ARDE EUROPA!

Por: Luis Britto García

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¿Qué sucede cuando imperios o gobiernos sistemáticamente ignoran los deseos, las necesidades, las expectativas, las opiniones, la voluntad  de los pueblos? Los pueblos asumen de nuevo los poderes que le han sido confiscados, comenzando por el de expresarse, obstruido por monopolios mediáticos, redes informáticas, censuras, lawfare contra disidentes, policías y en última instancia ejércitos.

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¿Quién le teme a Steve Bannon? Guerra cognitiva y deyecciones ideológicas imperiales

Por: Fernando Buen Abad

Esta pregunta no concierne únicamente a un individuo, a su trayectoria política ni a las operaciones ideológicas que lo han convertido en una figura emblemática de la extrema derecha estadunidense. Interroga, en realidad, una zona más profunda de la conciencia contemporánea: ¿qué sucede con una sociedad cuando la degradación del lenguaje se convierte en método de intervención política, cuando la obscenidad adquiere estatuto de franqueza, cuando la crueldad pretende hacerse pasar por lucidez y cuando la demolición de los vínculos humanos se publicita como una forma superior de libertad?

Steve Bannon representa, en ese horizonte, algo más significativo que una personalidad polémica: encarna una modalidad de combate semiótico que emplea la provocación, la polarización, el resentimiento y la fabricación sistemática de antagonismos para disputar la organización simbólica de la vida colectiva.

“Los demócratas no importan. La verdadera oposición son los medios. Y la forma de lidiar con ellos es inundar la zona de mierda”.

No se trata de atribuirle poderes sobrenaturales ni de convertirlo en protagonista de una mitología invertida, sino de examinar críticamente las condiciones materiales, mediáticas y culturales que permiten a semejantes estrategias encontrar interlocutores, amplificadores y beneficiarios.

El problema no es solamente Bannon; es también la estructura de recepción que hace posible presentar la barbarización del discurso como emancipación, anunciar la vulgaridad como autenticidad y vender el deterioro de la inteligencia pública como rebelión contra las élites. ¿Quién le teme, entonces?

Le temen quienes comprenden que la política no se disputa exclusivamente mediante leyes, presupuestos, instituciones o correlaciones de fuerza, sino también a través de signos, afectos, imaginarios y hábitos perceptivos. Le temen quienes saben que una sociedad puede ser desposeída de su capacidad crítica mucho antes de que se le arrebaten formalmente sus derechos; quienes reconocen que la deshumanización comienza cuando ciertas personas dejan de aparecer ante nosotros como sujetos de dignidad y empiezan a ser representadas como desechos, invasores, parásitos, enemigos absolutos o material prescindible.

En ese desplazamiento semántico se juega una de las operaciones más peligrosas del poder contemporáneo: transformar al adversario en una entidad moralmente expulsable, despojada de la complejidad que permitiría comprender sus circunstancias, discutir sus ideas o combatir sus intereses sin renunciar a los principios de humanidad que justifican la propia lucha.

Nuestra semiótica crítica debe penetrar en esa maquinaria sin dejarse fascinar por su estridencia. Ha de estudiar cómo se producen los significados, quién controla sus circuitos de circulación, qué intereses materiales se ocultan detrás de determinadas representaciones y de qué manera se articulan los signos aparentemente espontáneos para construir hegemonía.

Desde una perspectiva marxista, semejante análisis exige vincular la superficie discursiva con las relaciones sociales de producción, las disputas por el poder y las contradicciones de una sociedad atravesada por la mercantilización de la experiencia. El escándalo no es una sustancia inocente: puede convertirse en mercancía, la indignación en combustible publicitario y la atención pública en una fuente extraordinaria de rentabilidad política.

Allí donde la industria mediática premia el estruendo por encima de la argumentación, la mentira puede adquirir una ventaja competitiva; allí donde los algoritmos privilegian la reacción inmediata, el odio encuentra condiciones propicias para reproducirse; allí donde el sufrimiento ajeno se transforma en espectáculo, la sensibilidad colectiva corre el riesgo de atrofiarse hasta confundir la exposición reiterada a la violencia con una comprensión más profunda del mundo.

