Por: Luis Britto García
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Animada reunión en el Salón Oval de la Casa Blanca. Se trata del petróleo, indispensable fuente de energía de la cual Estados Unidos tiene reservas solo para cinco años. La impagable deuda estadounidense dificulta pagarlo a los países que lo producen. Algunos se han atrevido a nacionalizar la industria de los hidrocarburos. La solución es destruirlos para pillar el botín. El secretario de Estado, Marco Rubio, cita de nuevo las recetas del manual de Gene Sharp para desestabilizar países: extorsiones que impidan el comercio, protestas “espontáneas” para desestabilizar gobiernos. El secretario de Guerra, Peter Hegseth, es más directo: apretar el cerco sobre la víctima con acorazados, submarinos y portaaviones, bombardeo de saturación, secuestrar o aniquilar dirigencias. El Presidente necesita resultados rápidos para disipar la tormenta mediática sobre el expediente de Epstein y otros delitos, y repartirse personalmente el botín de hidrocarburos. La fácil victoria sobre víctimas indefensas es inevitable. Los rufianes se frotan las manos anticipando el saqueo. La orden está dada. Ya creen oír explosiones, gritos de niñas, alaridos. Han olvidado la súplica del Imán Yafar Sadiq: “Que cada creyente se prosterne ante Dios para agradecerle; Dios Altísimo le recompensará con diez Hasanat, actos buenos”.
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