y una potencia militar como el Reino Unido, con ayuda técnica de Estados Unidos
y la OTAN, venció en el teatro de operaciones. Londres tuvo 250 bajas, mientras
que las fuerzas argentinas sufrieron 650 caídos, el 70% de los cuales eran jóvenes
que estaban cumpliendo su servicio militar obligatorio, mal preparados y peor
equipados. La vergonzosa derrota precipitó la salida de la dictadura, que se vio
forzada a llamar a elecciones unos meses después. Desde ese entonces, el Reino
Unido sentó sus reales en las islas, y los reclamos argentinos no lograron
modificar la situación.
Hoy, como pasa con muchos de los nombrados diferendos limítrofes y territoriales,
el reclamo por la soberanía de las islas no constituye el problema principal de las y
los argentinos. Un país que llegó a estar entre las diez primeras economías del
mundo en su momento ahora, dadas esas políticas de privatización absoluta y
represión feroz, ha descendido a puestos bajísimos. En el otrora “país de las
vacas” -con un consumo cárnico enorme- no fueron infrecuentes saqueos a
zoológicos para comer algo de carne roja por una población hambreada. Las Islas
Malvinas, aunque efectivamente tocan una fibra sensible, están lejos de ser el
problema toral del país al día de hoy.
En ese marco de empobrecimiento generalizado y posibles estallidos sociales
reactivos, el actual gobierno de ese payasesco personaje que es Javier Milei (¿un
psicótico en términos clínicos?) -quizá más nocivo que los propios militares de la
dictadura, munido de su motosierra representando intereses de la banca
internacional y no los de su país- intentó reflotar el reclamo sobre el archipiélago,
una vez más como cortina de humo, como falaz distractor. El profundo sentimiento
patriótico que allí se juega, sintiendo que las islas fueron robadas (como
efectivamente sucedió), ahora manipulado una vez más por el elenco gobernante,
generó la famosa manta que exhibieron los jugadores de la selección nacional de
fútbol luego de su triunfo sobre Inglaterra en el Mundial en Estados Unidos. Lo
más destacado de ese encuentro no fue quizá lo futbolístico, sino lo que
representa las Malvinas para el imaginario popular, y el dichoso cartel, que
provocó torrentes de comentarios. Entre otras cosas, la reacción de los servicios
de inteligencia británicos,había desaparecido 30.000 personas, organizando un Mundial de Fútbol para
tapar sus tropelías (comprando vergonzosamente un partido contra la selección de
Perú), arrojando a los disidentes políticos vivos y drogados en los tristemente
célebres “vuelos de la muerte”, y hambreado a toda su población, destruyendo
sindicatos y conquistas laborales históricas, no fue vivida como una auténtica
medida popular. Aunque el entonces presidente Galtieri, militar golpista, en estado
de ebriedad, salió al balcón de la Casa Rosada saludando al estilo Juan Domingo
Perón (alzando los brazos en gesto populista) llamando a “que vengan los
ingleses”, nadie vio eso como un triunfo antiimperialista. Porque, en realidad, no lo
fue. Solo una asquerosa y repugnante maniobra para burlarse de la gente, para
intentar frenar el descontento que crecía.
La guerra, como cualquier contienda, se desarrolló según la lógica bélica del caso,
y una potencia militar como el Reino Unido, con ayuda técnica de Estados Unidos
y la OTAN, venció en el teatro de operaciones. Londres tuvo 250 bajas, mientras
que las fuerzas argentinas sufrieron 650 caídos, el 70% de los cuales eran jóvenes
que estaban cumpliendo su servicio militar obligatorio, mal preparados y peor
equipados. La vergonzosa derrota precipitó la salida de la dictadura, que se vio
forzada a llamar a elecciones unos meses después. Desde ese entonces, el Reino
Unido sentó sus reales en las islas, y los reclamos argentinos no lograron
modificar la situación.
Hoy, como pasa con muchos de los nombrados diferendos limítrofes y territoriales,
el reclamo por la soberanía de las islas no constituye el problema principal de las y
los argentinos. Un país que llegó a estar entre las diez primeras economías del
mundo en su momento ahora, dadas esas políticas de privatización absoluta y
represión feroz, ha descendido a puestos bajísimos. En el otrora “país de las
vacas” -con un consumo cárnico enorme- no fueron infrecuentes saqueos a
zoológicos para comer algo de carne roja por una población hambreada. Las Islas
Malvinas, aunque efectivamente tocan una fibra sensible, están lejos de ser el
problema toral del país al día de hoy.
En ese marco de empobrecimiento generalizado y posibles estallidos sociales
reactivos, el actual gobierno de ese payasesco personaje que es Javier Milei (¿un
psicótico en términos clínicos?) -quizá más nocivo que los propios militares de la
dictadura, munido de su motosierra representando intereses de la banca
internacional y no los de su país- intentó reflotar el reclamo sobre el archipiélago,
una vez más como cortina de humo, como falaz distractor. El profundo sentimiento
patriótico que allí se juega, sintiendo que las islas fueron robadas (como
efectivamente sucedió), ahora manipulado una vez más por el elenco gobernante,
generó la famosa manta que exhibieron los jugadores de la selección nacional de
fútbol luego de su triunfo sobre Inglaterra en el Mundial en Estados Unidos. Lo
más destacado de ese encuentro no fue quizá lo futbolístico, sino lo que
representa las Malvinas para el imaginario popular, y el dichoso cartel, que
provocó torrentes de comentarios. Entre otras cosas, la reacción de los servicios
de inteligencia británicos, que rápidamente actuaron enviando un contra mensaje.
¡Sin dudas que las Malvinas son argentina! Y hay que exigir firmemente que el
imperialismo británico se largue de todos los enclaves que aún mantiene en el
mundo. Pero debemos ir más allá: ¿no es que el planeta Tierra es la patria de la
humanidad?que rápidamente actuaron enviando un contra mensaje.