No basta, por tanto, con denunciar la inmundicia discursiva: hay que comprender la economía política que la produce, la tecnología que la amplifica y la cultura que la normaliza. Ese examen exige, además, preguntarse qué concepción de la humanidad está implícita en tales procedimientos. La idea de enmierdarlo todo, entendida como principio de intervención simbólica, no consiste simplemente en emplear palabras groseras o transgredir convenciones de cortesía.

Su dimensión más corrosiva aparece cuando se procura ensuciar la percepción misma de lo humano, contaminar la conversación pública con sospechas indiscriminadas y envilecer la deliberación hasta volverla irreconocible. Se busca que ninguna afirmación de verdad, justicia o solidaridad conserve suficiente credibilidad para orientar la acción colectiva.

Es una política de la saturación: inundar el espacio común con tal cantidad de ruido, desprecio y contradicción que distinguir entre hechos y falsedades parezca una tarea inútil y la ciudadanía termine refugiándose en identidades cerradas, adhesiones emocionales o lealtades carentes de examen crítico.

Cuando todo parece corrupto, la corrupción deja de escandalizar; cuando todos son presentados como enemigos, la enemistad pierde su carácter excepcional y se convierte en atmósfera; cuando el engaño se multiplica hasta el agotamiento, lo verdadero corre el peligro de ser percibido como otra opinión intercambiable.

Esta degradación no debe confundirse con una victoria definitiva de quienes la promueven. El nihilismo puede paralizar, aunque también es posible desenmascararlo; la provocación desorganiza la conciencia, pero a la vez revela las fragilidades de un orden que ha permitido instrumentalizar la desesperación social en nombre de una grandeza imaginaria.

Precisamente por eso, la respuesta democrática no puede limitarse a reproducir, con signo ideológico contrario, los procedimientos que pretende combatir. Si la extrema derecha envilece el lenguaje, no se la derrota haciendo de la vulgaridad una virtud; si transforma la política en espectáculo de humillación, no se la supera multiplicando los agravios; si fabrica enemigos para administrar el resentimiento, no se construye emancipación inventando nuevas categorías de seres humanos indignos.

La imitación táctica puede parecer eficaz a corto plazo, pero entraña una derrota estratégica: quien adopta la gramática del adversario termina aceptando, incluso sin advertirlo, parte de su concepción del mundo.

La crítica semiótica debe ser, por ello, una práctica capaz de desarticular las asociaciones fraudulentas entre fuerza y crueldad, sinceridad y brutalidad, libertad y desprecio. A la vez, ha de reconstruir las condiciones culturales para argumentar la verdad, comprender la justicia y experimentar la solidaridad como una potencia material, no como un ornamento sentimental.

Dignificar a la humanidad es mejor que ensuciarla porque la dignidad no constituye una concesión retórica, sino una condición histórica indispensable para cualquier proyecto auténticamente emancipador. Esto no significa ocultar los conflictos, absolver a los poderosos ni sustituir la lucha política por una moralina conciliadora.

Implica comprender que la crítica rigurosa puede ser implacable sin ser deshumanizadora, que la denuncia documentada posee mayor fuerza que la injuria indiscriminada y que la transformación de las estructuras injustas exige ampliar la inteligencia colectiva, no reducirla a una sucesión de reflejos biliosos.

Supone restituir a las personas su condición de sujetos históricos, capaces de comprender las determinaciones que las atraviesan, cuestionar las instituciones que las subordinan y participar en la creación de relaciones sociales menos alienantes.

Esa tarea exige combatir la explotación, la desigualdad y la manipulación sin convertir a quienes padecen sus consecuencias en objetos de desprecio. No se realiza mediante una idealización abstracta de los comportamientos humanos, sino a través de cambios concretos en las condiciones que producen humillación, ignorancia, precariedad y dependencia.

Aquí reside una diferencia fundamental entre el humanismo emancipador y la retórica vacía: el primero investiga las causas, organiza capacidades y transforma relaciones; la segunda se limita a pronunciar palabras edificantes mientras deja intactos los mecanismos de la degradación.

¿Quién le teme a Steve Bannon? Le temen quienes reconocen la potencia de una política capaz de convertir el resentimiento en identidad y la confusión en instrumento de gobierno. También deberían temerle quienes, al combatirlo, se muestran dispuestos a sacrificar sus propios principios en el altar de la eficacia inmediata.

Una democracia puede sobrevivir a una personalidad autoritaria y, sin embargo, quedar profundamente dañada si incorpora como hábitos permanentes el desprecio, la mentira y la deshumanización.

El verdadero desafío consiste en impedir que la excepción grotesca se transforme en norma cultural, que el lenguaje público pierda su capacidad de nombrar la realidad y que la ciudadanía termine considerando inevitable aquello que debiera combatir.

Frente a esa amenaza, hace falta una superioridad intelectual, ética y política capaz de explicar sus mecanismos, exponer sus intereses y organizar alternativas verificables. La tarea consiste en conquistar una coherencia entre el lenguaje de la emancipación y las prácticas que pretenden realizarla.

Allí donde el desprecio procura reducir al ser humano a una caricatura, la crítica debe devolverle su espesor histórico; allí donde la manipulación fragmenta la experiencia común, la organización colectiva ha de reconstruir vínculos; allí donde la mentira pretende clausurar la posibilidad de una verdad compartida, el conocimiento debe recuperar su función pública. La dignidad no es debilidad, del mismo modo que la crueldad no es fortaleza y la estridencia no equivale a inteligencia.

La cuestión decisiva, por consiguiente, no es si debemos temer a Bannon como individuo, sino si seremos capaces de comprender y enfrentar el sistema de significaciones que convierte la degradación en espectáculo, el odio en mercancía y la desesperanza en obediencia. La respuesta exige lucidez teórica, organización democrática, educación crítica y una voluntad inquebrantable de transformar las condiciones materiales de la existencia.

Frente a la tentación de enmierdarlo todo, dignificar a la humanidad es una decisión filosófica, una posición política y una responsabilidad histórica. No porque sea inocente, perfecta o ajena a sus contradicciones, sino porque únicamente al reconocerse en su complejidad podrá superar las formas de dominación que la mutilan.

La inmundicia puede conquistar titulares, ocupar pantallas y producir adhesiones fugaces; la dignidad, cuando se convierte en conciencia organizada y práctica transformadora, puede modificar el curso de la historia. Y esa es, en última instancia, la diferencia entre administrar el envilecimiento del mundo y trabajar para hacerlo humanamente habitable.

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El capital cognitivo y la economía del conocimiento, pa’ que le eche coco

Por: Alvin Lezama

Adam Smith, David Ricardo, Marx, Engels, John Stuart Mill estarían confundidos con estas nuevas categorías de capital y de la  economía, ni remotamente lograrían imaginarlas. Sus predicciones estaban restringidas a la racionalización mecanicista e instrumental, a los factores y a las relaciones  de producción, a lo material y tangible, cuantificable, gestionable y monetizable, esto era lo habitual en  la economía clásica e incluso la neoclásica.

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Brasil: elecciones, poder y diplomacia

Por : Fernando Ayala

En Brasil hubo sorpresa con los resultados de la elección más esperada en América del Sur efectuada el pasado 4 de octubre. Las encuestas daban por vencedor en la primera vuelta a Luiz Inácio Lula da Silva (Partido de los Trabajadores, PT) quien obtuvo solo el 45.16% de los votos mientras que su contendor, Flávio Bolsonaro (Partido Liberal, PL) alcanzó el primer lugar con 47.03%, en un universo de 158 millones de personas habilitadas para votar. La abstención llegó al 21.08% y los otros 10 candidatos que participaron sumaron casi el 8%. El voto es obligatorio para las personas entre 18 y 70 años y ahora ambos candidatos disputarán el próximo 25 de octubre el balotaje que determinará quién gobernará al quinto país más grande del mundo que cuenta con una superficie de 8.52 millones de kms2 y una población de alrededor de 220 millones de habitantes.

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El Escudo de las Américas revela el interés de EE.UU. en los recursos naturales de América Latina

Por: Yvette Sierra Praeli

La iniciativa impulsada por Donald Trump a la que se han sumado, hasta ahora, 17 presidentes de América Latina, tiene como marco la lucha contra el narcotráfico y la criminalidad organizada. Sin embargo, analistas políticos y economistas de la región coinciden en señalar que el interés principal de Estados Unidos es el acceso a los recursos naturales, en especial a los minerales estratégicos que hay en los países de América Latina.

En marzo de 2026 el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hizo público el denominado Escudo de Las Américas, una iniciativa de ese país que se presentó como una alianza regional para combatir el narcotráfico y el crimen organizado transnacional.

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La Tiranía de los Bufones

El escritor francés Christian Salmon acuñó en 2020 un concepto que hoy resulta inquietantemente profético para entender lo que ocurrió en Colombia: «La tiranía de los bufones». En su libro homónimo, Salmon desmenuza los rasgos de un nuevo tipo de gobernante que no llega al poder a pesar de su incompetencia, sino gracias a ella. No es un estadista disfrazado de payaso. Es un payaso que se ha convertido en tirano.

Abelardo de la Espriella encaja a la perfección en esta categoría.

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La contagiosa alegría de la lucha

Llevo casi 16 años escribiendo mi artículo semanalmente. Han sido más de 700 en este lapso. Voy a hacer algo inédito. Como es habitual, recopilé y guardé información en preparación de la nota de este miércoles que iba a versar sobre las multitudinarias manifestaciones que se han estado realizando en varios países y sus repercusiones políticas locales y globales cuando me topé con este extraordinario artículo de mi gran amigo y compañero argentino-salvadoreño Raúl Llarul. No hay nada que agregar, lo suscribo plenamente. Hablé con Raúl y solicité su autorización para publicarlo, lo cual aceptó fraternalmente como es natural en él. Le agradezco su deferencia. Pongo en sus manos estimados lectores este brillante análisis sobre el asunto. Sergio Rodríguez Gelfenstein.

La contagiosa alegría de la lucha. Raúl Llarul

“No hay nada más improbable, más imposible, más fantasioso

que una revolución una hora antes de que estalle;

no hay nada más simple, más natural y más evidente

que una revolución cuando ha librado su primera batalla

y sacado su primera victoria.”

Rosa Luxemburgo, 7 de abril de 1917. Revista Der Kampf.

Buenos Aires, Córdoba, Santiago de Chile, Lima, Quito, Latacunga, Cuenca, Bogotá, Medellín, Rio de Janeiro, Ciudad de México, Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, A Coruña, Lisboa, Paris, Lyon, Marsella, Nantes, Rennes, Burdeos, Toulouse, Montpellier, Milán, Tirana, New York, Los Ángeles, Chicago, Washington, D.C., Atlanta, Boston, Houston, Miami, San Francisco, Portland, Dallas, son algunas de las ciudades que en los últimos días han protagonizado manifestaciones  y protestas populares, muchas de ellas multitudinarias.

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La insurgencia cotra el algoritmo

El infierno ya no es un lugar de fuego y azufre; es un abismo de luz azul parpadeante, un pozo de conectividad infinita donde el alma se ahoga en un mar de datos.

En la imagen, los cuerpos desnudos y desesperados en el abismo llevan sobre sus cabezas el yugo perfecto, un halo de Wi-Fi.

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Venezuela/La Voluntad Popular como Trincheras de Libertad en la Segunda Consulta Popular Nacional 2026

Votar es resistir

Por: Juan Contreras

Hoy, las calles, senderos y plazas de nuestra Patria no presencian una jornada electoral ordinaria; presencian una manifestación viva de autodeterminación, dignidad y combate consciente. Acudir a las urnas en esta Segunda Consulta Popular Nacional 2026 es defender con votos, organización y territorio la decisión libertaria que nos dimos como pueblo hace 27 años, cuando la Revolución Bolivariana quebró las cadenas del modelo neocolonial y restituyó la soberanía al único e indiscutible dueño del destino nacional: el Poder Popular.

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Protesta juvenil

Por: Luis Britto García

1 Silencio en la noche, ya todo está en calma. El músculo duerme, la ambición descansa. Con la tontería del Fin de la Historia se oficializaron varias defunciones más: fin de la  revolución, fin del socialismo, fin de la vanguardia cultural, fin de la movilización social. Todo el mundo a casa, que las elites decidirán por nosotros. Entre   tantos fantasmas a los que se creía apaciguados, figuraba la protesta juvenil. Los jóvenes, dueños del futuro, sólo debían replicar indefinidamente el pasado.

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